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lunes, 8 de febrero de 2010

Cine, revolución y 100 años de anarcosindicalismo

Andaba revolviendo noticias, a la búsqueda de pistas sobre la conexión anarcosindicalista alicantina en el proceso de constitución de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), cuando me topo con la noticia sobre la detención, bien entrada la noche del martes 19 de septiembre de 1911, de un comité de obreros reunido en el local del Sindicato del Arte Fabril, desde dónde al parecer se coordinaba la huelga en Alcoy; declarada ese mismo día en solidaridad con los obreros de Vizcaya y Asturias, y correlativa a una serie de levantamientos populares dispersos por toda la geografía peninsular.

Aunque no parecía una noticia especialmente significativa, más allá de la incidencia que estas detenciones, sin duda, tuvieron en el descabezamiento de la huelga en la comarca del Comptat y quizás también en el resto de la provincia; la noticia aportaba algunos otros datos sobre la identidad de uno de los detenidos, un joven revolucionario que tiempo atrás había estado trabajando en un barracón de cine de feria, y al que la prensa local describió de la siguiente manera:
“Este sujeto viste chaqueta de color, pantalón de dril, gorra, camisa sin cuello, y usa alpargatas; no usa barba ni bigote y su pelo esta cortado a lo parisién...”

Lo que se había planteado como una curiosidad que daba para una referencia a pié de página -el anarquismo se vuelve sindicalista y la industria del cine prescinde de su formato original-, se convierte a partir de aquí, en una hipótesis, primero, sobre la identidad del detenido.

Fernando Vela y el primer Sindicalismo Revolucionario

Pese a intentar ocultar su identidad, dando indicaciones falsas a la policía y negándose a desvelar el motivo de su visita a Alcoy, fue finalmente identificado por un antiguo compañero de trabajo como Fernando Vela Alegre, por aquellos días escenógrafo de un cine de Valencia, pero que había trabajado años atrás, como explicador de una barraca de cine, el Cinematógrafo Farrussini, que también paraba por Alcoy.

La cosa se ponía interesante. Cuentan que afirmaba en el momento de su detención, y con cierto tono de épica hiperrealista, que ...prefería ser fusilado que desvelar el motivo de su visita a Alcoy. Y el motivo de su visita, lo indicaba tanto su nombre, como las circunstancias de la detención, armado y envalentonado. Fernando Vela, en calidad de delegado de las sociedades obreras de Valencia y en representación de los obreros pintores de aquella ciudad, aparece entre el 8 y el 10 de septiembre de 1911, asumiendo un papel clave en el I congreso de la CNT celebrado en Barcelona, en el emblemático Palau de les Belles Arts.

Y destacó tanto en la redacción de alguno de los principales dictámenes que se pusieron sobre la mesa, entre otros en la definición de la forma constitutiva de la organización o en las estrategías de propaganda, como también interviniendo activamente, en las discusiones entabladas a lo largo las sesiones.

[...]

Una sucesión de causalidades o casualidades, todavía no lo tengo del todo claro, lleva a plantear la hipótesis que la persona detenida y fichada en Alcoy con el nombre de Fernado Vela Alegre, en realidad podría ser el asturiano Fernando García-Vela, o según su partida de nacimiento Fernando Evaristo García Alonso.

O sencillamente Fernando Vela, como tantas veces gustó firmar sus escritos, cuando no se escondía detras de alguno de sus incontables seudónimos.

[...]

Adquiere ahora mayor consistencia también, el dato sobre su afinidad con Eleuterio Quintanilla, miembro destacado de la emergente vía asturiana del anarcosindicalismo, y explicitamente enfrascado en la agitación confederal de aquellos años; ya fuera colaborando desde Gijón, hacia 1909, en el periódico Solidaridad Obrera, o como representante de las sociedades obreras de Gijón y la Felguera en el congreso fundacional del otoño de 1910.

Actividad anarcosindical efervescente que le llevó a sufrir la represión gubernamental -acoso parapolicial, encarcelamiento, tortura o conducciones ordinarias- tan presente en la agitada Asturias del cambio de década.

Pero más que analizar el interesante desarrollo del movimiento obrero en Asturias, sin duda cobra mayor interés para esta investigación, una vez se ha planteado la reconstrucción parcial de la biografía de Fernando García-Vela, apotar datos sobre el papel desempeñado por algunos intelectuales en el proceso de constitución de la CNT, 1909-1911, y por extensión plantear las circunstancias históricas de hombres y mujeres que como Vela, participaron del movimiento obrero de vanguardia, al parecer bastante más común entre los jovenes de entonces, de lo que se ha querido o podido transmitir históricamente.

Pero antes, y aunque el tema supera con creces los límites de este trabajo, exigiendo una profundización que no es pertinente en el formato actual, si es interesante levantar la sombra de Vela, y buscar debajo de ella, aquella huella proyectada desde el anarquismo humanista, representante de una época de transición en el movimiento obrero, y especialmente influyente durante los años del cambio de siglo.

Un anarquismo sin adjetivos, como fue llamado entonces, personificado por ejemplo en la figura del gallego afincado en Asturias, Ricardo Mella, y caracterizado por la iniciativa individual, la fe en la pasión creativa y de cierta ética vitalista de la cotidianidad; aunque no exento por otro lado, de cierto distanciamiento ecléctico-místico.

Extractos de "Cine, revolución y 100 años de anarcosindicalismo" de Álvaro Gran Marhuenda.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Serafín Fernández Ramón "Santeiro"

Jornalero, minero y cenetista, lucha en el bando republicano hasta la caída del Frente Norte en 1937, iniciando su postura de rebeldía negándose a enrolarse en las tropas del ejército franquista. Hijo de Felipe Fernández, un "santeiro", de los que recorrian los pueblos ganándose la vida con la imagen de la Virgen de Trascastro. Serafín se va a la guerra civil como combatiente de la República. A su vuelta se encuentra con que a su padre lo ha matado con un batidor un molinerode Ibías para robarle. "Santeiro" lo encuentra y le da muerte, teniendo que huir al monte posteriormente, huyendo de las represalias.

Su partida fue creada en la primavera de 1941 y empezó a actuar por la zona de Cangas de Onís, con bases en la Sierra de Cuera. Pero, en las postrimerías del verano, la partida se traslada a la otra punta de la provincia, en la cruz de las provincias de Asturias, Lugo y León. Participa en una operación de rescate de presos del Penal de Fabero, en 1942.

Tiene bases en la Sierra del Valedor (Asturias) y en la de Ancares (León). Y su zona de actuación se extiende desde Cangas de Narcea (Asturias) hasta Becerrea (Lugo), pasando por Villafranca del Bierzo (León). Durante cinco años —“Santeiro” será abatido en Fontoria (León) el 5 de diciembre de 1947— esta partida es tremendamente activa. En Becerrea —septiembre de 1976—Quizá convenga recordar que algunos de sus hombres —entre ellos su lugarteniente “el Mozancón”— eran evadidos del Destacamento Penal de Fabero (León), unidades donde, salvo raras excepciones, los mandos tampoco tenían la mano suave con los prisioneros de guerra republicanos.

"Santeiro", al que disparan sus compañeros por error, hiréndole de gravedad, y sin posibilidad de ser atendido, se da muerte a sí mismo cerca de la casa de Penedelo donde se escondía, el 6 de diciembre de 1947. Ya cadáver, un somatenista le disparó varios tiros. Un falangista se paseo con las botas negras del guerrillero, al que le habían robado hasta el cinturón. A su entierro, fuera del cementerio de Vega de Espinareda, acudió un numeroso público.

Encontrado en: Paisajes de la Guerrilla

lunes, 24 de agosto de 2009

Memorias de José Enrique Llera

José Enrique Llera Iglesias: "Dentro del mal, los que estábamos en la Plaza de Toros teníamos cierta seguridad."

«Pertenecía como soldado al Batallón “Asturias” nº 218 que mandaba Tano “el de Olloniego”, uno de los comandantes que aguantó en el frente hasta el último momento y no abandonó a sus tropas como otros. Veníamos retrocediendo del frente de Arriondas.

Un grupo de cuatro amigos nos teníamos marcada una meta: llegar a Gijón antes de la rendición a ver si podíamos coger un barco con el que llegar a Francia, pasar de nuevo a España por la frontera de Cataluña, incorporarnos al ejército de la República y seguir luchando. Después de mil peripecias y al cabo de dos días, alimentándonos con manzanas y castañas, llegamos a Gijón la noche del diecinueve o el veinte de Octubre.

En Gijón, el espectáculo era dantesco, con el gran resplandor de los depósitos de gasolina de la CAMPSA incendiados iluminando a la ciudad en tinieblas. Por las calles había personal civil y soldados por miles. Unos, con la ilusión de embarcar; otros, que se marchaban para los pueblos de los alrededores y, otros más, a esconderse donde buenamente pudiesen. Había una psicosis general de miedo a la represión; era como un presentimiento que, fatalmente, se cumplió. Fueron muchos los miles que, unos por las “chekas” de Falange y otros en consejos de guerra sumarísimos, perdieron la vida.

A la entrada de Gijón nos dividimos en dos grupos. Dos compañeros de Mieres, de los que nunca más volví a saber nada, se dirigieron directamente para El Muelle, mientras que el otro y yo nos fuimos para su casa. Gran alegría llevó su madre al verle llegar. Nos dio de cenar y, mientras cenábamos, teníamos los pies metidos en agua caliente con sal, lo cual, como estaban llenos de llagas de tanto caminar, nos sirvió de gran alivio.

Cuando nos dispusimos a partir, la madre, llorando y suplicando, se plantó en la puerta y consiguió convencer a su hijo para que se quedara. Marché, pues, solo; desde Ceares en dirección al Muelle. Había guerreras y gorras militares tiradas por doquier. Los urinarios que había en el Paseo de Begoña estaban atiborrados de ellas.

Una vez en El Muelle, me puse en una larga cola que había para subir al “María Elena”, un barco del gobierno de Euzkadi que llevaba varios meses en el puerto. Faltarían unas veinte personas para llegarme el turno para embarcar, cuando se formó un tiroteo. En medio de un gran desconcierto, todo el mundo echó a correr, y yo me refugié en un portal. Cuando renació la calma y volví a la zona de embarque, el “María Elena” ya había levado anclas, retirado la pasarela, y, poco a poco, se alejaba del muelle, iniciando una singladura que le llevaría a su meta. Años después, supe que este barco, sobrecargado como estaba y con una gran vía de agua en una de sus bodegas, logró llegar a Francia, hundiéndose pocas horas después en el puerto de Burdeos.

El cansancio era enorme, pero, no obstante, me uní a un grupo y partimos caminando hacia El Musel, a ver si en este puerto teníamos mejor suerte, pues nuestra obsesión era marcharnos a toda costa. Mas tampoco allí nos acompañaría la fortuna, y ya no hubo forma alguna de embarcar. Agotados como estábamos, regresamos a Gijón. Llegamos de madrugada, nos sentamos en un portal y nos quedamos dormidos. Cuando despertamos era ya de día. Por las calles se empezaban a ver grupos armados que por la pinta que tenían -unos, con la barba muy crecida, y otros, muy pálidos- pensé, y acerté, que eran de la “quinta columna” o “emboscados”, que así se solía llamar a esta clase de elementos.

En vista de lo difícil que se nos ponían las cosas, optamos por separarnos y cada uno tiró por un lado; además, todos éramos de diferentes pueblos de la provincia. Deambulé por Gijón de un lado para otro, sin saber qué hacer ni a dónde ir. El estómago pedía comida y, para engañarle, bebí un vaso de agua que me dieron en una casa. Esa noche dormí en un agujero entre los escombros de una casa medio destruida.

Al día siguiente, desperté temprano: el hambre es mala compañía para dormir. Me dispuse a salir de Gijón porque, pensé, manzanas, por lo menos, las encontraría. Aquel año hubo una de las mayores cosechas de manzana que se conocieron en Asturias.

Cerca del puente del río Piles, por la carretera de Somió, a ambos lados de la carretera y con un estandarte y una bandera al frente, vi dos interminables filas de soldados que se dirigían a la ciudad: comenzaban a llegar a Gijón las primeras tropas de ocupación. Tuve miedo de cruzarme con ellas, di media vuelta, y otra vez a deambular por las calles. En las aceras de la calle Corrida, junto a la Telefónica, se agolpaba la gente. Fui a ver qué ocurría y eran las tropas que desfilaban por la principal arteria de la villa. A mi lado estaba un muchacho de diecisiete años, evadido de Oviedo, que había sido soldado del Batallón “Sangre de Octubre”. Estaba desmoralizado, como todos: “Ahora -me decía-, ¿cómo me presento yo en Oviedo?” “¿Y cómo me presento yo en Colunga?”, le contesté yo. Porque aunque uno no hubiese hecho mal alguno, parecía que se presentía el futuro, y el horizonte se veía muy negro.

En la calle Corrida, atravesada de un lado a otro de la calle, había una monumental pancarta con el famoso eslogan de “¡No pasarán!” Los soldados, al pasar desfilando por debajo de ella, unos, sonreían, y otros hacían gestos de burla. Un sargento, mirando muy serio para la acera, dijo en voz alta: “¡Ya estamos pasando!, ¿qué nos vais a hacer?” Esto fue para mí ya la primera humillación.

Más tarde, anunciaron por unos altavoces que en Los Campos se iba a servir comida fría a los miles de milicianos que había por las calles. La “fame” pudo más que el amor propio, me dirigí allí y me puse en la larguísima cola. Por fin, me llegó el turno y me dieron lo que a todo el mundo: un panecillo, una lata de sardinas y dos onzas de chocolate. Todavía no habían comenzado las detenciones ni represión alguna. Tiempo después, comprendí que lo hacían para que nos confiásemos y, después, la redada fuese más fructífera, como así fue.

Me senté a comer en el suelo y a unos metros vi a mi amigo y vecino Enrique Granda. Hacía meses que no nos veíamos y el encuentro nos alegró mucho. Hablamos largo y tendido de nuestro común problema: el regreso a casa. Optamos por coger el toro por los cuernos y decidimos partir para Colunga.

A la salida de Gijón, nos encontramos con un guardia civil de Colunga que había pasado la guerra defendiendo Oviedo.

-¡Hola!, ¡hola! -Nos dijo al vernos-. ¡Vaya parejina!, ¿a dónde vais?

-Pa casa -contestamos-.

-Bueno, bueno. En Colunga os quiero yo ver.

Y el guardia civil siguió camino adelante.

Con este precedente, a punto estuvimos de dar la vuelta. Pero más que el temor a lo que nos pudiera ocurrir podía el ansia de saber algo de nuestras familias. Junto a Colunga había un campo de aviación y éste y la villa habían sufrido durísimos bombardeos de los “Junkers” nazis, y tanto mi amigo como yo, hacía tiempo que no sabíamos nada de la familia.

En Somió, nos cruzamos con una larguísima fila de soldados de Infantería que se dirigían a Gijón con sus carros, camiones y mulos. Ocupaban toda la calzada y nosotros, cabizbajos y sin apenas mirarlos, caminábamos por la cuneta. De repente, un teniente nos llama la atención y nos dice:

-¡Oigan, a la bandera se le saluda!

-¿Con qué mano, con la derecha o con la izquierda? -Pregunté yo-.

No sé cómo se me ocurrió, pero me salió espontáneo.

-¡Qué cínico! ¡Con la derecha! ¡Así! -Exclamó el teniente, al mismo tiempo que levantaba el brazo extendido y hacía el saludo fascista.

-¡Qué creen ustedes, que están todavía entre los rojos! -Añadió.

Total, que levantamos el brazo y seguimos caminando. Pero era tal la cantidad de banderas y estandartes que portaban que teníamos que ir prácticamente caminando con el brazo en alto. Algunos se reían y nos llamaban “rojos” e “hijos de puta”. Tragando bilis, nos metimos por la primera “caleya” que vimos y en una pomarada llenamos la barriga y los macutos. Luego, nos tumbamos detrás de una “sebe” a esperar pacientemente a que pasara la columna.

Continuamos rumbo a La Providencia y un “Junker”, seguramente de reconocimiento, pasó a cincuenta metros por encima de nuestras cabezas. Nos tiramos al suelo y nos quedamos inmóviles. Se le veían perfectamente los tubos de las ametralladoras y al nazi que iba detrás de ellas.

Al llegar a Quintueles, salimos a la carretera, y ahí terminó nuestro viaje y nuestra libertad. Unos soldados de las Brigadas Navarras que estaban jugando al fútbol nos llamaron y nos preguntaron si llevábamos pase. Al responder negativamente, nos dicen que nos lo dará el alférez y un soldado nos manda acompañarle hasta una casa situada en el comienzo de la bajada al puente de Arroes. Había allí una docena de milicianos en fila y, según llamaba un soldado que estaba en la puerta, iban entrando de uno en uno.

Me puse algo nervioso y pedí permiso para ir a hacer mis necesidades. Como nos habían dicho que tuviéramos la cartera preparada, aproveché para romper el carnet de la CNT y el certificado de las Fuerzas Aéreas del Norte de España, en el que figuraba como aprobado para hacer el curso de piloto.

Para lo de piloto nos habían reunido en Santander hacia el diez de Junio del treinta y siete a unos quinientos jóvenes de entre dieciocho y veintidós años. La mitad iríamos a Francia y la otra mitad a Rusia, a hacer un curso de una duración de seis meses, al cabo de los cuales y con sesenta horas de vuelo se salía de la academia como sargento piloto y te incorporabas a las Fuerzas Aéreas de la República. El viaje lo íbamos a hacer en el trasatlántico francés “Lafayette”, que ya estaba anclado en el puerto. La ofensiva fascista sobre Reinosa echó por tierra todos esos planes.

Me llamaron y entregué al alférez de las Brigadas Navarras la cartera con algunas fotos, documentos sin importancia y “belarminos”, los billetes de banco del Consejo de Asturias y León. Tenía también cuarenta y ocho pesetas en monedas de plata, y esas no las entregué. Me pasaron a la parte posterior de la casa, un patio y un gallinero bastante amplios, que estaban repletos de camaradas de distintos batallones. Al oscurecer, nos sacaron a la carretera y nos llevaron formados a un lagar, a unos cien metros, donde nos encerraron. Por la noche, nos llamaron y nos devolvieron las carteras, sin que en la mía notara falta alguna.

Al día siguiente, como no nos daban nada de comer, pedimos permiso al soldado de guardia y cogimos manzanas de una pomarada que había frente al lagar. Por la tarde, uno de los soldados se puso a escribir una carta y nos preguntó cómo se llamaba aquel pueblo. Charlamos un rato con él y le contamos el tiempo que llevábamos comiendo sólo manzanas, y la “tristeza” que nuestros estómagos tenían. Nos llevó con él a la casa que hacía de cuartel, sacó de su mochila dos chuscos bastante duros y dos latas de conserva y nos los dio. Lo devoramos todo sin pestañear, y el pan nos sabía igual que recién cocido.

Todos estos soldados de las Brigadas Navarras, en la parte izquierda de la guerrera, a la altura del corazón, llevaban prendida una medalla del “Corazón de Jesús” con esta inscripción: “¡Detente bala!” Esto demuestra el fanatismo que por aquellos tiempos tenían estas tropas.

Llevábamos ya dos días encerrados en el lagar y seguían sin darnos de comer, por lo que nos teníamos que arreglar con las manzanas de la pomarada próxima. Continuaban llegando más milicianos, seríamos más de cien, y el lagar era insuficiente para acogernos y no había espacio ni para poder sentarse. Entonces, nos sacaron, nos formaron en columna de tres y con fuerte escolta emprendimos el regreso a Gijón.

Nos llevaron a la Plaza de Toros, donde había miles de camaradas en la misma situación que nosotros. También había prisioneros en El Cerillero, La Iglesiona, El Coto, Falange y en las cuadras del cuartel de la Guardia Civil de Los Campos. Por las noches, sentíamos tiros y ráfagas de ametralladora y creíamos que eran partisanos: ¡qué equivocados estábamos! Los disparos eran en la playa, en La Providencia o en el cementerio de Ceares, lugares preferidos por las “chekas” (de Falange) para efectuar sus asesinatos. De La Iglesiona, por camiones sacaban a los prisioneros para asesinarles en Ceares. La brutal, salvaje y ensañada represión sobre el vencido comenzaba así en Gijón.

Dentro del mal, los que estábamos en la Plaza de Toros teníamos cierta seguridad. Dos o tres veces que fueron los de las “chekas” a sacar presos y los militares que estaban de guardia los despacharon de mala manera. Una de las veces, en pleno día, un teniente les llamó asesinos y les dijo que si no se marchaban inmediatamente ordenaba a sus soldados hacer fuego sobre ellos. Estos hechos ocurrieron en la calle, frente a la entrada principal de la Plaza. Lo vimos todos los que estábamos paseando por la parte interior de la verja, porque hasta por la noche no nos cerraban dentro de la Plaza. Dormíamos en el suelo, sobre unas tablas y, para combatir el frío, encendíamos fogatas con la madera de la propia Plaza.

Al lado mío, había un grupo de gallegos, los cuales, bien ignorantes estarían de la situación, hacía poco tiempo que se habían pasado a nuestras filas por el frente de San Esteban de Pravia. Esos tenían un verdadero problema, pues, supongo, más tarde el juez les juzgaría como desertores.

Después de llevar siete días a base de manzanas, al día siguiente de llegar a la Plaza de Toros comenzaron a darnos de comer. También empezaron los palos. Irrumpían dentro de la plaza los guardias de Asalto y al grito de: “¡A formar!”, comenzaban a dar patadas, hostias y culatazos. En quince días que duró mi estancia en la Plaza, solamente me cazaron una vez que estaba sentado, pues, de pie, corría más que ellos. Me dieron un culatazo en el pecho que me tiró de espaldas. Me levanté como si tuviera un resorte y emulando al mejor velocista llegué a la formación. Tuve dolores en el pecho y un renegrón que me duró más de un mes. Esto fue al principio, porque, luego, ya pusimos “guardias” en las puertas que nos avisaban cuando venían los de Asalto y echábamos a correr de un lado para otro. En honor a la verdad, debo decir que los militares encargados de nuestra vigilancia, durante mi estancia en la Plaza, no pegaron a nadie. Eran siempre los de Asalto, claro que alguna autorización presentarían para que los dejaran pasar.

Un día, nos pusieron tropas de Regulares, moros, de guardia; pero al día siguiente los retiraron y volvieron los soldados españoles.

Desde la verja, vi pasar por la calle a un soldado que era de Gobiendes y al que conocía. Le llamé, hablé con él y por su mediación pude mandar aviso a mi madre, que me vino a ver y me trajo castañas cocidas, nueces y chocolate, que no sé de dónde lo habría sacado la pobre; y también una manta. Le pregunté por mi hermano y me dijo que hacía más de un mes que nada sabía de él.

Bastante tiempo después, por su propia boca, pude conocer la odisea de mi hermano, desde que le hicieron prisionero en El Mazuco hasta terminar yendo a dar a un Batallón Disciplinario en el Campo de Gibraltar. Merece la pena dejar un momento mis memorias para contar cómo hicieron prisionero a mi hermano. Luego, quien esto lea que saque sus conclusiones sobre los motivos que tuvieron los autodenominados “cruzados” para traer a los enemigos de la cruz a ayudarles.

“Estábamos -cuenta mi hermano- en pleno combate en la Sierra del Mazuco, cuando sentimos gritar a nuestras espaldas: “¡alto, paisa!, ¡alto, paisa!” Nos coparon, pensé. Miro tras de mí y veo a un numeroso grupo de moros. Los teníamos a nuestras espaldas apuntándonos y con las bayonetas caladas. Nosotros seríamos unos cincuenta. Levantamos los brazos y se acercaron a nosotros y empezaron a cachear a la gente. Lo quitaban todo: botas, carteras, relojes, chaquetas de cuero, todo. Y luego los asesinaban hundiéndoles la bayoneta. Me llegó el turno; me estaba quitando las botas y no acertaba. El moro, bayoneta en ristre, me metía prisa. Yo no podía más, viendo la muerte en las manos de aquel asesino. Me acordé de mi hija que, con poco más de un año, se quedaba huérfana. Me hice por mí las necesidades, pues en esos momentos los valientes no existen. Como en el cine, la salvación llegó en los últimos segundos: la mía y la de dieciséis compañeros más. Apareció un alférez español de Regulares que, fusta en mano y hablando en árabe muy indignado, empezó a repartir fustazos a diestro y siniestro. De esta forma se terminó la matanza. Nos puso una escolta de soldados españoles y nos bajaron para Llanes.” Y así terminó mi hermano su relato.

[En un panegírico dedicado a J.E. Casariego y escrito por varios autores, un artículo de Juan A. Cabezas, titulado: “J.E. Casariego: un asturiano leal, humanista y humanitario”; y en el se dice lo siguiente: “(...)Siempre demostró Casariego la fidelidad a sus ideas, pero jamás utilizó la venganza y la crueldad con sus enemigos. Se hizo notorio su comportamiento con un grupo de prisioneros “rojos”, capturados por su unidad en los combates de la asturiana Sierra de Cuera, en el concejo de Llanes. Como sabía que iban a ser fusilados, los llevó a “tierra de nadie”, ordenó al piquete que disparasen al aire varias ráfagas de fusil ametrallador y mandó a los prisioneros (jóvenes bisoños de las últimas quintas movilizadas por los republicanos) que huyesen por el monte. Con aquel fingido “fusilamiento”, salvó el capitán Casariego una veintena vidas.”

La pregunta que surge inmediatamente es si todavía tras más de un año de guerra seguía siendo la norma en el ejército nacionalista fusilar a los prisioneros. En caso afirmativo, entonces los moros no hacían sino lo que veían hacer...]

Entre otros, estaba en la Plaza de Toros un tal Rendueles, que en el año treinta y seis era portero de fútbol del Sporting. Era muy simpático y un tanto alocado. Todos los días llegaba gente preguntando, unos, por sus familiares; otros, indagando en plan policiaco si estaba determinada persona para, luego, reclamarla. Como éramos varios miles y todavía no nos habían hecho filiación alguna, cuando venían a preguntar por alguien, el oficial de guardia acudía a Rendueles y éste se subía a un destartalado camión que estaba junto a la verja y pedía silencio; contaba un par de chistes y nombraba a la persona reclamada. Esta, según viera quién preguntaba por ella, lo cual era fácil de averiguar, pues el oficial la acompañaba, se presentaba o no.

Al lado de la Plaza de Toros estaba el chalet de Víctor Salas y lo habilitaron para oficinas. Un día, pidieron voluntarios para hacer la filiación de vascos y montañeses, y, entre otros, salimos Granda y yo. La filiación o ficha constaba de: nombre y apellidos, edad, pueblo del que eras natural, partido político al que pertenecías, si habías ido voluntario al frente o por la quinta, graduación, si te habías entregado o te habían hecho prisionero, con armas o sin ellas y de qué clase. Ese trabajo duró cinco días, durante los cuales podíamos comer en la cocina y repetir las veces que quisiéramos.

Otro día, a la hora de la comida, se presentó un equipo de cine alemán y nos estuvo filmando durante media hora. Ese día nos habían dado rancho extraordinario y postre, y un kilo de pan blanco por persona. Se ve que la propaganda la tenían bien organizada.

Llevaríamos quince días en la Plaza, cuando un día de principios de Noviembre llegan los de Asalto en tromba y dando leña a todo el mundo como siempre. Pero esta vez mandan que los asturianos formásemos dentro de la Plaza. Creíamos que era una formación más, pero, no sé por dónde se supo, pronto circuló el rumor de que nos marchábamos. Formar a más de mil personas con edades que iban de los dieciséis a los sesenta años y con los de Asalto repartiendo leña origina confusión y lleva su tiempo. Rápidamente, me fui al lugar en el que acampaba, cogí una manta, el macuto con ropa, la maquinilla de afeitar, el plato y la cuchara, y volví a la formación, que aún tardó en terminar de hacerse. Igual que yo hicieron otros, y acertamos, pues una vez formados nos sacaron de la Plaza. Me quedó allí otra manta y casi toda la comida que me había llevado mi madre, todo lo cual di a los gallegos.

A la salida de la Plaza, una chica, llorando, gritó: “¡Adiós, padre! ¿Dónde te llevan?” Y al mismo tiempo trató de darle un abrazo. Un guardia de Asalto le pegó una bofetada, la cogió bruscamente por un brazo y gritando: “¡Hala, roja, tú también!”, la metió en la formación. La llevó hasta El Muelle y allí la mandó marchar.

Fuimos caminando por Marqués de San Esteban, sin saber si el destino era la Estación del Norte o El Musel. Sería El Musel. Entre mi amigo Granda y yo, como buenamente pudimos, llevamos casi en volandas a un señor, ya mayor, de Caravia Alta, el cual estaba enfermo y muy reumático, por lo que apenas si podía andar. Tiempo después, a este mismo señor lo trajeron de vuelta del campo de concentración para Gijón y le fusilaron.

En La Calzada, próxima a Cuatro Caminos, había una fuente al lado de la calle. Varios prisioneros se acercaron a ella para saciar su sed y, al momento, fueron maltratados por los guardias con toda clase de golpes, patadas y bofetadas. Uno de ellos estaba bebiendo por un plato, lo que le impidió ver acercarse al guardia que, de un culatazo, le metió el plato por la boca y le partió tres dientes.

En El Musel, nos embarcaron en un viejo carguero: el “Alfonso Senra”. Este barco había estado primero cruzando el Estrecho trayendo moros para España y estaba lleno de piojos. Nada más sentarte en el suelo o apoyarte en cualquier lado, te llenabas de ellos. El barco tenía cuatro bodegas de dos pisos cada una: dos a proa y dos a popa. Una vez en las bodegas, los guardias de Asalto nos dieron una última despedida a base de golpes para que bajásemos a la bodega inferior. Ya nunca más los tuvimos de guardianes. A bordo, les relevaron falangistas. Partimos inmediatamente sin saber a dónde nos llevaban, hasta que nos vimos anclados en el puerto de La Coruña, frente a la Banca Pastor.»

Extraído de: Las memorias manuscritas inéditas de José Enrique Llera, tituladas "Prisionero del odio".
Encontrado en: Asturias Republicana

lunes, 3 de agosto de 2009

Onofre García Tirador

Metalúrxicu y anarquista nacíu en La Felguera en 1907, dende bien mozu escomenzó a trabayar en Duro Felguera y pronto atrayeron-y les idees llibertaries. Afilióse a la CNT y entamó a parar pol Centru Obreru Xusticia de La Felfuera. El so interés pola cultura llevo-y a dir a clases nocturnes cuando finaba la so xornada en Duro Felguera.

En Setiembre de 1932 ye nombráu Delegáu del Sindicatu del Metal pal Congresu Rexonal de la CNT. Asinamesmu yera miembru de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), destacando como un gran orador, lo que-y llevó a participar en mítines per toa Asturies.

Participante activu na Revolución d’Ochobre de 1934, tres asegurar La Felguera foi cabezaleru d’una columna que marchó hacia Uviéu pa reforzar la revolución na capital. Tres la derrota del movimientu revolucianariu tien que fuxir de la represión, colando hacia Canarias, onde lu detuvieron a fines de 1935, siendo encarceláu na prisión del Coto en Xixón.

Meses dempués en Xunetu de 1936, Onofre llánzase de nuevu a la llucha xunto con miles de milicianos llibertarios pa frenar la sublevación militar reaccionaria. A fines de 1936 ye nombráu Conseyeru de Trabayu nel Conseyu Interprovincial d’Asturies y Llión (dempués Conseyu Soberanu) en representación de la FAI. Forma’l Batallón CNT nº2, tamién conocíu como Batallón “Onofre”, con base en La Villa. Tres la militarización sedría conocíu como Batallón d’Infantería 207.

Cola cayía del Frente Norte y polo tanto d’Asturies, tien que fuxir de nuevu de la represión, embarcando nel Puertu d’El Musel de Xixón abordo’l “Abascal” xunto varios miembros del Conseyu, amás d’oficiales y milicianos. Algamen aportar a la costa francesa pa dempués tornar a zona republicana, a Barcelona.

Cola victoria final de la sublevación reaccionaria pasa a Francia, emigrando dempués a Londres y asitiándose finalmente en México, militando nel movimientu llibertariu nel exiliu. Dempués de la muerte de Franco collabora na reconstrucción de la CNT asturiana, asina como participa nel so órganu d’expresión, Acción Libertaria. Cuando tien llugar la escisión na CNT pocisiónase cola llamada CNT-Renovada (posteriormente CGT).

Tres toa una vida de llucha pol ideal ácrata fina en 1988.

AsturiesLlibertaria

Fontes: Militantes-anarchistes (en francés), SBHAC (castellano), La Vanguardia 29/11/1935 (castellano) y AsturiasRepublicana "Entrevista a Álvarez Palomo" (castellano).

domingo, 26 de julio de 2009

Pedro Sierra Álvarez

(Oviedo 1888-México 1969) Uno de los anarquistas más conocidos y representativos de esa línea moderada tan peculiar de esa región (amigo de Quintanilla y discípulo de Mella). Aún cuando su labor fue esencialmente periodística y organizativa, pasó varias veces por la cárcel (medio año tras el Congreso de 1911, también con motivo de los sucesos barceloneses de 1909, etc.). Asistió al Congreso de 191o (representando a 17 sociedades de Gijón y La Felgeura), donde cumplió sobresaliente función (estuvo en las ponencias sobre Reglamento de la CNT, interpretación del lema internacionalista, defendió la conveniencia de fundar CNT y polemizó con Herreros sobre el papel de los intelectuales en la organización obrera) y también al de1911. En 1915 representó a las sociedades obreras gijonesas en el Congreso ferrolano, polemizó, junto a Quintanilla, con los redactores de Tierra y Libertad sobre la guerra mundial, y al siguiente año batalló en el congreso sindical astur de Gijón. Fue secretario de la FNI de la Madera y frecuentemente escribió en la prensa codo a codo con Quintanilla, con el que también dio mitines. Condenó el jacobinismo anarquista, repudió la mitificación del revolucionarismo social y la violencia y combatió el reformismo del socialismo partidista. En 1925 era consignatario de buques, empleo aceptado en momentos de penuria tras consultar a Mella, lo que no le impidió seguir en contacto con los dirigentes obreristas (sobre todo con Mella y Esteve) y que a la larga (durante la guerra de 1936) favoreció la llegada de víveres a Asturias. Ligado a la ciudad gijonesa hasta su marcha al exilio. Como periodista escribió en, Acción Libertaria (ya en su manifiesto fundacional de 1910), CNT de Gijón, Renovación, Solidaridad Obrera de Gijón, Suplemento de La Protesta, Tribuna Libre, Umbral, etc. Además de dirigir Acción Libertaria, La Cuña, El Libertario, Solidaridad y la citada Solidaridad Obrera.

Extraído de: "Esbozo de una Enciclopedia histórica del anarquismo español", Miguel Íñiguez.
Encontrado en: CNT Oviedo

domingo, 19 de julio de 2009

Celestino Fernández "Celesto el topu"

Celestino Fernández Fernández, más conocido por el pseudónimo de Celesto el Topu, nacido en Santumareño (Noreña) en 1899, aunque residió en Lada (Langreo). Era obrero metalúrgico en la Duro Felguera y militante del Sindicato Único de la Metalurgia (SUM) de la CNT donde los principales responsables eran Onofre García Tirador e Higinio Carrocera. Durante la revolución de Octubre de 1934, después de haber participado en los combates contra la Guardia Civil en La Felguera y contra la Guardia de Asalto en Valdecuna, fue junto con Higinio Carrocera y Onofre García Tirador el responsable de la columna de 200 militantes cenetistas que el día 6 entraron en Oviedo por San Esteban y se apoderaron de la fábrina de armas La Vega. Tras la derrota del movimiento revolucionario, fue condenado a una larga pena que pasa en la prisión de El Coto en Gijón. Fue liberado en Febrero de 1936, después de haber pasado 16 meses en prisión, gracias a la victoria del Frente Popular y al decreto de amnistía para los prisioneros políticos que trajo consigo este nuevo gobierno presidido por Azaña.

En Julio de 1936, Celestino Fernández organiza el Batallón Asturias nº9 (o Batallón Celesto y Batallón CNT nº4), uno de los primeros del Ejército Repúblicano en el Norte. Durante la ofensiva franquista de Septiembre, estaba en Bayo y participa en la defensa del sector de Grado con el Batallón CNT nº1 comandado por Onofre García Tirador. En Febrero de 1937 fue nombrado comandante de la 6ª Brigada de Choque comprendiendo 4 batallones y con base en Colloto. Desde el 21 de Febrero hasta el 17 de Marzo de 1937, la 6ª Brigada participa en la ofensiva sobre Oviedo pero se vio obligada a retirarse a sus posiciones anteriores. En Verano de 1937, durante la preparación de una nueva ofensiva sobre Oviedo, escribe al Estado Mayor: "Acabaré mi informe con una opinión sobre las supuestas operaciones en este sector, operaciones que, tras las tentativas hechas en Febrero, yo no comparto. La idea de emprender operaciones contra tales objetivos, tampoco es compartida por los jefes de batallón de esta brigada. Propongo, con un criterio compartido por el resto de unidades bajo mi mando, atacar el Esclampero con todas las fuerzas que dispongo en este sector. Considero más eficaz de tomar el Esclampero que atacar la capital frontalmente, donde cada casa es un fortín que nos costaría numerosas pérdidas de hombres, pérdidas que debemos saber administrar muy bien en el Norte ya que no tenemos sustitutos."

En Agosto de 1937, la 6ª Brigada fue reorganizada en 193ª Brigada Mixta en donde él mismo fue nombrado comandante.

Tras la caída del Frente Norte en Octubre, Celestino Fernández Fernández se echó al monte, cayendo finalmente en las montañas de Siero el 21 de Noviembre de 1937.

Extraído de: Losdelasierra.info (en francés)
Traducción: AsturiesLlibertaria

sábado, 20 de junio de 2009

Higinio Carrocera Mortera

Nació en el mes de enero de 1908 en el pueblo de Barros, del concejo de Langreo (Asturias). Hijo de un matrimonio obrero, con algunas propiedades de labrantío, como casi todas las familias del pueblo. Estas propiedades, trabajadas durante las horas libres, y en cuyas labores intervenía toda la familia, les permitía un medio de vida más desahogado, siendo por tanto entre la clase obrera del pueblo, de los que mejor podían desenvolverse. Transcurrió, pues su infancia alternado las faenas agrícolas con su asistencia a la escuela primaria del pueblo. Más tarde, ingresó en otra de La Felguera, de igual categoría.

Cumplidos los trece años, falleció su padre. Al faltar éste, y siendo cinco hermanos – él era el segundo-, la familia no tuvo más remedio que pensar en allegar recursos con que atender al sostenimiento del hogar. Con la intervención de un vecino y amigo de la casa, Higinio comenzó a trabajar en los talleres de laminación de la Sociedad Metalúrgica Duro Felguera, en cuya plantilla figuró hasta la declaración de la Guerra Civil española. Para entrar a trabajar, debido a no tener la edad reglamentaria, se inscribió con la documentación de su hermano mayor, a quien reclamaba desde América una familia allá afincada.

Su carácter rebelde, pero justo, se manifestó en él desde la más tierna infancia, pues cuando entendía que injustamente un chico mayor trataba de atropellar a otro más débil, decidido e incondicionalmente se ponía al lado de éste, sin tener en cuanta para nada la edad o la corpulencia del avasallador. No obstante, siempre se mostró tolerante y humano con cualquiera, pero principalmente con el vencido. Mientras vivió y ya desde que en su cerebro comenzaron a germinar las ideas por las que luchó y murió, jamás se mofó de los que sostenían otras creencias o sustentaban otras ideas, sino que procuró, en toda ocasión, convencerlos con razones y hechos (…)

Cuando el día 12 de diciembre de 1930 los capitanes Galán y García Hernández se sublevaron en Jaca, sostuvo diversos tiroteos, junto a otros militantes de La Felguera, con la Guardia Civil de Sama de Langreo. Debido a esta participación armada contra las fuerzas llamadas del orden al servicio de una monarquía corrupta y decadente, Higinio Carrocera Mortera sufrió su primera persecución. Este hecho fue, pudiéramos decir, su bautismo de fuego y su bautismo represivo, ya que desde entonces, hasta su asesinato, participó en cuantas huelgas revolucionarias hubo en La Felguera, cuenca del Nalón y resto de Asturias, sufriendo persecuciones y encarcelamiento no pocas veces (…)

Participó en la revolución de octubre de modo activo y exponiendo cuanto había que exponer. Desde los primeros momentos se puso al frente de los grupos que tomaron al asalto los cuarteles de la guardia Civil de La Felguera y Sama, cuartel de Carabineros de Oviedo y Fábrica de Armas, y en los ataques a otros reductos de la capital asturiana, retirándose a las montañas satures cuando se impuso la capitulación, capitulación necesaria por ser esta la única provincia que se levantó con todas las de la ley contra el despotismo y la reacción que iban preparando el terreno para el levantamiento fascista del año 1936.

Detenido en Zaragoza en noviembre de 1935, fue traído a la prisión de Gijón, procesándole bajo la acusación de fomentar y ser líder de la revolución. En febrero de 1936, y sin llegar a ser juzgado, consiguió la libertad en virtud del triunfo electoral de las fracciones políticas de izquierda. Y como dijimos anteriormente, antes de que el gobierno legítimo de España se dirigiera a los trabajadores en demanda de ayuda para defender su legitimidad en contra de las pretensiones fascistas, ya él, junto con otros muchos militantes y afiliados de La Felguera, estaba dispuesto a lanzarse contra las mencionadas hordas que se levantaban por todos los rincones de España y posesiones españolas de África. Desde ese momento ya no hubo reposo en él.

Durante el tiempo que duró la Guerra Civil en Asturias, salvo en dos ocasiones en que se vio obligado a hospitalizarse, aunque por fortuna sus heridas no fueron de gravedad, trajo en continuo jaque al enemigo, atacando o defendiendo, según aconsejaran las circunstancia. En la rendición de los cuarteles de la Guardia Civil de La Felguera y cuarteles militares de Zapadores y Simancas, de Gijón; en los frentes de las montañas de Pravia, Cornellana, La Espina, Monte de Los Pinos, Mazuco, etc, donde estuvo al frente de sus grupos o sus batallones dejó constancia de su valor, de su coraje, de su capacidad guerrera y se sus dotes de conductor de masas. Jamás entre sus voluntarios hubo discrepancias ni protestas, pues por su dinamismo, por su comprensión y por su ejemplar conducta, animaba al más rezagado y aumentaba el valor de los más valientes. Si las botas de cualquiera de sus hombres estaban deterioradas y no había repuesto, rápidamente se descalzaba las suyas y se las entregaba. Si a otro le faltaba la guerrera, la cazadora o cualquier otra prenda, Carrocera era el primero en poner la suya a disposición del necesitado ¿Quién, pues, podía tener fuerza moral para rechazar cualquier consejo suyo? Su nombre muchas veces citado en los partes de guerra y en la prensa, jamás será olvidado ¡Cuántos le han visto llorar de rabia o impotencia al retirarse de una posición obligado por la abrumadora superioridad numérica y de armas del enemigo! ¡Con cuánto denuedo y desprecio a su propia vida defendió siempre el terreno conquistado! (…)

Mallecina

En Mallecina, el enemigo hostilizaba la carretera, los sembrados, todo lo que abarcaba el ángulo de tiro de sus ametralladoras. Desalojarlo de sus posiciones era difícil y peligroso, suicida en grado sumo. Más allí surgió de nuevo Carrocera con su grupo de voluntarios. Subidos en un autocar, con el cigarrillo en los labios y los cartuchos de dinamita preparados (las bombas en aquel tiempo eran artículos de lujo), arrancó el vehículo a toda velocidad carretera adelante. Las huestes enemigas, sorprendidas quizá por la temeraria acción, o acaso admiradas de cómo aquel puñado de hombres, con Carrocera al frente de ellos, se jugaba la vida tan audazmente, abandonaron sus posiciones a marchas forzadas.

Mazucu

Durante tres días, el Mazuco estuvo sometido al más intenso fuego. Barcos de guerra, aviación, artillería de corto y de largo alcance, dirigían su mortífera carga hacia la posición defendida por la brigada de Carrocera. Las bajas se multiplicaban. Escaseaban las municiones. El suministro se hacía difícil, casi imposible. La palabra abandono corría de boca en boca. Pero Carrocera estaba allí, junto a sus hombre, compartiendo con ellos el peligro, siendo uno más en la lucha activa, yendo de un lado para otro, animando al pusilánime, atendiendo al herido, diciendo a todos que la noche se aproximaba, y como durante ella los ataques enemigos no eran tan crudos ni sanguinarios, ¡quién sabe si al día siguiente…!¡Pobre Carrocera: confiaba, como confiábamos todos en aquel tiempo, en el Comité de la No Intervención, en las democracias, en la cuna del proletariado, encantos factores que sólo nos sirvieron para ser carne de cañón, para explotarnos a cambio de armas antigas, para convertirnos en cobayos de sus conveniencias…!

Tres veces, una cada día, el enemigo, cantando el “Cara al Sol” y creyendo que la metralla había dejado expedito el camino, avanzó monte arriba. Y otras tantas Carrocera puso de manifiesto su arrojo, su temeraria valentía. Cuando las fuerzas fascistas menos los esperaban, salían Carrocera y sus hombres de las trincheras y, lanzándose monte abajo a pecho descubierto, arrojando cada uno lo que podía: piedras, cajas bacías de municiones, todo menos balas, porque éstas había que reservarlas, hacían huir a las tropas enemigas. Hasta que llegó lo inevitable. Ni un momento más se podía resistir aquel martilleo incesante de la artillería, de la aviación, de la marina fascista internacional…

Carrocera se dispuso entonces a evacuar las posiciones que con tanto ardor y valentía había defendido su brigada. Pero hasta que el último de sus soldados no abandonó el puesto que con tanto arrojo había defendido, no inició su propia retirada. Después…, la condecoración más alta que podía recibir, porque se la dieron los mismos que con él habían efectuado tan epopéyica resistencia: Héroe del Mazuco.

Contaba de diez a doce años cuando cierto día, yendo en dirección al colegio de La Felguera junto con otros escolares de su edad, oyó lastimeros quejidos y unos insultos que algunas mujeres proferían contra el propietario de una pomarada cercana a la carretera general y lindante con el río. Cundían, a la sazón con muy poco agua por ser época estival.
Enterado de que los ayes eran lanzados por un niño de ocho o nueve años, debido a que el dueño de la citada pomarada lo había lanzado a unos matorrales de ortigas completamente desnudo, por haberlo sorprendido cogiendo unas manzanas, no titubeó ni un instante y, con la decisión que años más tarde le dieron la fama y nombrandía, se puso al frente de cuatro o cinco de sus acompañantes que se prestaron a secundar el plan brevemente expuesto. Vadearon el casi seco río provistos de unas estacas arrancadas en otra finca próxima y arremetiendo contra el salvaje propietario y un fiero perro de éste, obligaron a las dos fieras a retroceder y a refugiarse en una choza sita en la pomarada, donde los encerraron, no sin antes darles una más que fenomenal paliza, procediendo a renglón seguido a rescatar a la víctima de tan inconcebible salvajada de las ortigas que dejaron su cuerpecillo cubierto por una sola ampolla.

Este acto de valentía y de auténticos sentimientos humanitarios, impropio y poco corriente de seres de tan corta edad, fue comentado elogiosamente por el pueblo entero ¡Hasta la Guardia Civil, a la que el criminal propietario acudió para presentar la oportuna denuncia por las contusiones recibidas, tuvo frases de simpatía para Carrocera y sus amigos!

Cierta noche de invierno en que la lluvia y el frío eran insoportables, se presentó en su casa sin chaqueta ni zapatos. Preguntado por sus familiares dónde había dejado aquellas prendas tan necesarias, contestó que acababa de dárselas a un desarrapado que se había cruzado en su camino. Y se acostó tranquilo, mientras sus deudos movían la cabeza y llevaban los dedos a las sienes como diciendo que estaba loco (…)

Carrocera fue de los últimos en embarcar, y más que embarcar diríamos que lo obligaron a ello, pues al no haber sitio para todos, se negaba tozudamente a poner los pies en el “Llodio”demostrando con su actitud, una vez más, que si era el primero ente el peligro, sabía ser el último ante la problemática salvación que ofrecía la huida en los barcos no preparados para ella, aparte de la vigilancia que ejercían sobre la costa navíos de la marina fascista. Más reconociendo cuantos lo conocían y eran todos los que se encontraban en el “Llodio”, que Carrocera había muy pocos, lo metieron a la fuerza en el buque, deseando con todo anhelo que pudiera arribar a feliz puerto.

El barco de carga donde embarcó –ya dijimos que el “Llodio”- fue capturado el día 21 de octubre de 1937 por los navíos de guerra que en aquellos momentos infestaban el Cantábrico (…) Conducidos al Ferrol y de allí a Coruña, lo desembarcaron en Muros de Noya, bahía de Corcubión, el día 4 de noviembre de 1937 y lo internaron en el campo de concentración de “Romaní” (…) El 28 de diciembre de aquel año, y en unión de otros compañeros, fue trasladado al campo de Vieta, en el otro extremo de la playa de dicha bahía de Corcubión. Al día siguiente de su traslado fue requerido por su nombre supuesto e invitado por el capitán del campo a que diera su verdadero nombre cosa que hizo al comprender que estaba descubierto. Más antes de dar en consabido paso al frente, el compañero Trom, de Gijón, intentó convencerlo para suplantarlo y ver si mientras se descubría la superchería podía fugarse. Pero Carrocera, con su característica entereza y serenidad, se negó rotundamente con estas palabras:

- No, no puedo consentir que nadie corra riesgos por eludir yo mi responsabilidad revolucionaria.
El capitán del campo en cuestión, y en honor a la justicia, se portó con Carrocera como un auténtico caballero, oponiéndose a entregarlo a tres chequistas que, al enterarse de su estancia en el campo, se presentaron en el mismo con el propósito de hacerse cargo del prisionero sin autorización de ninguna clase (…)

Cárcel de Oviedo

Excepto los doce o quince días que permaneció castigado en “La Leona” y mientras no lo ejecutaron, lo tuvieron rigurosamente incomunicado en la celda 13 de la segunda galería.

A mediados de abril, y a puertas cerradas, fue juzgado y condenado a la última pena en unión de otros catorce compañeros (…) La farsa duró dos horas. Dos horas en que el fiscal, apodado ya “la ametralladora”, se despachó a su gusto e hizo gala de una oratoria ajena por completo a cualquier término y conocimientos jurídicos. Entre otras acusaciones, le formularon la de haber hecho labor de retaguardia con toda su secuela de actuaciones vandálicas, etc, a lo que Carrocera, con aplomo y gallardía contestó que él no había nacido para la retaguardia, sino para los frentes de batalla, ofreciendo siempre, siempre, su corazón a las balas y el holocausto a la libertad y a la justicia.

<> (…)

Reincorporado a la celda número 13, estuvo en ella hasta el día 8 de mayo de 1938, fecha en la que, en unión de otros 259 antifascistas, fue asesinado y enterrado en la gran hoyanca llena de cal. El citado 8 de mayo se acabó la vida del joven (treinta y ocho años cumplidos) luchador extraordinario y noble Higinio Carrocera Mortera (…)

Al ser sacado de la prisión con rumbo al cementerio, pretendió animar con frases de aliento a los que quedaban; pero las fuerzas encargadas de la escolta y del fusilamiento, hundiendo sus machetes una y otra vez en las carnes de Carrocera, le produjeron diversas heridas. Manando sangre, llegó hasta la misma hoyanca. Solamente le faltaba la corona de espinas para semejar a Cristo, en nombre del cual la España franco-falangista robaba, asesinaba, violaba (…)

Otra circunstancia que así mismo hemos de mencionar era la costumbre de arrancar a los fusilados las dentaduras de oro. Carrocera, que tenía unas diez o doce piezas macizas y fijas de oro, sabedor de esa clase de rapiña, las arrancó con el mango de una cuchara y con ellas otra pieza natural que por su fijeza a las otras no pudo dejarla, siendo imaginable el sufrimiento que esta acción le reportó; más todo debió soportarlo con su inigualable estoicismo antes que el enemigo dispusiera de algo suyo con que pudieran contribuir al fortalecimiento económico de una causa injusta.

"Vida y muerte", biografía sobre Higinio Carrocera Mortera editada por el Subomité Regional de la CNT en Julio de 1960.
Encontrado en: Alasbarricadas.org

martes, 3 de febrero de 2009

Avelino González Mallada

Avelino González Mallada nació en Gijón el 7 de agosto de 1894 y quedó huérfano cuando aún era muy niño (6 años y medio). Quedó al cuidado de una abuela y fue a la escuela muy poco tiempo ya que comenzó a trabajar cuando sólo contaba 11 años en la fábrica Laviada, y a los 14 años en el Dique, donde tuvo sus primeros contactos con el movimiento anarquista. Su formación fue autodidacta.

En 1911 ingresó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y poco después fue despedido del Dique. En tales circunstancias emigró a París (1915), donde estuvo hasta comienzos de 1919. Incluido en las listas negras de la patronal gijonesa, no encontró trabajo en esa ciudad por lo que se trasladó a La Felguera, donde había por entonces un importante núcleo anarquista, especialmente en Duro Felguera. Allí se encargó de una escuela tutelada por la CNT en Frieres.

En 1922 volvió a su Gijón natal y obtuvo el título de perito mercantil. Habitual colaborador en prensa, dirigió el periódico Vida Obrera. A partir de 1926 se incorporó como maestro en la Escuela Neutra que había fundado y dirigía el maestro anarquista Eleuterio Quintanilla. Proclamada la República se le encomendó la dirección del periódico libertario Solidaridad y, luego, de CNT de Madrid. En 1933 dimitió como director de esta última publicación, aunque continuó como redactor.

En el debate surgido en el seno del movimiento libertario sobre la conveniencia o no de participar en la Alianza Obrera, en 1934, fue uno de los defensores de la participación. Volvió a Asturias en 1935 y se encargó de la secretaría del Comité Regional de la CNT.

Al producirse el levantamiento militar de julio de 1936 formó parte del improvisado Comité Provincial del Frente Popular que se reunió con el gobernador civil en Oviedo y posteriormente de la Comisión de Defensa que se formó en Gijón para poner freno a la rebelión militar. Posteriormente fue miembro del Comisariado de Guerra en representación de la CNT.

El 15 de octubre de 1936 fue elegido alcalde de Gijón por una gestora integrada por todos los sectores de la vida política y sindical. No fue la suya una gestión de trámite, sino que acometió una importante remodelación de la ciudad, para la que llevó adelante el derribo de varios edificios, entre ellos el mercado de Jovellanos y el Hospital de Caridad, para permitir una posterior reforma urbana.

Al entrar los nacionales en Asturias consiguió trasladarse a Barcelona, donde permaneció desde octubre de 1937 a febrero de 1938. En esa fecha fue nombrado delegado especial del Consejo General de Solidaridad Internacional Antifascista y se trasladó a Estados Unidos a recabar ayuda. En ese país murió en un accidente automovilístico el 27 de marzo de 1938.

Publicado en: La Guerra Civil en Asturias, VVAA. La Nueva España / Cajastur, 2006.
Digitalización: El cielu por asaltu

lunes, 15 de diciembre de 2008

Jaime Machicado

El gijonés del batallón

Jaime Machicado Llorente puede ser el único asturiano enterrado entre los 15 cuerpos que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica espera encontrar en la fosa común de Grandas de Salime.

Luchó por una causa y su nombre sale ahora a la luz con letras mayúsculas. Era Jaime Machicado Llorente, nacido en Ribadesella en 1909 pero vecino de Gijón y miembro destacado de CNT y FAI. Su cuerpo ha permanecido sepultado durante setenta años, se cree ahora que en la fosa común de Grandas, pero ni siquiera la tierra ha logrado borrar la historia de este asturiano.

El liderazgo le llegó a este gijonés de forma temprana. Su historia la personal y política la cuenta con datos precisos el presidente del Proyecto Todos los Nombres de Asturias, Luis Miguel Gómez González, que colabora como investigador con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Cuenta que la persona de Machicado ya era valorada antes de la guerra civil, pero que su presencia se hizo aún más notable cuando en 1937 y por petición de FAI fue nombrado comisario político del Batallón Galicia. Su rango era equiparable al del comandante Moreno, el último de los enterrados en la fosa de Grandas.

Pero más allá de su implicación política, Luis Miguel Gómez González también habla de su persona. Una buena parte del Batallón Galicia pudo salir por mar, pero él se negó. "Dijo que iba a correr la misma suerte que sus hombres". Así que el gijonés, que regresó a la ciudad para despedirse de una hermana suya, le explicó que iba a intentar salir por tierra. Sus hombres, a los que no quiso abandonar, le esperaban en Morcín. Era octubre de 1937 y la guerra la tenían perdida en el norte.

El plan, sin barcos disponibles en el puerto, consistía ahora en alcanzar a pie La Coruña con la esperanza de poder fletar allí un barco con el que alcanzar la costa francesa. En ese grupo de 15 personas que logró superar el Alto de El Acebo, en Grandas de Salime, se supone que caminaba Jaime Machicado Llorente. No pudieron avanzar mucho más, poco después serían asesinados tras ser localizados por los falangistas. El asturiano dejaba atrás a su mujer, Isabel Monte Cajigal, con quien tuvo un hijo también llamado Jaime.

El final de esta historia abre ahora otro capítulo con la exhumación emprendida por la Asociación Para la Recuperación de la Memoria Histórica en territorio asturiano. En la investigación han podido localizar a parte de su familia, una nuera y dos nietas. Una de ellas está previsto que visite hoy mismo el lugar donde fue enterrado su abuelo. Llegará, como ayer también lo hizo Germán Fernández, un gallego de Noia que apenas podía contener la emoción al pensar que su padre podría estar sepultado en el lugar. Es hijo de Maximino Martínez, ayudante del comandante Moreno, aunque ni siquiera pudo llegar a conocer a su progenitor. Cuando se marchó él, que nació el 2 de marzo de 1936, apenas tenía tres meses de vida. Reconoce que siente dolor al encontrarse en el lugar porque "hay heridas que nunca cicatrizan" y sobre todo le tortura "pensar cuánto pudo haber sufrido" Sin embargo, saber el paradero de su padre le da cierta "tranquilidad", al mismo tiempo que sentirá una "decepción" no encontrarlo en el lugar. Quiere saber lo que no supo nunca y no le gustaría esperar más tiempo para hacerlo.

Paula Díaz

Publicado en: La Voz de Asturias, 12 de agosto de 2007.
Encontrado en: El cielu por asaltu

domingo, 30 de noviembre de 2008

Acracio Bartolomé Díaz

Acracio Bartolomé Díaz nació en Gijón en diciembre de 1901, en el seno de una familia de libertarios. Empezó a trabajar a los 11 años en la fábrica de vidrios La Industria, al tiempo que asistía a la escuela del maestro del anarquismo gijonés Eleuterio Quintanilla. Muy joven se afilió a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y durante la dictadura de Primo de Rivera, en 1923, era ya uno de los principales activistas del anarcosindicalismo asturiano. Ingresó también en la Federación Anarquista Ibérica (FAI), fundada en 1927, aunque no participó de las ideas violentas de este grupo.

Apostó siempre por el sindicalismo en su acepción más genuina y creía que la revolución sería producto del movimiento “arrollador del pueblo en masa”. Desde mayo de 1931 alternó en la dirección del periódico Solidaridad, órgano oficial de la Confederación Regional, hasta 1933, con los también anarquistas Segundo Blanco y José María Martínez. En diciembre de ese año el periódico fue suspendido y la plana mayor de la CNT asturiana fue encarcelada. Desde la cárcel de El Coto, en Gijón, junto con otros compañeros anarquistas, se manifestaron partidarios de la formación, con la UGT y otras fuerzas políticas y sindicales proletarias, de la Alianza Obrera Revolucionaria, embrión de la revolución de octubre en Asturias. Fracasada ésta fue nuevamente encarcelado en El Coto, de donde se fugó con otros compañeros en mayo de 1935, y huyó a Francia. Regresó tras las elecciones de febrero de 1936.

Al iniciarse la guerra civil asumió la dirección del Comité de Control de Prensa e Imprenta, dependiente del Sindicato de Artes Gráficas de la CNT, que confiscó y gestionó los tres periódicos gijoneses, La Prensa, El Noroeste y El Comercio, que reaparecieron los días 26, 28 y 29 de julio, respectivamente. Desde sus páginas, aleccionaba a sus camaradas anarquistas a aceptar algunas de las necesidades de la guerra, como la militarización, que tan contrarias eran al credo anarquista. A partir de enero de 1937 pasó a dirigir el periódico CNT, ya como órgano del anarcosindicalismo, hasta el 20 de octubre de 1937 en que cesó la publicación al caer Gijón en poder del ejército nacional. Se trasladó a Barcelona, donde también dirigió un periódico titulado CNT, hasta el final de la guerra en Cataluña, a comienzos de febrero de 1939.

Pasó a Francia y fue recluido en el campo de refugiados de Argelés-sur-Mer, de donde consiguió huir a Marsella. En esta ciudad, en 1945, terminada la guerra mundial, dirigió el periódico Hoy, desde el que defendió la subordinación del exilio al interior y la continuación del aliancismo con las organizaciones socialistas, tesis asumida por el Subcomité Regional de Asturias, León y Palencia. Continuó su lucha desde el exilio, y falleció en Marsella (Francia), el 15 de abril de 1978.

Publicado en: La Guerra Civil en Asturias, VVAA. La Nueva España / Cajastur, 2006.
Digitalización: El cielu por asaltu.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Semblanza de Aquilino Moral

El 16 de febrero de 1979 falleció en La Felguera (Asturias) nuestro compañero Aquilino Moral Menéndez, militante de la CNT y del POUM. Su entierro constituyó una impresionante manifestación de duelo, a la que se asociaron casi todas las organizaciones obreras de la región. Su féretro fue llevado a hombros por sus camaradas y amigos más íntimos desde su casa hasta el cementerio de Pando, donde Aquilino reposará para siempre.

Aquilino Moral tenía ya 85 años. Pero ni él ni nadie de los que convivían con él pensaban que el fatal desenlace pudiera producirse tan pronto... No hay aquí la menor paradoja. Aquilino era un hombre de una enorme vitalidad. Pese a sus años, había conservado una lucidez excepcional, una memoria prodigiosa y un entusiasmo que le envidiaban no pocos jóvenes.

La prensa asturiana ha destacado en diversas notas y artículos sus cualidades humanas, su significación sindical y política y su valor militante. La Voz de Asturias ha recordado que "semanas antes de su muerte, pegó pasquines y repartió octavillas y manifiestos a la salida de los turnos de Duro Felguera". El mismo periódico, en el que Aquilino colaboraba con artículos "mal hilvanados", según afirmaba sin pretensión alguna, ha dicho también que, enfermo en la cama, aprovechaba para dictar a una nieta suya el trabajo que sobre Melquíades Álvarez [el político republicano que, tras una evolución derechista, llegó a estar relacionado con el levantamiento militar del 17 de julio de 1936] y otras personas pensaba publicar en el Portafolio de San Pedro. En este álbum literario aparecía siempre con puntualidad su trabajo sobre el ayer felguerino. Y es que aquel ayer no se le había olvidado.

Aquilino Moral era un obrero de La Felguera, esa ciudad que tanto representa en la historia de las luchas sociales de España. Pertenecía a esa generación de militantes que se forjó en el potente movimiento obrero asturiano de los años 1915-1930. Un proletariado "profundamente reflexivo que detesta la aventura" pero que sabía mejor que nadie preparar y organizar las grandes batallas (huelga general de 1917, revolución de octubre de 1934, etc.), como analizó magistralmente Joaquín Maurín, al que, por cierto, Aquilino Moral, al igual que otros valiosos militantes astures, se sintió muy ligado durante largos años.

Es completamente imposible resumir en un breve artículo los rasgos más salientes de los setenta años de vida militante de Aquilino Moral. Pero si hay un periódico en el que se debe rendir homenaje especial a Aquilino, éste es, ante todo y sobre todo, La Batalla. En efecto, si bien nuestro entrañable compañero colaboró en numerosas publicaciones obreras a lo largo de su vida, su firma apareció con asombrosa regularidad en nuestro periódico desde el año 1922, es decir, desde su fundación. Y ahora podemos decir ya sin problemas que Aquilino Moral, utilizando el seudónimo de Mario Guzmán, fue el mejor y más fiel corresponsal de La Batalla en los años 1960-1972. Basta echar una ojeada a los números de nuestro periódico de aquellos años para darse cuenta de la valiosa contribución que nos aportó Aquilino y de todo cuanto hizo para popularizar las luchas de los trabajadores asturianos. Sin embargo, hay que añadir que Aquilino fue también el mejor organizador de la difusión de La Batalla, de Tribuna Socialista y de toda la literatura política del POUM en Asturias durante los últimos quince años de la dictadura franquista.

Durante estos quince años, por decisión del CE del POUM, tuve la suerte de mantener una relación muy estrecha con él. Nos escribíamos casi todas las semanas. Él era, en general, mucho más diligente que yo en la transmisión de informaciones y documentos. Estos días, pensando en él, he vuelto a leer algunas de sus cartas de los años duros con una intensa emoción. Ello me ha permitido revivir la huelga general asturiana de 1962, que tanto influyó en la evolución del movimiento obrero y del país, los demás conflictos y luchas de los años siguientes, la fundación y el desarrollo del FUSOA (uno de los organismos de solidaridad más eficaces que hubo por entonces en España y al que el POUM aportó, directa o indirectamente, una ayuda considerable); la creación, la lucha y la dispersión del CRAS (Comunas Revolucionarias de Acción Socialista), animado por Luis García Rúa, los avatares de Gesto de Gijón y la organización del comité de solidaridad y de lucha de Asturias. Aquilino intervino en todos estos organismos y en todas estas actividades con una constancia ejemplar. Al propio tiempo, fue secretario de la organización clandestina de la CNT y tuvo la suerte de presidir el primer mitin público de ésta que se celebró en España, en 1976, donde afirmó su fidelidad a la CNT y su condición de militante del POUM, cosas de las que siempre se había enorgullecido.

La prensa asturiana ha destacado sobre todo su calidad de militante sindicalista. Nosotros tenemos la obligación elemental de evocar que Aquilino Moral fue uno de los primeros militantes de Asturias que se solidarizaron con la oposición comunista de Maurín, que figuró entre los fundadores del Bloque Obrero y Campesino en esa región, junto con aquellos camaradas inolvidables que fueron Benjamín Escobar (principal responsable del célebre Sindicato Único de Mineros), Marcelino Magdalena, José Prieto y tantos otros. En 1935, cuando se fundó el POUM, Aquilino, Escobar, Magdalena, Prieto y Grossi coincidieron en la misma organización con Emilio García, Agustín Lafuente, Ignacio Iglesias y todos los compañeros procedentes de la Izquierda Comunista. Durante la Guerra Civil y la revolución, Aquilino, como todos, tuvo que hacer frente a las calumnias y a la represión estalinistas, de las que pudo protegerse por su militancia y su prestigio en la CNT. Encarcelado por los franquistas tras la caída de Asturias, fue a parar a la prisión de Burgos, donde permaneció hasta 1941. Liberado, fue uno de los primeros organizadores del movimiento obrero asturiano en los años más duros y sangrientos y no interrumpió jamás su actividad hasta su muerte.

Fuertemente preocupados por las consecuencias que podía tener su infatigable actividad, le hicimos venir a París tres o cuatro veces. Charlamos con él largamente sobre los problemas de Asturias; le incitamos a ser más prudente, pues nos angustiaba que, a su edad, pudiera ir de nuevo a la cárcel y ser objeto de los malos tratos policiales habituales en aquellos años. Cuando le dijimos que ciertas tareas eran más propias de los jóvenes que hombres como él, nos contestó, rotundo, que él "no era viejo". Nos asombró, como a todos, su memoria privilegiada. En una ocasión explicó con un lujo impresionante de detalles el desarrollo del célebre congreso de La Comedia, celebrado por la CNT en 1919 en Madrid, donde Aquilino conoció a Maurín, a David Rey y a Nin. Recordaba los nombres y apellidos de los principales delegados y hasta fragmentos de los discursos que habían pronunciado. Impresionados por ello, le incitamos a que escribiera sus memorias, cosa que hizo poco después. Pero por motivos sobre los cuales no queremos extendernos, tales memorias no se han publicado todavía.

En los últimos años, Aquilino Moral fue visitado por infinidad de profesores y estudiantes interesados por la historia del movimiento obrero. Todos obtuvieron de él informaciones de primera mano y todos salieron de su casa orgullosos de haber podido conocer a uno de los militantes más representativos de una generación extraordinaria del movimiento obrero asturiano.

Nosotros, sus camaradas, sus amigos de los días ingratos, le profesábamos un afecto difícil de explicar. Era, para todos, un ejemplo de voluntad, de combatividad, de generosidad y de coraje. La simple presencia de este obrero metalúrgico que se había forjado a través de largos años de lucha, constituía una especie de aliento permanente, de incitación a perseverar en medio de todas las dificultades y por encima de todos los abandonos. Su muerte ha sido un duro golpe para nosotros. Ya no volveremos a charlar con Aquilino. Mas nos queda el consuelo de que pudo ver el fin de la dictadura franquista y asistir al renacimiento del movimiento obrero. Y nos queda la lección de su vida, que fue una lucha constante, sin pausas ni treguas, por la emancipación de la clase obrera y la victoria del socialismo auténtico. Todos los que le conocieron saben que esto significa mucho. Pero nadie lo sabe tan bien como los que tuvimos la suerte de ser sus camaradas y sus amigos participando, de una forma u otra, en el combate admirable de su existencia ejemplar.

Wilebaldo Solano

Memorias de Aquilino Moral (1º Parte)
Encontrado en: Fundación Andreu Nin