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lunes, 31 de agosto de 2009

Los anarquistas en Gordón (León), durante la Guerra Civil

LEÓN, LA GUERRA, 1936

“Con la capital en manos de los falangistas –la mayoría de nuevo cuño- y las tropas nacionalistas, convencidos ya de que nada se podía hacer allí de momento, todo el que pudo se replegó hacia el Norte, a las zonas todavía libres. La concentración de las tropas en León y otros puntos estratégicos favoreció al principio la circulación por el resto de la provincia de una cierta libertad. Pero inmediatamente se marcaron las posiciones y se polarizó el control de las dos zonas. Quienes pudieron aprovechar la ocasión se concentraron en la franja Norte de la provincia, de dominio republicano; el resto quedo bloqueado en terreno franquista. El paso hacia la zona todavía libre se convirtió en la obsesión, cada vez más peligrosa y difícil, de mucha gente, y la organización anarquista hubo de combinar la rápida tarea de reconstrucción en el Norte con el esfuerzo por evacuar a los militantes atrapados en las zonas ocupadas.


EL REPLIEGUE HACIA EL NORTE

Una parte de la militancia que había salido de la capital en busca de armas ya no pudo volver a León. En dirección a San Andrés de Rabanedo había salido el día del golpe [de Estado] una furgoneta con una veintena de hombres, en su mayoría de CNT y Juventudes Libertarias, entre ellos Agustín Juárez, Lisardo Llamazares, “el chato”, etc. De San Andrés fueron buscando armamento a Villabalter, a casa del cura. De allí volvieron a San Andrés y continuaron viaje hasta Carrizo. En este pueblo se enteraron a las dos de la tarde de la salida de las tropas [golpistas] a la calle en León, y regresaron precipitadamente por la Virgen del Camino. Al llegar a León, un grupo cruzó el río Bernesga por detrás de San Marcos, y otros entraron andando por el puente de piedra (Lisardo, Juárez, Pedro Salgado –de Villalbater, minero y cargado de dinamita-, etc). A este grupo se había unido Lorenzo Martínez “el Ronda”, que había estado en la zona de Astorga y Veguellina. Desde el otro lado del puente los guardias civiles les provocaban para que avanzasen, y en una iniciativa afortunada de “el ronda” decidieron dar la vuelta, batidos ya a tiros desde la Casa del Pueblo. Lisardo Llamazares se refugió en casa de Lorenzo, en Oteruelo. Hasta allí les siguió la guardia civil, buscándoles a ambos y a Pablo Fernández Zapico. Lisardo durmió al día siguiente en el cementerio de Trobajo, y otra noche en el campanario. Luego se fue a Villafruela del Condado y a Cañizal, donde tenía familia, consiguiendo pasar a la zona republicana en el mes de septiembre.

También “el Ronda” consiguió pasar, pero no su hermano Federico Martínez, igualmente de CNT, que apareció muerto en Santibáñez de Porma.

Agustín Juárez, tras ser rechazados en San Marcos, se dirigió a casa de sus padres, en San Andrés. Sobre las doce de la noche organizaron un grupo para hacer guardia en la cuesta de San Andrés, y las noches siguientes durmieron en las eras como precaución. A los ocho o diez días, cuando los sublevados comenzaron a organizar la caería, subieron a por ellos, y tuvieron que pasar al Norte.

Damián de Antonio, de la FAI de León, acababa de llegar de Asturias en busca de armas cuando estalló el golpe. Vivía en la Serna, y de camino al taller donde trabajaba de tallista de madera, en la Avenida Padre Isla, tuvo que ir escondiéndose como pudo. Desde la iglesia de Renueva un fusil ametrallador batía la calle y los alrededores. Damián se encaminó hacia San Marcos, cuando los mineros agotaban allí su última dinamita. Ante la evidencia, regresó a casa para marchar, y encargó a su mujer que avisara al Toto de que le esperaba en la carretera de las Ventas. Pero este no llegó y Damián hubo de marchar.

Laurentino Tejerina, que había conseguido marchar en el último momento del Gobierno Civil asaltado por los sublevados, fue a buscar a su compañera Rosina a Vitoria y, andando y ocultándose en la casa de los amigos, logró llegar a Pola de Gordón, no sin antes tener que dejar por el amino a su hija Violeta, de 13 años.

(…)

Unos antes y otros después, todos los que pudieron pasaron al Norte. La Organización también se volcó en el rescate de personas hacia terreno seguro, destacando en esa labor Julio Fernández “Zancajos”, a veces acompañado por “Cabraloca”, y Horacio Fresno Martínez.


LA REORGANIZACIÓN EN EL NORTE

A medida que los militantes se fueron replegando hacia la zona de control republicano, quedaron repartidos por los pueblos por razones de afinidad, paisaje o por simple coyuntura. Pero en este momento las razones defensivas y la labor de reorganización fueron prioritarias para la CNT. Los meses que siguieron fueron de una intensa actividad en todos los órdenes, tratando de normalizar la organización en aquél ambiente de guerra.

El 10 de septiembre de 1936 ya se celebró en Villamanín una gran asamblea general de la CNT, donde fue muy discutida la postura a seguir ante la militarización, y se acordó la inmediata creación de una Comarcal.

(…)

Las reuniones se sucedían… En la importante reunión que se celebró en Cármenes el 15 de octubre presidida por Antonio González, se dio cuenta de los acuerdos adoptados en el Congreso de Villamanín. Además de los nombramientos en representación de la CNT a los distintos comités y de los cargos de secretario general (Generoso Balbuena), secretario de actas (Lisardo González) y vocales (Prudencio Barrios y Celestino Rodríguez), se nombró una comisión para requisar alimentos por los pueblos de la zona (Elgio González, José González y Gregorio García). Sin duda, el acuerdo más transcendental del Congreso de Villamanín fue el de la inmediata creación de sindicatos en cada localidad, por cuanto supone de voluntad de resistir y al mismo tiempo de mantener los principios anarcosindicalista en su integridad.

Inmediatamente, en cada una de las localidades en que se habían establecidos los militantes se constituyeron sindicatos, y así pueden verse representados en el Pleno Comarcal celebrado en Villamanín el 16 de octubre a los sindicatos de Pola de Gordón (tres delegados), Santa Lucía (dos), Mina del Oro (dos), Villamanín (dos), Casares (dos) y Cármenes (tres). A este pleno (presidido por Emilio Oricheta y con Juan Carballo como secretario) asistió Laurentino Tejerina para pedir el nombramiento de dos delegados de la CNT en la Delegación del Gobierno Asturiano para León. Fueron elegidos Antonio González (Orden Público) y el propio Tejerina (Hacienda y Abastos).

De este Pleno salió el Comité Comarcal formado por Mariano Álvarez (secretario general), Ángel Izquierdo (secretario de actas), Alfonso Modino (tesorero) y como vocales Agustín Juárez y Santos Bayón.

La vida de los sindicatos estuvo determinada por el movimiento de los afiliados y, en definitiva, por la marcha del frente.

(…) Al mismo tiempo que se participaba en la Gestora de CNT-UGT (en la Junta General de 6 de noviembre fueron nombrados por representantes por los anarquistas a Oneroso Balbuena, José Castañón y Andrés Montero), se había constituido el 24 de octubre la “Federación Comarcal de León” con los miembros recuperados, lejos ya de la improvisación de los inicios. En Villamanín, centro orgánico de todas estas actividades, se celebró un Pleno Comarcal el 18 de noviembre, de la mayor importancia. Presidido por Manuel Miguélez, con Mariano Álvarez como secretario de actas y Modesto Martínez de notas, asistieron representantes del Sindicato de Oficios Varios de Cármenes (Aurelio Díez, Prudencio Barrio, Francisco González y Alfredo Álvarez), Pola de Gordón (Restituto Herrera), Milicias de Pola (Manuel Miguélez y Felipe Cañón), Santa Lucía (Julio Fernández y José Morán), y Mina del Oro (Francisco Arias). Se contó también con la presencia del tesorero, Aurelio Díez Fernández, y de Antonio González, ya en labores de investigación y vigilancia.

Fue un pleno maratoniano (terminó a las dos de la mañana), donde además de los asuntos de trámite (…) volvió a debatirse sobre aspectos de militarización. Este seguía siendo un tema doloroso por una parte de la militancia, y así se dejó ver cuando se acordó proponer al capitán Calleja como técnico militar para dirigir los ataques, pero con la oposición de que fuese jefe de todas las fuerzas.

De desconocida transcendencia fue la aprobación, a petición de los delegados de Santa Lucía, de crear un tribunal popular en parte de León. Sí se conoce la repercusión que tuvo la proposición de la Milicias de Pola de hacer un llamamiento a la militancia para formar un batallón confederal de León, toda vez que de aquí surgió el batallón 206.

Durante el año de 1937, hasta la caída total del frente asturiano, se dio una mayor actividad organizativa, y los anarquistas leoneses, reacios siempre a la simple colaboración con otras formaciones políticas siguieron los acuerdos participativos de la Regional de Asturias, León y Palencia. Ésta había decidido participar en el Comité Provincial del Frente Popular que se formó el 6 de septiembre de 1936 en Gijón.

(…)

La CNT por su cuenta, afianzó su implantación en las localidades donde residía, habiendo plenos Comarcales donde se hallaban representados cerca de 1000 afiliados. El más numeroso era el sindicato de Cármenes (490 afiliados), seguido del de Villamanín (140) y Casares (108). También contaban Pola (70), el Sindicato de Transportes (51), Busdondo (46), Valdelugeros (26), Villasimpliz (25), Canseco, Industrias Ferroviarias, etc. Durante este período, como representantes a los Plenos asistieron Julio Patán y Francisco Suárez (por Cármenes), Camilo Rodríguez (por Casares), Julio Alonso (por Villamanín), Julio Lombas Díez y Germán Ordoñez Ballesteros (por Villasimpliz), Heliodoro Villa (por Pola)…

(…)

La acción sindical y confederal hubo de combinarse con la administrativa, propia de una situación de guerra. En este orden destaca la participación de la CNT en el Consejo Local Cooperativo de Villamanín, órgano encargado de la distribución comercial, y una de las mejores muestras de la práctica revolucionaria, en cuanto sustituía el comercio como actividad de lucro. Dependiente del Consejo General Cooperativo, estaba participado por UGT y CNT. Tras celebrar el Consejo Local reuniones los días 18 y 19 de abril de 1937, la CNT nombró en la de 21 de abril los representantes, con cargo de subgerente, en los despachos de Villamanín (Herminia Hidalgo), Busdongo (Santiago Díez Suárez)… Geras (Francisco González González), La Vid (Julio Lomas, con Pedro Gutiérrez Roca como dependiente), Santa Lucía (Piedad Blanco, con Benito Gutiérrez Martínez), Buiza (Ángel Pérez Camporro)… Pola de Gordón (Germán Ordoñez, con Florentino Blanco y Francisco Martínez).


LOS ANARQUISTAS EN EL FRENTE: SECCIONES EN LA POLA

Durante los meses subsiguientes al levantamiento militar, el trasiego de personas hacia la zona libre del Norte de la provincia y las tierras asturianas fue constante, y a veces, masivo.

(…)

Los refugiados se fueron agrupando por afinidad sindical o política y por razones de paisanaje. Los primeros intentos de organización defensiva se consiguieron con la formación de comités, y el 26 de agosto de 1936 ya aparece firmado un comunicado del Comité Provincial de las Milicias Antifascistas Leonesas, residente en Busdongo, y luego en Pola.

Los anarquistas leoneses, acostumbrados a situaciones difíciles, empezaron a agrupar a sus militantes en grupos de diez, con un delegado. Cuatro grupos de diez formaban una sección, al mando de un teniente, y luego una compañía, en una iniciativa espontánea dedicada a la defensa y a mantener una cierta estructura orgánica. Con este ánimo se formaron dos secciones en Pola (casi 100 hombres), una al mando de Lorenzo Martínez “el Ronda” y otra con el teniente Rodríguez, actuando Manuel Miguélez como capitán. Recibía el nombre de Batallón CNT nº 1. Tras una gestión infructuosa ante el comité de guerra para conseguir armamento, llevada a cabo por Ángel Izquierdo, se decidió ir a Gijón, al Estado Mayor. Allí fue Agustín Juárez con otro cenetista, pero tampoco les atendieron. A los pocos días, las dos secciones fueron incorporadas al batallón de Asturias nº 12, que se estaba formando en Avilés al mando de Mario Cuesta, de CNT. Juárez y otra gente, que soñaban con entrar en León, regresaron a Pola. Por la zona de Valdetejas-Cármenes, y bajando hasta Matallana-Valporquero actuaban también grupos de anarquistas, junto a otras fuerzas, articuladas en torno al comité de Valdeteja.

En Pola comienzan de nuevo a agruparse cenetistas leoneses con el fin de formar su propia unidad, con Manuel Miguélez y Ángel Fernández al frente. Se configura así el Batallón Asturias nº 6, también conocido como batallón Cármenes, integrado exclusivamente por anarquistas leoneses y germen del futuro [batallón] 206.


EL BATALLÓN 206. COMANDANCIA DE LA POLA

El comandante indiscutible del batallón fue Laurentino Tejerina Marcos, llegando a conocerse la unidad como “batallón Tejerina”. Manuel Miguélez González, que había ejercido on anterioridad labores de dirección, sufrió un accidente al despeñarse el coche bajando por la collada de Villamanín a Cármenes, teniendo que ser hospitalizado.

Constaba de cuatro compañías, al mando de los capitanes Laudino Díez González (1ª), Antonio García Dueñas (2ª), Luis de Prada Macía (3ª) y Enrique González Rodríguez (4ª), y una sección mixta con el teniente Laurentino Robles Fernández. Al morir Antonio García “el Gato” en la toma de Peña Ubiña, fue sustituido por Francisco Pascual Abad.

(…)

La 1ª cía. Tenía su campo de acción en la zona Matallana-Vegacervera, mientras que la 2ª abarcaba por encima de Orzonaga, la Mina del Oro, hasta cerca de Pola, con el puesto de mando en Coladilla. Las otras dos compañías pertenecían a la reserva, estando el cuartel del batallón en las escuelas de Cármenes.

El armamento del que disponían era pésimo, con viejas espingardas y fusiles de todas las nacionalidades para los que resultaba imposible hallar munición. Aunque el problema era general en la zona republicana, al menos en una primera época, las quejas eran continuas motivadas por la diferencia de trato de unos batallones a otros a la hora de repartir el armamento.

Por lo que respeta al alimento, en un primer momento estaba a cargo del comité de guerra, teniendo casi siempre que proveerse sobre el terreno. Luego el aprovisionamiento era de suministro, realizándose desde Mieres.

Militarmente, con la creación el 24 de diciembre de 1936 del Consejo Interprovincial de Asturias y León se creó el Cuerpo de Ejercito de Asturias. En la leonesa se crearon cuatro comandancias: Belmonte, Puerto Ventana, Pola de Gordón y Cangas de Onís (sic).

El 206 pertenecía a la comandancia de la Pola, dirigida por el capitán Calleja. En febrero de 1937 los batallones se integraron en brigadas, constituyendo los de la comandancia de Pola la brigada nº 13, al mando del mayor de milicias Dositeo Rodríguez, y donde Antonio González estaba de delegado político y representante obrero. Un mes más tarde, buscando mayor eficacia, el frente de León quedó cubierto por la división 6ª del III Cuerpo de Ejercito, al mando del mayor Rodríguez Calleja, incorporando las brigadas creadas anteriormente. El Comité Regional de CNT nombró el 28 de abril a Antonino comisario de brigada.

De esta manera, el 7 de abril de 1937, aprovechando el deshielo, los hombres del 2006 combatieron en el sector de Correcillas. Tejerina y los suyos ocuparon las alturas del Cueto y otras posiciones a 4 Km de La Vecilla. Estabilizadas las líneas, en el mes de junio el batallón 206 fue destinado a la zona de Peña Ubiña, de donde al amanecer del 24 de junio las tropas franquistas habían desalojado al batallón 220 “Gordón Ordás”, llamado desde entonces el “recula”, ocupando su posición y ocasionándoles más de 20 muertos. Todos los intentos de recuperación sólo habían conseguido más muertes y pérdidas.

El 206, relevado por los hombres de 249 “Pola de Gordón” de Emilio Morán, fueron llevados de Cármenes de Busdongo y luego a Mieres. Allí permanecieron ocho días, y cuando ya se había corrido el rumor de que los iban a llevar a Bilbao, les armaron convenientemente y por Campomanes les transportaron hasta Tuiza, iniciándose la aproximación a Peña Ubiña. Primero la aviación enemiga, y luego la niebla y el mal tiempo dificultaron al máximo la operación.

Por fin, el 25 de junio, en medio de la oscuridad y la niebla y siguiendo las consignas de Tejerina, atacó la 1ª cía. Y a los diez minutos todas las demás. Al grito de “¡Viva la FAI!” se practicó una maniobra envolvente, acompañada de lanzamiento de bombas, que culminó en un rotundo éxito, cediendo los nacionalistas su posición. Al amanecer pudo comprobarse que se habían causado más de 50 muertos, algunos de ellos al despeñarse en la huida, y se recogieron una ametralladora, tres fusiles ametralladores, abundante munición de fusil, bombas de mano, víveres y mantas. El 206 sufrió la pérdida del capitán Antonio García Dueñas “el Gato”, y una docena de militantes, entre ellos Salvador Prieto, Bayón y otros.

En la reorganización que hizo el general Mariano Gamir Ulibarri al sustituir a Llano de la Encomienda, el batallón 206 quedó adscrito a la 186 brigada (al mando de José Recalde) de la 58 división (mayor Arturo Vázquez), en el XVI Cuerpo de Ejercito del teniente coronel Gállego Argües. El 9 de septiembre las tropas de los sublevados desataron la ofensiva. Al día siguiente, entre lluvias y vientos, la Agrupación de Múgica dominó la carretera de Aralla a Geras, protegida en su flanco izquierdo por otras unidades que acosaban a los hombres del 206, ocupando Oblanca. Ante esta situación, el 13 de septiembre se creó una Agrupación cuya misión era la defensa de los puertos de León, formada por las divisiones C y D. En la C, al mando de Luis Bárzana, estaba la 186 brigada, ahora al mando de Benito Reola, a la que pertenecía el 206. Con cuartel general en Mieres, tenía asignado el sector entre Puerto Pinos y Busdongo”.

Publicado en: "Historia del Anarquismo Leonés", por Ceferino Conti Vélez, José Antonio Fernández Gómez, Pablo Juárez Pérez, Juan Martinuzzi García y Wenceslao Álvarez Oblanca. Edición de Santiago García, 1993, pp. 160-172.
Encontrado en: ComarcaDeGordón.net

miércoles, 8 de julio de 2009

Entrevista a Ramón Álvarez Palomo

– ¿Cuándo y dónde se toma la decisión de evacuar Asturias?

– Esa decisión de evacuar se toma el mismo día veinte de Octubre del 37, en el transcurso de una reunión del Consejo Soberano de Asturias y León con el Estado Mayor del Ejército del Norte. La reunión debió de comenzar sobre las once y media o las doce del mediodía, aproximadamente, en la sede del Consejo, que estaba en ese edificio que todavía se conserva y que entonces llamábamos la “Casa Blanca”. Ahí tenía su despacho oficial y su residencia Belarmino Tomás, el presidente del Consejo Soberano, y, además, estaban allí las consejerías de Industria, Marina Mercante, Pesca y Sanidad.

En esta última reunión, presidida por Belarmino Tomás, estábamos presentes todos los consejeros y el coronel Prada con su Estado Mayor. Faltaba Amador Fernández, que estaba en Francia realizando gestiones comerciales.

El coronel Prada, en su intervención, pintó la situación como estaba, en negro, y dijo que se había llegado al límite de la resistencia. La propuesta de Prada y del Estado Mayor era que si se decidía la evacuación, tenía que ser aquella misma noche, porque al día siguiente ya sería tarde; y si no había evacuación, «entonces nada -dijo-, aquí todo el mundo a poner sacos terreros por las esquinas y cada uno que se busque un sitio y un fusil o una bomba, y a participar todos en la defensa.»

A petición mía, y antes de adoptar una decisión definitiva, se suspendió la reunión del Consejo durante una hora para ir a consultar con las organizaciones que representábamos y volver con el criterio o con la confirmación de lo que en principio se había acordado. Yo, en ese momento, por olvido, despiste o lo que fuera, ignoraba que la Comisión de Guerra había adoptado ya tres días antes, el 17 de Octubre, ese principio de la evacuación si la situación se agravaba, de acuerdo con las últimas instrucciones recibidas del Gobierno de Valencia. Porque aunque unas semanas antes, el Gobierno de la República, el Ministerio de Defensa, Negrín, había dicho que a Asturias se le podía pedir un milagro, y el milagro era que resistiera; después, modificó ese criterio diciendo que, llegado el momento, convenía evacuar y salvar la mayor parte posible del valiente y heroico Ejército del Norte, que tantas pruebas había dado de su capacidad militar y de lucha, y que esos soldados salieran porque serían necesarios en otros frentes donde habría de proseguir la guerra. Y la prueba de que esto fue así, es que muchos oficiales y jefes del Ejército de Asturias, al llegar a Barcelona y a Valencia, tuvieron un ascenso simultáneo de un grado. Esto es muy importante, porque luego, el día 20, los dirigentes comunistas armaron la de dios con lo de la evacuación, queriendo, como siempre, capitalizar el heroísmo de que ellos no querían evacuar; ¡y luego, marcharon los primeros!

– ¿Qué ocurre en la reunión con el Comité regional de la CNT?

– La reunión fue breve. Aceptan el principio de la evacuación y de enviar enlaces propios a los frentes; porque también se había acordado que cada organización se ocupara de avisar a sus afines con sus propios enlaces para que, al anochecer, se volcasen sobre los puertos los más comprometidos. Eran enlaces personales, porque por teléfono, aunque funcionasen las comunicaciones, existía el peligro de las escuchas. Se utilizaron todos los medios disponibles, compañeros de confianza, gente incluso que estaba de permiso, para que los combatientes supieran que lo que les decían era verdad. Se trataba, sobre todo, de avisar a la milicia voluntaria, a los más comprometidos; pero luego, estando ya en Barcelona, supe por compañeros que hubo sitios en el frente en que no se enteraron de nada. El caso es que no teníamos ya ninguna posibilidad de comprobar si los enlaces cumplían las órdenes o no.

– ¿Cómo se desarrolla la segunda parte de la reunión del Consejo?

– Después de acordar, digamos que oficialmente, la evacuación, entonces el Consejo movilizó con especial atención a la Consejería de Marina Mercante, cuyo titular era Calleja, y a la de Pesca, que dirigía yo y que éramos los que administrábamos y controlábamos los pesqueros, que serían los que se utilizasen para la evacuación esa noche. En pesca hubo algún fallo porque se había ordenado quitar todas las tapas de las calderas para inmovilizar los barcos y, a última hora, hubo algún problema con eso, pero la mayoría estuvieron listos y se utilizaron.

Lo de quitar las tapas de las calderas fue una medida tomada unos días antes para evitar que se repitiesen casos como el del “Somo”, en el que desde Avilés huyeron a Francia medio centenar de personas muy conocidas. Estos hechos, al saberse, causaban una enorme desmoralización en la gente. Por esas fechas también se había descubierto algún que otro grupo de milicianos merodeando por los puertos con intención de marcharse en algún pesquero; a los que se sorprendió, fueron enviados inmediatamente a primera línea del frente. Fue famoso el caso de Honesto Suárez, que era un personaje muy estimado en Gijón, yo era amigo suyo; lo cogieron dentro de un barco de refugiados que estaba a punto de salir de Ribadesella y dio la disculpa de que iba a acompañar a su padre hasta Santander. Lo juzgó el Tribunal Popular y lo condenó a muerte, pero no llegaron a ejecutarle. Luego, los de Franco, también lo condenaron a muerte, y tampoco le fusilaron. Dicen que decía: «soy el único condenado a muerte dos veces que se salvó.» Después se fue a vivir a Ribadeo o Vegadeo, a ejercer allí de médico, porque era médico, oculista, y allí murió.

– ¿Qué hacen después de la reunión del Consejo?

– En lo que se refiere a mí, a Segundo Blanco, a Belarmino Tomás, a Calleja y algún otro, nos quedamos allí; Belarmino Tomás, en la Presidencia, dando la sensación de normalidad y asumiendo la responsabilidad del cargo hasta el último momento; y nosotros, dando el callo en las consejerías hasta la hora de salir; telefoneando, enviando mensajes, mandando motoristas, a Candás, aquí y allá, donde sabíamos que había surgido alguna dificultad, con el objeto de contar con la mayor cantidad posible de buques disponibles para evacuar esa noche. Esto demuestra que no es cierto lo que se escribió por ahí de que en la reunión del Consejo se había acordado esconderse hasta las cinco, para luego marchar al Musel y embarcar en el torpedero. No hubo tal acuerdo.

– ¿Cómo funcionaba la Consejería de Pesca?

– La Consejería de Pesca tenía en cada puerto una comisión, formada paritariamente por miembros de la UGT y la CNT, que se encargaba de todos los asuntos profesionales, desde la reparación de los buques a la venta del pescado. Con esos compañeros fue con los que contacté esa tarde, porque, además de ser la autoridad legal, entre comillas, eran hombres que venían de la profesión y tenían una influencia, eran más o menos escuchados por la gente a quien tenían que dirigirse. En Gijón, el delegado de la Consejería era Eustaquio Pérez, que conocía muy bien el percal, como suele decirse, y él fue el que asumió buena parte de la actividad organizativa en El Musel.

La movilización no es que fuese especialmente difícil; la dificultad estaba en superar los obstáculos que iban surgiendo, como cuando no aparecía una tapa de una caldera, o el barco no tenía combustible o no encontraban al patrón; pero en lo demás, la colaboración fue efectiva, siendo para lo que era, que iba a servir también para los que lo hacían, para escapar.

– ¿Cuánta gente estaba trabajando en la Consejería esa tarde?

– Diez o doce, todos en los que yo tenía más confianza.

– ¿Quién da la orden de partir hacia El Musel?

– Se había quedado en que, los que estábamos en el edificio del Consejo, nos avisaríamos para marchar juntos. Luego, no fue así, porque Ramonín Posada, consejero de Sanidad y que estaba allí, que era cuñado del alcalde Mallada, debieron de venir a buscarle los hermanos; y Calleja también marchó por su lado, seguramente con algún equipo de la Mercante. Así que los que al final quedábamos allí éramos Belarmino Tomás, Segundo Blanco y yo. Sobre las siete de la tarde, marchamos juntos los tres para El Musel en el coche oficial y con el chófer de Belarmino Tomás.

– ¿Cómo estaba la ciudad, había disturbios?

– La ciudad estaba tranquila y en orden. Tenía que haber ya mucha gente que supiese lo de la evacuación, pero hacían como que no lo sabían. Lo único, que ya se oía el estampido de los cañones por la parte de Villaviciosa. Nosotros, para ir al Musel en el coche, hicimos el recorrido normal: por Marqués de San Esteban y luego, hasta Cuatro Caminos, ahí giramos a la derecha y hasta El Musel, sin el más mínimo problema.

– ¿Qué escolta llevaban?

– Nada, íbamos los tres y el chófer. Yo, igual que los demás consejeros, nunca tuvimos escolta. Durante los quince meses de guerra, yo iba y venía de un lado para otro solo, sin escolta de ninguna clase. En Gijón, aunque había “quinta columna”, nunca llegaron, como en otras partes, al atentado personal.

– ¿Qué controles había a la entrada de El Musel?

– En El Musel había la vigilancia normal de cualquier puerto y cualquier día. Eso que dijeron por ahí de que se había puesto una vigilancia especial para seleccionar a la entrada, de eso, nada de nada. Y la mejor prueba la damos nosotros mismos: Belarmino Tomás, todo un presidente del Consejo Soberano, con dos consejeros, pues entramos sin más preámbulos ni consideraciones. Además, cuando llegamos nosotros, El Musel ya parecía “el Rastro”, abarrotado de gente y de coches. Empezaba a haber ya algo de barullo, gente que se enfadaba y echaba mano de aquí y de allí, y gestos, pero nada más.

Otra cosa que quiero puntualizar es referente a Belarmino Tomás. Han dicho y han escrito, que si Belarmino salió en avión, que si ya estaba dos días antes en Francia... Eso no es cierto, porque Belarmino salió de Gijón el día 20 conmigo. Belarmino no tendría muchas luces, pero sí que era un tío valiente y “echao p’alante”. Lo que ocurrió en realidad, fue que el día antes, el 19, los rusos vinieron a ofrecer a Belarmino una plaza en el avión en que iban a salir para Francia. Belarmino la rechazó y les dijo que él correría la misma suerte que el resto de los miembros del Consejo, pero que les agradecería si en ese avión podían sacar a no sé quién de su familia.

– ¿Qué hacen en El Musel?

– Hay un momento en que el coche no puede seguir avanzando por el barullo de gente. Entonces, nos bajamos los tres y Segundo Blanco dijo: «voy a mirar a ver qué encuentro por ahí», y se fue a hacer una descubierta por...

– Pero, ¿qué es, que no tenían ningún barco esperándoles?

– Nada, nada. Estuvimos allí, Belarmino Tomás y yo, esperando un rato, en el muelle, entre la gente. Se nos fueron juntando los otros consejeros que andaban por allí, hasta que volvió Segundo:

– Vení p’acá, que hay un barco ahí en el que conozco al fogonero y es de confianza -dijo Segundo cuando nos vió.

Y para allá nos fuimos todos con él. El barco resultó ser el “Abascal”, pareja del “Bayona”, de la flota del armador Ojeda. Me acuerdo que, al poco de hacerme yo cargo de la Consejería de Pesca, hice una gestión con Bilbao para recuperar barcos asturianos que estaban allí, y entre los que se recuperaron estaba el “Bayona”.

En el “Abascal”, por toda tripulación, estaba un compañero de la CNT, Arturo Loché, que era el fogonero y al que conocíamos Segundo y yo. Así que nos embarcamos los tres en el “Abascal” junto con los otros consejeros que estaban allí.

– ¿No sería, más bien, que no había ningún barco preparado porque contaban con escapar en el destructor “Císcar” hasta que lo hundió la aviación el día anterior?

– No, no, no. No es cierto tampoco que nosotros estuviésemos angustiados porque habían hundido el “Císcar”; porque, al parecer, según algunos, el “Císcar” no salió de El Musel porque se lo impidió el Consejo Soberano, con la esperanza de que ese buque nos sería útil para poder escapar. La verdad es que, efectivamente, el Consejo impidió a Valentín Fuentes, que era el jefe de las Fuerzas Navales del Cantábrico, que obedeciera la orden dada por Indalecio Prieto. Fuimos al Musel Segundo Blanco y yo para impedirlo, y trajimos a don Valentín medio como prisionero para que estuviera con nosotros. Porque todo tiene explicación cuando hay buena fe. Indalecio Prieto quería salvar el buque y todo lo que se pudiera si se perdía el Norte, porque veía el peligro de que hundieran al “Císcar”, entonces dio orden a don Valentín Fuentes de que mandara zarpar al “Císcar”, y él nos lo comunicó. Fue cuando nosotros fuimos allí a impedírselo, porque la opinión del Consejo era, no que podíamos salvarnos en el “Císcar”, sino que en cuanto el enemigo viera que desguarnecíamos de toda protección la costa, pues se darían cuenta, y si tenían un cerco, lo reforzarían, porque verían que estaban en vísperas de la huida. Es decir, que todo se explica: lo de don Valentín, que quería marchar por orden; lo de Prieto, que quería salvar el “Císcar”, y lo nuestro.

– ¿Qué ocurre cuando se embarcan en el “Abascal”?

– Cuando subimos a bordo del “Abascal”, el compañero Loché ya tenía lista la máquina y la caldera. Había poca gente a bordo, pero alguna había. Nos juntamos allí algunos miembros del Consejo, como Rafael Fernández, Antonio Ortega, y creo que Calleja; hay quien dice que estaba también Ambou, pero a mí no me lo parece. Los que seguro que estaban eran Maldonado, diputado nacional, Maximiliano Llamedo, que había sido consejero de Asistencia Social; Onofre García Tirador; Camilo Otero y Manuel Pérez Cobián, dos compañeros de la CNT que habían ejercido de policías, y otra gente de cuyo nombre no me acuerdo o que no conocía. Se fue llenando de gente, jefes del ejército, oficiales de milicias, milicianos y no milicianos... Porque allí no se pedía carta de ciudadanía ni función social ni nada: llegaban y ¡pum!, saltaban al barco y allí se quedaban.

El único fallo, no achacable a nosotros, fue que pasó lo que suele suceder en estas situaciones caóticas, que cuando estaba a medio llenar de gente, los que estaban a bordo, por prisa de escapar, empezaron: ¡vámonos!, ¡vámonos!, ¡vámonos! Así que en este barco y en otros se pudo haber llevado más gente. También ocurrió lo contrario, casos como el del “Maria-Elena”, que estaba en el Muelle, en el que se había subido tanta gente que desde dentro tuvieron que amenazar con una ametralladora para que no subieran más, porque estaban viendo que se iba a hundir el barco; y algún caso de hundimiento por exceso de pasaje creo que hubo.

– ¿El chófer que les llevó a El Musel embarcó con ustedes?

– No, no, no. Los chóferes iban y volvían a buscar otra gente, o eso decían. Al chófer mío le dije que fuera a buscar a mi hermano y a mi padre, que luego los fusilaron los de Franco, y a recoger a otros. Él, sin embargo, no quiso embarcarse, no porque fuera facha, no, sino que no quiso. Cuando vine del exilio, le encontré por ahí, Fombona se llamaba. Yo le quería mucho porque era valiente, muy decidido. Conmigo, había otros que no querían venir de chófer, porque yo estaba en la Consejería, sí, pero iba al frente, a donde sabía que había operaciones, por si había una espantada, por si había que animar a alguien, en fin, por aconsejar, por hacer acto de presencia; y Fombona siempre estaba dispuesto, nunca ponía reparos a ir a donde fuese.

Me viene a la memoria ahora una anécdota, y es que cuando estábamos ya desatracando, uno, que creo que era chófer de Amador Fernández, quiso saltar al barco y cayó al agua. Lo que ya no recuerdo es si luego lo subieron a bordo o lo recogieron de otro barco o qué pasó.

– ¿Qué rumbo y qué navegación hicieron?

– Cuando salimos del Musel era de noche, las ocho o poco más, una noche serena con la mar en calma. Se decidió que en vez de navegar hacia el Este, hacia Francia, bien arrimados a la costa, como se hacía entonces para evitar la vigilancia de los buques fascistas, pues nosotros fue al revés, tomamos el rumbo de Galicia, y cuando llegamos a una altura en que nosotros calculamos que habíamos sobrepasado el arco del bloqueo, pues entonces cortamos en ángulo recto hacia el Norte. Después, Maldonado y otros, haciendo cálculos con cuerdas y con mapas, contando con la experiencia de algún marino, nos mantuvieron navegando hasta una altura que, según sus cálculos, cortando otra vez en ángulo recto, teníamos que ir a parar a Brest, que es una gran rada con toda la costa llena de pueblos, y, efectivamente, llegamos a Brest.

Teníamos que hacer guardias; recuerdo que me decían: «tú mira en el horizonte a ver si ves humo o luz, que es lo primero que se ve», pero yo no veía nada, sólo el mar con sus ondulaciones. Una noche en que estaba de guardia, todo oscuro, no se veía nada, y de repente, un chorro de luz de una potencia enorme que nos deslumbraba; y todo el mundo: «¡meca, el “Cervera”!», «¡el “Cervera”!, “¡el “Cervera”!» Entonces, fue cuando Onofre, que llevaba un fusil ametrallador, se tira al suelo y se pone apuntando al buque de guerra. Voy yo y le digo:

– ¡Oye, Onofre!, ¿qué vas a poder tú solo con el “Cervera”? ¡Anda, no jodas!

Pero no, no era el “Cervera”, sino un destructor inglés que después se alejó. Claro, todo el mundo había salido de El Musel con el temor de que nos capturara el “Cervera” y veían al “Cervera” por todas partes.

– ¿Qué comían, dónde dormían?

– De comer, nada de nada. Yo y todos los demás estuvimos en ayunas. Había allí unos garbanzos, pero, qué, catorce garbanzos en total, así que nada. En eso fue en una de las cosas en que se notó que nadie sabía nada de nada, en que no habían metido a bordo, por lo menos, algo de comida. Y de dormir, pues no se dormía, se echaban pigazos, en la cubierta o donde se podía. Llamedo, por ejemplo, hizo todo el viaje tirado en la cubierta como una cuerda; se mareó, se puso malo; todo el viaje como un saco; no se enteró de nada hasta que llegamos a Francia.

– ¿Cuándo llegaron a Francia?

– Tardamos dos días. Salimos del Musel de noche y llegamos dos días después al anochecer. Entramos en la rada de Brest, que es enorme, y estuvimos navegando horas y horas hasta que fuimos a parar a Douarnenez, no sé si porque vieron allí un barco español o por lo que fuera. El caso es que estaba allí “Quilo el Ferreru”, Aquilino García Díaz, un buen compañero de la CNT de Gijón que había llegado de Asturias en otro barco poco antes; y cuando nos acercamos a donde estaban ellos, Quilo, a voces, empezó a preguntar por unos y por otros, y desde el “Abascal” le contestaba yo:

– Oye, ¿está Onofre?

– Sí, ta’qui- le respondía yo

– ¿Y Segundo?

– Ta’qui

– ¿Y fulano?

– Sí, ta’qui. ¿Y tú quién yes? -le pregunté.

– Quilo. ¿Ta mengano?

– Sí, ta’qui.

Y así preguntando por unos y por otros, y luego va y dice:

– ¿Y Ramonín?

– Soy el últimu, pero toy aquí -le dije yo.

Y no veas qué carcajadas los dos. Y allí nos encontramos otra vez.

Cuando desembarcamos en Douarnenez nos metieron a todos en una escuela y nos dieron comida y café. Luego, vinieron las autoridades francesas, alguien les debió informar, y sacaron a Belarmino Tomás y a Maldonado, que eran diputados, y los llevaron a un hotel. Supongo que luego ellos, en la conversación, les dirían que allí estábamos también los del Gobierno de Asturias y León, porque al amanecer nos sacaron a nosotros, a todos los que éramos consejeros y nos llevaron al hotel en el que estaban Belarmino y Maldonado. Desayunamos y en unos coches que nos proporcionaron, no sé si a través de la embajada o cómo, fuimos hasta la frontera de Port Bou, y de allí, en el tren, hasta Barcelona. Yo, en el camino, en los puntos en que me habían dicho que había consulado y que pasábamos a una hora adecuada, en Quimper, en Burdeos, pues parábamos y preguntaba por los que habían llegado de Asturias en los barcos.

Al llegar a Barcelona, después de que cada uno contactase con la organización a la que pertenecía, nos pusimos en relación con el Centro Asturiano, que hacía un poco de consulado de Asturias, y en el que estaba un gijonés, Rafael Cavo, que estaba casado con una chavala que tenía un hotel ahí, junto a la estación de Langreo, en esas casucas que tiraron hace poco. Las primeras medidas fueron para ocuparnos de la gente que había llegado de Asturias, informarnos de dónde estaban los refugios con asturianos que había por Cataluña, tratar con las instituciones que se ocupaban de ellos, en fin... Luego, a las mujeres que habían dejado el marido aquí, o en el trabajo o en el frente, se les pagaron tres o cuatro mensualidades.

Con la mercancía que teníamos allí pagada y que no había podido ser enviada a Asturias, se creó una cooperativa en el Paseo de Gracia y se repartía entre los asturianos como un suplemento al racionamiento. Recuerdo que lo último que quedó en existencia eran alpargatas, las repartimos también y luego, la gente las cambiaba por comida. En fin, se hizo lo que se pudo.

Extraído de: "¡El «Cervera» a la vista!", de Marcelino Laruelo Roa.
Encontrado en: AsturiasRepublicana.com

miércoles, 25 de febrero de 2009

La comuna de La Felguera

Es sabido que la historia siempre la hacen los vencedores, limando lo que no interesa y exagerando en beneficio propio aquellos actos de los que se puede sacar algún rendimiento publicitario. Esto no es nuevo, pero hay que decir que entre los perdedores también hay clases. De manera que en un episodio tan controvertido como el de la Revolución de Octubre siempre se da por hecho que los protagonistas más esforzados fueron los obreros marxistas, olvidando al otro gran bloque ideológico de la época: los anarquistas, que, arrastrados por el rodillo de los tiempos, parece que nunca existieron, y sin embargo -pongamos las cosas en su sitio- su esfuerzo fue al menos igual que el de sus compañeros.

Pero son tantos los mitos que nos han hecho creer que a veces resulta difícil aceptar lo que leemos en las hemerotecas, y si no vean el ejemplo: un panfleto distribuido en las Cuencas el día 4 de octubre de 1934, es decir, 24 horas antes del inicio de la revolución: «¡Trabajadores! No os dejéis engañar por ese falso camino que os brindan para la unidad. Vuestros jefes os traicionan. La Alianza Obrera es el nervio vivo de la contrarrevolución. ¡Abajo la Alianza Obrera de la traición!»

El texto no nos sorprende hasta que leemos su firma: el Partido Comunista, que se opuso a la Alianza desde su constitución y que cuando comprendió que el movimiento era imparable se convirtió en su mayor defensor. En fin, hoy no voy a escribir sobre los aspectos militares de aquellos días ni sus consecuencias, que ya han sido analizados hasta la saciedad, sino sobre un punto que casi no tocan los historiadores que se refieren al 34 y que por su interés merece que alguien le dedique un trabajo más serio: la organización de la Comuna de La Felguera, una de las escasas ocasiones que se conocen en que los anarquistas pudieron poner en marcha su modelo de sociedad sin autoridad.

Apenas dos semanas de lucha y de revolución, pero en las que se evidenció el contraste que entonces existía entre las dos Cuencas. En el Caudal, zona de dominio absoluto de la UGT, se impuso la idea de la disciplina férrea y de lo que debería ser la dictadura del proletariado, con la abolición de la propiedad privada y la sujeción a las normas que se dictaban desde el Comité, e incluso en Sama también se dispuso la misma obediencia y la disciplina a las autoridades «militares». Sin embargo, en La Felguera -la única zona de Asturias, junto a Gijón, en la que eran mayoría los anarcosindicalistas de la CNT- se proclamó la anarquía. Dos ideas muy distintas, pero luchando en el mismo bando: el comunismo autoritario y el comunismo libertario.

Avelino González Mallada, que fue secretario nacional del sindicato en 1925 y más tarde alcalde de Gijón, escribió a este respecto: «Los trabajadores de Sama que no pertenecían a la religión marxista preferían pasar a La Felguera, donde al menos se respiraba. Allí estaban en presencia los dos distintos conceptos del socialismo: el autoritario y el libertario; a cada orilla del Nalón las dos poblaciones hermanas gemelas iniciaban una vida nueva: por la dictadura en Sama; por la libertad en La Felguera».

¿En qué consistía esto último? ¿Cómo era posible organizar una sociedad sin jefes ni autoridades y en la que cada individuo era dueño de sí mismo? Para empezar, todos debían ser iguales, y como la mayor causa de desigualdad es el dinero, pues había que hacerlo desaparecer. Alguien puede pensar que aquella disposición fue una postura cómoda para quienes nada tenían y que se hizo de cara a la galería, pero el caso es que se llevó al extremo. Es inmoral meter en el mismo saco lo sucedido en los diferentes pueblos de Asturias; es cierto que en todos la economía se basó en la distribución de vales, pero hay que saber que mientras las tropas de Ramón González Peña se incautaban del dinero depositado en el Banco de España, cuando la columna anarquista llegó a Infiesto rechazó abrir las cajas fuertes de los bancos locales en el convencimiento de que la moneda ya era cosa del pasado burgués. Increíble desde nuestro punto de vista y también desde quienes entonces ya sabían que la utopía no podía llegar lejos, ni aunque se ganase la revolución.

Conocemos la estructura de la organización social de aquellos días por el recuerdo de sus protagonistas y el testimonio de Manuel Villar, entonces director de Solidaridad Obrera, el órgano de la CNT de Cataluña: se formó un comité de abastos encargado de recoger y almacenar los productos de primera necesidad, y otro de distribución que los repartía a las familias según el número de bocas a alimentar.

Las requisas llegaron hasta los concejos vecinos y se centralizaron en almacenes para su reparto entre la población; para ello se utilizaban vales en los que figuraba el valor del canje en pesetas, aunque se aclaraba que «se hace así con el objeto de racionar mejor el consumo, quedando, por lo tanto, suprimida la circulación de la moneda».

Se nos ha contado, incluso por autores de izquierda, como los firmantes de la «Historia general de Asturias», dirigida por Paco Taibo II, que los comités de La Felguera «actuaron como autoridad indiscutible, no sujetos a ninguna otra forma de voluntad colectiva, a ninguna asamblea o reunión». No es cierto: los testigos -cada vez menos por la razón del tiempo inexorable- recuerdan perfectamente el funcionamiento de las asambleas populares y citan lo ocurrido en Nava o Valdesoto, donde se convocó al pueblo para contar y extender la experiencia felguerina, que fue aceptada de inmediato.

La sanidad y la atención a los heridos en combate se dejaron también en manos del colectivo sanitario, que organizó el servicio a su conveniencia, de forma que siempre hubiese retenes disponibles, y todos los vehículos -incluidos los particulares- pasaron a disposición del comité, que, dadas las circunstancias, autorizaba los viajes disponiendo de su propia brigada de conductores.

Un asunto prioritario fue el mantenimiento de la actividad en las minas y en los talleres de Duro Felguera, donde nunca dejaron de funcionar los hornos ni la distribución eléctrica, ampliándose además el trabajo para blindar camiones y fabricar un combustible basado en una mezcla de benzol y gasolina. En las escuelas de la empresa quedó establecido el cuartel general de los revolucionarios, y en la Escuela Industrial, la cárcel.

Como en otras partes, la iglesia parroquial y los archivos municipales fueron incendiados, pero aquí el trato a los mandos empresariales también fue distinto: desde el primer momento el director y los ingenieros de la fábrica fueron tratados con respeto y se les informó de su condición de compañeros e iguales y de la necesidad de sus servicios en la nueva sociedad que se estaba creando; sólo se demandaba su trabajo para ser considerados como uno más. Cuando todo acabó y el Ejército estatal llegó a la cuenca del Nalón, los propios directivos manifestaron la tranquilidad que siempre habían sentido y su respeto por «la hidalguía del pueblo de La Felguera».

Una experiencia breve e increíble desde el punto de vista del siglo XXI, que sirvió para otro intento de mayor calado: durante la guerra civil la CNT decidió abolir la propiedad en la zona rural que controlaba en Aragón y algunos pueblos del Levante. Llegaron a funcionar, a pesar del desarrollo del conflicto bélico, más de 450 granjas colectivas y en un año se logró poner a producir el 40 por ciento de las tierras incultas de la zona, atendiendo la economía sin utilizar otra cosa que el intercambio entre cooperativas y la distribución de la producción.

Finalmente, este modelo de sociedad libre, único en todo el devenir de la humanidad, fue aplastado por las columnas comunistas de Enrique Líster y de El Campesino. Y que cada uno asuma su historia.
Este julio nos dejaba, a los 91 años, Avelino F. Cabricano, uno de los últimos luchadores de La Felguera, que se mantuvo fiel a la Idea hasta el final. Sólo lo vi en una ocasión, hace un par de años, asistiendo en La Felguera a un acto en el que tuve el honor de intervenir, en el que se homenajeaba a Aquilino Moral -otro de aquellos cíclopes que dedicaron su vida a la Utopía-; más tarde supe de su vivencia, y ahora siento, como en otras ocasiones, la sensación de la oportunidad perdida. A él quiero dedicarle hoy este artículo. Alguien dijo una vez, y si no lo digo yo ahora, que los mejores archivos de las Cuencas están en sus cementerios.

Xuán Cándano

Publicado en: La Nueva España 28 de Agosto de 2006

lunes, 29 de diciembre de 2008

La Santina republicana

Hace 70 años, la Virgen de Covadonga salió del real sitio hacia Gijón y después fue llevada a París, bajo protección de las autoridades frentepopulistas.

Lo recogía sucintamente una copla popular entonada durante la guerra civil en Asturias: «La Virgen de Covadonga / ye pequeñina y galana / marchóse con Quintanilla / porque ye republicana». En efecto, a comienzos de 1937, hace ahora 70 años, la imagen de la Santina abandonaba el real sitio camino de Gijón, de donde partiría después hacia Francia.

Respetada en varios momentos de ese periplo por los mandatarios frentepopulistas de la Asturias republicana, la venerada imagen de la Virgen sobreviviría excepcionalmente a lo que el obispo Antonio Montero denominó -en su estudio «Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939)»- «el martirio» de los bienes eclesiásticos.

Según dicha obra, serían 354 los templos totalmente destruidos en Asturias y 287 los parcialmente dañados. Los ajuares litúrgicos correrían la misma suerte y, en un país tan particularmente cultivador de la imagenería religiosa como España, las efigies de vírgenes, santos y otras figuras de piedad serían arrasadas. Un botón de muestra: la fotografía de unos milicianos fusilando al Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles daría la vuelta al mundo.

La destrucción de bienes inmuebles, muebles y artísticos alcanzó una tasación de 900 millones de pesetas, según cálculo que el ministro de Gobernación, Ramón Serrano Suñer, realizó al final de la guerra.

En medio de ese panorama, la excepción de la Virgen de Covadonga contiene elementos interesantes. La Santina fue republicana, o mejor dicho, propiedad republicana. Y, como tal, sufrió exilio, aunque retornaría, en junio-julio de 1939, en loor de multitudes y a hombros de los asturianos, en actos concurridísimos programados por la Iglesia y el nuevo régimen para reafirmación religiosa y nacional.

Pero antes los «rojos» la habían custodiado. Incluso una mano comunista nunca identificada la protegió del pillaje en la Embajada de París, donde permaneció encajonada cerca de dos años.

La historia del «exilio» y retorno de la Santina ha sido estudiada minuciosamente por el sacerdote Silverio Cerra, profesor de Filosofía, y sus últimas aportaciones están siendo recogidas en las publicaciones del Foro Covadonga, de reciente creación.

Relata Cerra que la guerra civil llegó a Covadonga el 6 de agosto de 1936, cuando jóvenes milicianos de Cangas de Onís acceden al santuario al atardecer. A partir de ese momento, los miembros del cabildo son detenidos y encarcelados, y la basílica, las dependencias capitulares y la cueva son clausuradas. La Santina permanece en su altar del camarín, el diseñado por Roberto Frassinelli -el «alemán de Corao»-, y bloqueada por las verjas de la santa cueva. A finales de septiembre se detecta que han sido robadas su corona de plata, la rosa de oro de su mano y las vestiduras de filigrana. Días después desaparece la imagen. Los robos se habían sucedido en Covadonga. Las provisiones de los hoteles, los muebles y objetos de las viviendas capitulares, las joyas donadas como ex votos al santuario y la biblioteca de la colegiata fueron objeto de rapiña. Las vestiduras sagradas y las cortinas acabaron en sastrerías de la zona, de manera que «en Cangas se comentaba de qué ornamento o cortina habrían salido ciertas cazadoras o faldas», relata Cerra.

Para entonces, la basílica de Covadonga había sido utilizada como cinematógrafo y salón de baile, y el conjunto del real sitio, como centro hospitalario. El hotel Pelayo sería clínica de infecciosos tifoideos.

No se sabe quién, pero alguien había sacado la Santina de la cueva y la había escondido en un armario ropero de dicho hotel, donde era tutelada por Marina, hija de un mecánico de Covadonga, «Julio el de los Ingleses», y responsable del departamento de lencería, detalla Silverio Cerra
Marina y su novio eran socialistas, lo que no impidió una estrecha vigilancia de la imagen. Ante el armario acude a rezar frecuentemente Ángeles López-Cuesta, esposa de Luis Laredo, médico y diputado de Izquierda Republicana, que residía en las casas de los canónigos, vivienda entonces para políticos de la República. Ángeles López-Cuesta era mujer piadosa y de las pocas personas que conocían el paradero de la Santina. Cuando visitaba la imagen con sus hijas pequeñas, rezaba manteniendo cerradas las puertas del armario, para que las niñas no se fueran después de la lengua. Un día, una de sus hijas preguntó: «¿Por qué venimos a rezar a este armario del Pelayo si tenemos tantos armarios en casa?», según recoge Cerra en sus investigaciones.
Según explica el sacerdote, la suerte de la Santina cambiará en diciembre de 1936, cuando se crea el Consejo Interprovincial de Asturias y León, bajo Belarmino Tomás, y la Consejería de Sanidad -de la que dependía Covadonga- deja de estar dirigida por miembros de Izquierda Republicana, moderados, y pasa a Ramón Fernández Posada, de las Juventudes Libertarias. Será nombrado director de Covadonga Agapito González, fontanero de Las Caldas y presidente de las Juventudes Libertarias, quien expulsa del real sitio a Laredo y familia. Ante este hecho, Ángeles López-Cuesta, temerosa por el destino de la Santina, manda aviso a Gijón al consejero de Propaganda, el profesor y escritor Antonio Ortega, conocido suyo.

Ortega encarga al escultor Goico-Aguirre -Antonio Goicoechea Aguirre- que recoja la imagen de Covadonga y la traslade a Gijón. Ortega y Goico-Aguirre se distinguirán durante la guerra civil por una decidida campaña de salvación del patrimonio artístico asturiano.

Les amparaba una disposición de la Consejería de Instrucción Pública -regida por el comunista Juan Ambou- que prohibía la apropiación o destrucción de objetos artísticos. Dicha norma establecía «la concepción materialista del arte y la extensión de la cultura, hasta hoy monopolizada, a todo el pueblo».
Goico-Aguirre viaja a Covadonga en un Ford negro. Recoge un gran paquete y lo lleva a Gijón, donde es guardado en un armario del Ateneo Obrero. Silverio Cerra juzga en este punto que no es cierta la historia de que Indalecio Prieto pidió el traslado de la Santina a la Embajada de París.
La imagen de la Virgen y otros bienes artísticos serán objeto de sendas exposiciones populares de arte en el Ateneo Obrero, en abril y mayo de 1937, organizadas por el departamento de Propaganda que dirigía Ortega. La idea ulterior era la de crear un Museo Popular de Arte acorde con los antiguos proyectos de Jovellanos.
Pero un nuevo giro iba a producirse en el destino de la Santina a medida que el frente Norte ahogaba a la Asturias frentepopulista. El Gobierno republicano de Valencia pide salvar los tesoros artísticos, y el Consejo de Asturias y León acuerda el traslado. Lo encarga a Eleuterio Quintanilla, anarcosindicalista, profesor y «santo laico» para los cenetistas, según recuerda Cerra.

En septiembre de 1937, Quintanilla sale en un barco inglés del puerto de Gijón, El Musel, con el cargamento de objetos artísticos de Asturias, Santander y parte de León. La intención era trasladarlo al territorio republicano, a Valencia, a través de Burdeos. Pero la Santina y otros objetos nunca llegarán a ese destino, sino que acabarán en la Embajada española de París.
El 1 de octubre de 1937, el IV Tabor de Regulares de Alhucemas, las Brigadas de Castilla y la V Brigada de Navarra toman Covadonga. Franco dice desde Burgos: «En este día, aniversario de mi exaltación a la Jefatura del Estado..., ha sido clavada nuestra bandera junto a la cruz de Covadonga». El real sitio comienza a recomponerse católicamente, pero la imagen de la Santina no aparece.

Pasa año y medio y la guerra civil toca a su fin. En la Ciudad de las Luces, según relato de Silverio Cerra, un hombre se dirige al claretiano Joaquín Aller, director de la Misión Española en París, y le dice: «Yo soy un comunista asturiano... Es el caso que la Santina asturiana, patrona de mi tierra, está, entre otros tesoros artísticos, almacenada en la Embajada. Ésta va a ser evacuada y yo no quiero que esta imagen tan querida sufra más ultrajes».

El claretiano le pide a aquel hombre que la esconda y éste la oculta en un pequeño hueco, junto al ascensor. Cuando en marzo de 1939 las nuevas autoridades del franquismo entran en la Embajada hallan, en medio de cajas saqueadas, una sin abrir con el letrero «Virgen de Covadonga». Nuevamente, una mano izquierdosa había intervenido en la suerte de la Santina.

Según texto recogido por Cerra, el anarquista Ramón Álvarez Palomo (Gijón, 1913-2003) dejó escrito: «Ese símbolo de la cristiandad, al margen de toda creencia y desmintiendo la ferocidad que se nos atribuye, fue puesto a salvo... por los "rojos" y custodiado por el hombre más representativo del fondo humanista del anarquismo: Eleuterio Quintanilla».

Ya lo decía la copla: «Marchóse con Quintanilla / porque ye republicana».

J. Morán

Extraído de: La Nueva España 3 de Febrero de 2007.