sábado, 4 de abril de 2009

"Tras Franco, los sindicatos domesticaron al movimiento obrero"



César Alberto Rosón Ordóñez, que fuera secretario regional de la CNT en 1977**, relata los pormenores de la gran huelga de la construcción en Asturias de ese año en el libro “La huelga de la construcción asturiana en la transición española”, “Los sindicatos cumplieron el papel moderador que permitió frenar el movimiento obrero e introducir las reformas económicas estabilizadoras”, sostiene el autor.

El papel del movimiento obrero en la transición española ha sido infravalorado, sostiene César Alberto Rosón Ordóñez (Olloniego, 1954), autor del libro «La huelga de la construcción asturiana en la transición española», que acaba de editar la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo (Madrid, 2004). Rosón Ordóñez, que en 1977 era secretario regional de propaganda y formación de la CNT en Asturias y en la actualidad trabaja en Madrid como administrativo en una empresa fabricante de latas para bebidas, sostiene, a través del estudio de aquella magna huelga, que afectó a 30.000 familias asturianas durante cien días en 1977, que los partidos de izquierda y los sindicatos identificados con tales fuerzas políticas cumplieron el papel de frenar el combativo movimiento obrero español en el contexto del pacto social que alumbró un modelo de transición posfranquista fundamentada en la evolución y no en la ruptura. A su juicio, «los sindicatos cumplieron el papel moderador que permitió frenar el movimiento obrero e introducir las reformas económicas estabilizadoras y restrictivas que imponía el deseado ingreso en la Unión Europea». «Para entrar en la entonces CEE eran necesarios los sindicatos, que a su vez cumplieron la función de moderación salarial, que era la única alternativa que veía el capital para sobrevivir», agrega el autor.

Rosón Ordóñez era, a comienzos de 1977, uno de los dos únicos afiliados que la CNT tenía en el sector de la construcción de Asturias, en el que empezó a trabajar como peón con el fin de promover la implantación del sindicato libertario en ese sector de actividad. Su obra «La huelga de la construcción asturiana en la transición española» reconstruye documentalmente el movimiento huelguístico que paralizó el sector durante más de tres meses y del que él mismo fue uno de sus protagonistas. El autor trabajó tres años en este libro, sirviéndose de textos originales de la época (manifiestos, comunicados de asambleas, notas manuscritas, etcétera) y de una laboriosa inmersión en las hemerotecas.

La huelga, que constituyó uno los hitos sociolaborales del período inmediatamente posterior al franquismo en Asturias, se produjo como consecuencia de la negociación del convenio colectivo. Los sindicatos aún no habían sido legalizados, pero ya estaban tolerados. «El Gobierno de la UCD ya mantenía negociaciones con la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (COS), que agrupaba a UGT, CC OO y USO, pero la COS estaba en crisis por los enfrentamientos internos entre CC OO, que era la fuerza mayoritaria, y UGT. Ambos pugnaban entre sí por controlar el espacio político y sindical. A consecuencia de esa división, en vez de plantear una sola plataforma reivindicativa, hubo división, y eso permitió abrir una vía para que el protagonismo lo asumieran las asambleas de trabajadores, desbordando de este modo a los sindicatos. En CNT defendimos la autonomía obrera y el protagonismo de las asambleas. Al cabo de cien días de huelga, se lograron todas las reivindicaciones. CNT pasó en ese tiempo de 2 a 400 afiliados en el sector de la construcción porque logramos un gran prestigio», asegura Rosón 27 años después.

A partir del análisis de las actitudes que mantuvieron las distintas fuerzas sindicales y políticas en aquella huelga, una de las más
importantes del período por su duración y por la extensión del colectivo laboral implicado, el autor concluye que los partidos de izquierda y los sindicatos afines realizaron una tarea de control y moderación del movimiento obrero español.

«Desde la crisis del petróleo de 1973 no se habían tomado medidas económicas estabilizadoras, que era condición para entrar en la entonces Comunidad Económica Europea. En ese empeño se consideró fundamental implicar a los sindicatos para que controlasen un movimiento obrero, que entonces era uno de los más combativos de Europa, y con un protagonismo que no había tenido en el franquismo, pero que estaba desorganizado. El capital y el Gobierno no tenían interlocutor y lo necesitaban, como precisaban frenar un movimiento obrero que en ese momento era muy combativo».

Según César Antonio Rosón, «la conflictividad laboral se había disparado a partir de 1976, y los partidos, los sindicatos, el Gobierno y la patronal se propusieron llegar a las primeras elecciones democráticas, en junio de 1977, con la menor conflictividad posible. En la primavera de 1977 las huelgas aún eran numerosas, pero ya se estaba gestando el pacto social, cuyo colofón se producirá en octubre de ese año, con los pactos de la Moncloa».

El intento de desmovilización de la huelga asturiana de la construcción que persiguieron, según Rosón, fuerzas sindicales como CC OO, no se entendería, opina el autor, si no se analiza desde esta perspectiva y desde el papel desempeñado por el Partido Comunista de España (PCE) en el proceso de la transición: «Los sindicatos aceptaron hacer el trabajo de acabar con un movimiento obrero que tenía una combatividad y radicalidad enormes», señala César Alberto Rosón.

«La izquierda española no pensaba entonces en que al franquismo le sustituyese la actual monarquía democrática. Había otras opciones. Y el movimiento obrero no organizado era la punta de lanza en ese intento, que pasaba por la ruptura frente al modelo de reforma del franquismo, que fue el que finalmente se llevó a cabo». «En ese momento había grandes expectativas y todo estaba abierto. La alternativa de una monarquía democrática surge de las propias instituciones franquistas y fue posible por la connivencia del PCE, que era la única fuerza de izquierda con gran implantación en el movimiento obrero. En aquellas fechas había un gran desfase entre la España legal y oficial y la España real. Había libertades que, sin haber sido legalizadas, ya se estaban ejerciendo. La transición nace del propio franquismo porque, de no haberse acometido la reforma, el régimen de la dictadura hubiese caído violentamente por problemas internos y porque ya no se acomodaba a la realidad».

A juicio del autor, el pacto que entonces se alcanzó se basó en la opción reformista y moderada frente a la alternativa de la ruptura. «Sólo en ese contexto se entiende que dirigentes de CC OO con gran carisma reclamaran a los huelguistas de la construcción que depusieran la protesta», indica el entonces responsable de comunicación de la CNT asturiana. «La huelga prosiguió por la autonomía obrera que entonces existía y la determinación de los trabajadores. El entonces ministro de Trabajo, Jiménez de Parga, recibió a una comisión de trabajadores. La huelga terminó el 11 de julio con una resolución de la Delegación de Trabajo que accedía a todas las reivindicaciones: el salario mínimo del peón pasó de 400 a 732 pesetas, no hubo despidos y se cobraron las pagas extraordinarias íntegras, sin descontar los días de huelga. La resolución de Trabajo se produjo un día antes de la fecha señalada para que 22.000 familias emprendiesen una marcha a pie hasta Madrid».

Rosón concluye que tras los pactos de la Moncloa, de octubre, «desapareció el poder de las asambleas y los sindicatos tomaron la dirección, asumiendo el papel que hasta entonces había tenido el sindicato vertical del franquismo».

Publicado en: La Nueva España, 5 de julio de 2004.
Digitalización: El cielu por asaltu
** El Secretario Regional de la CNT asturiana en 1977 no era César Alberto Rosón sino Eduardo Prieto. Rosón formaba parte del Comité Regional como Secretario de Propaganda y Formación.

jueves, 19 de marzo de 2009

70 aniversariu Revolución d'Ochobre 1934

Un añu más, como inevitable que resulta, torna Ochobre, y otru añu más, anque esto sí resulte evitable, torna a quedar nel escaezu aquelli Ochobre nel que los nuesos güelos llucharon pola llibertá, escontra'l capitalismu y l'estáu; nun pasó tantu tiempu como pa que seya posible que tantu dolor y valentía seyen escaecíos. Foron 70 años, menos d'una vida, pero abondo pa que los vencedores reescribieran la hestoria y esborriasen lo que resulta peligrosu que se sepia. Nós mos negamos a escaecer el coraxe de los nuesos familiares, de los trabayadores asturianos en xeneral, y apelamos a l'alcordanza de lo que paez que ta prohibío saber.

Corría l'añu 1931, les esperances de la población centrábense na II República, yera considerada polos seutores d'esquierda como l'entamu d'un cambéu muncho más fondu. Dende'l gobiernu paecía que diben tomase midíes que la población necesitaba, entamó a falase d'un cambéu na educación, fasta entós en manes de la Ilesia, d'una reforma agraria que diera a los campesinos una tierra que los terratenientes nun trabayaben, los estatutos d'autonomía... Pero solo foron eso, palabres, l'aplicación de ciertes midíes resultó cuasi insignificante, sobro tou el casu la reforma agraria. La clas trabayadora ardía en ganes de soluciones, de coyer les riendes la so vida, de dexar de tener que caltener a quiénes nun trabayaben pero vivíen meyor qu'ellos.

N'Asturies, naquelli momentu, en 1934, la llucha obrera concentrábase sobro tou nel sindicatu socialista UGT, con unos 40.000 afiliaos, y na anarcosindical CNT, con unos 30.000 afiliaos. Como frutu del entendimientu d'estos dos sindicatos naz l'Alianza Obrera col oxetivu de potenciar la llucha de los trabayadores, y algama dafechu'l so oxetivu, yá que dende la so creyación en Marzu d'esi mesmu añu fasta Ochobre, convoca 6 fuelgues xenerales y más de 20 llocales. Esti espíritu revolucionariu y de xusticia social desemboca na revolución social d'Ochobre de 1934. Cabe mencionar que la incorporación del Partido Comunista ye un tanto ablucante y de cabera hora, yá que na viéspera del españíu revolucionariu calificaba a los anteriores de "Alianza Obrera de la traición", y dos díes dempués, cuando la revolución yá yera un fechu, pidía ingresar na mesma Alianza tres de disculpase poles sos caberes palabres. Ingresó na Alianza Obrera más que pola so fuercia, que comparada colos dos grandes sindicatos nun yera un res, como demostración del pluralismu ideolóxicu de la Alianza. Esti fechu contrasta tamién cola imáxen que traten d'ufiertanos anguaño por parte de dalguna organización d'esquierdes, presentándonos estos fechos como una revolución comunista.

Na nueche del 4 al 5 entama la fuelga xeneral que n'Asturies toma forma d'insurreción popular. La insurreción españa n'Uviéu, Xixón y les cuenques mineres, áu la pasión revolucionaria s'esparde de pueblu a pueblu col soníu la dinamita. Los obreros échanse a la cai, les sos primeres aiciones son la toma los cuarteles de la guardia civil y los polvorines, y la ocupación de les fábriques pa poder alministrar de la manera más xusta posible lo qu'ellos mesmos producen. Na zona les cuenques, áu predominaba la UGT, el sistema adoptáu foi el comunismu autoritariu, aboliendo la propiedá privada, pero llimitando la llibertá y estableciendo una férrea disciplina. Nes zones más industriales como Xixón, La Felguera... áu predominaben los anarcosindicalistes de la CNT proclamose'l comunismu llibertariu, aboliendo la propiedá privada, la autoridá, aú ca ún yera responsable de los sos actos ensin imposiciones. Como exemplu podemos señalar qu'al facese los trabayadores cola fábrica Duro Felguera, lo primeru que-y dixeron al dueñu foi qu'a partir d'esi momentu toos yeren collacios, que nun diben facele un res, el namás tenía que trabayar y sedría tratáu como ún más.

Los gobernantes nun podíen permitir esta situación y unviaron al exércitu, pero los obreros asturianos resistieron fasta que quedaron ensin munición. De toles formes, l'exércitu republicanu, con Franco como direutor de les operaciones, solo pudo entrar cuando nun aconceyamientu de tolos comités decidiose la rendición. Anque a la so entrada n'Asturies el día 18 los obreros habíen depuesto les armes, les tropes s'ensañaron colos trabayadores y con tola población en xeneral, con muertes, tortures, ofenses y tou tipu d'humildaciones, destacando la estrema crueldá del Tercio, venío dende África.

Reclamamos la figura de toos aquellos obreros, obreros que dieron la so vida por camudar la sociedá, por dexanos un mundiu meyor, y principalmente la figura de los anarquistes, los principales escaecíos de la revolución. Nós, sobre tou la mocedá, tenemos el deber de recordar la so hestoria y continuar la so llucha pa que nun s'apague la llama llibertaria.

¡¡¡XUNÍI-VOS HERMANOS PROLETARIOS!!!

¡¡¡U.H.P.!!!

Mocedá Llibertaria d'Asturies

5 d'Ochobre de 2004

miércoles, 4 de marzo de 2009

Homenaje a Asturias. Gijón 1984-1985.

La ofensiva mundial dirigida por el Capital contra los pobres tropezó en España, durante los años 83, 84, 85, con un amplio movimiento de agitación que se desplegó principalmente a partir de los sectores industriales condenados a desaparecer.
Ya en el mes de febrero del 84, España registró un aumento del 400% en los conflictos laborales respecto al año anterior. Esas huelgas afectaban prácticamente a todos los sectores: industria, textil, industria química, industria del automóvil (General Motors), construcción, minería, transportes.
Pero fue el "plan de reconversión" del sector naval, donde el Estado se había fijado como objetivo la supresión de veinte mil puestos de trabajo, el que provocó el conflicto de mayor duración, que se extendió desde Cádiz hasta todo el noreste de España (País Vasco, Asturias, Galicia) donde se concentran los mayores astilleros españoles.
La lucha de los obreros del sector naval de Bilbao y Gijón en particular ha confirmado la oposición entre los métodos legalistas de la negociación sindical y los utilizados por todos aquellos que han visto en la negociación sindical y la legalidad una limitación práctica de su lucha. Como osaron gritar los estalinistas en plena batalla de los astilleros Euskalduna de Bilbao: "Hay que luchar contra el ministro de Industria, no contra el ministro de Interio".
Como no quisieron tener miramientos ni con uno ni con otro, los obreros toparon de frente con dos enemigos directos: la policía y el reformismo sindical, a los que hicieron frente en Gijón de una sola forma: organizándose en asamblea.
En todas estas luchas hubo momentos que escapaban a la forma de un conflito industrial clásico, y se empleaban métodos que les daban un carácter universal, fuese en Cádiz, en diciembre del 84, donde durante unos días el conflicto del sector naval se extendió con exacerbada violencia a varios barrios que se atrincheraron tras las barricadas, en Bilbao, donde la rabia y la determinación de los combatientes dieron a su lucha la forma de una guerrilla abierta contra la policía durante tres meses, o en Gijón, donde la asamblea que se reunía en el centro de la ciudad estaba a abierta a todos.
Oponiéndose a los despidos, los obreros querían aplazar la aplicación del "plan de recoonversión" en su conjunto. Inscribirse en los "Fondos de Promoción de Empleo" significaba aceptar los despidos sin rechistar. Como resumía muy bien un obreros de Gijón: "Dentro de tres años, nos encontraremos en la calle y habrá que luchar, así que mejor que lo hagamos ahora". La lucha contra la inscripción en los FPE, por su objetivo mismo, hacía del momento de la negociación algo secundario. La alternativa estaba clara: se trataba de saber si se cedía a las condiciones del FPE o se rechazaban como un chantaje más. A partir de ese momento, ya no había lugar para la negociación. A través de la lucha contra los FPE,en la que cristalizaba la rabia contra una suerte común a miles de asalariados, fue la dependencia más general de la lógica de este mundo lo que se convirtió en blanco de la cólera.
Al principio en Gijón, durante el año 83, se trataba por lo esencia de formasde protesta convencionales. Por lo demás, durante todo ese periodo, que duraría hasta la primavera del 84, los obreros aún salían a la calle con las manos vacías, pese a que la presión del Estado se hacía más intensa. Los gobernantes españoles tenían prisa por mostrarse presentables en el mercado de la competencia mundial, máxime cuando para ellos se avecinaba un plazo decisivo: la entrada en la CEE. Se trataba de llevar a todos esos insatisfechos a la mesa de negociaciones lo antes posible. Como el encuadramiento sindical no podía desempeñar ese papel con la suficiente eficacia, la presión del gobierno se concentró en el chantaje de la inscripción en los FPE. ¡Inscripción o muerte! "Las condiciones que ofrecemos a los trabajadores son muy buenas... Existe la garantía de una reclasificación. Si hay una minoría que sigue negándose, es muy libre de hacerlo", declaraba cínicamente Solchaga, el ministro de Industria. A esas prisas de los gobernantes y burócratas por someter a unos obreros totalmente decididos a diferir las cosas, éstos respondieron con métodos de lucha que iban radicalizándose... Aquello que para los dirigentes era lo máximo que podían conceder, los obreros lo consideraban como un mínimo que iban a hacer pagar lo más caro posible.

El verano del 85 representó para los obreros de astilleros de Gijón la suspensión provisional de un período de lucha que había durado casi dos años sin interrupción. Fue entonces cuando tuvieron lugar los más bellos excesos destructores y cuando la dinámica asamblearia dio las mejores pruebas de su capacidad práctica, estimulando la combatividad, la imaginación y la organización en la lucha, y atrayendo por su existencia misma a otros proletarios ajenos a los astilleros.
Desde la primavera del 84, fueron muchos los elementos del mobiliario urbano que sufrieron la cólera de los obreros de los astilleros. Las barricadas de neumáticos se contaban por centenas; los autobuses incendiados por decenas. Los deshechos de trenes, utilizados por la cara y después quemados, yacen todavía hoy en la estación. Un gran almacén que no quiso cerrar durante una jornada de huelga general fue incendiado esa misma noche. Las cervecerías frecuentadas por los fachas fueron destrozadas en varias ocasiones. Durante varios meses las entradas de los bancos fueron apedreadas e incendiadas. La fachada del ayuntamiento también sufrió las tórridas caricias del fuego tras una jocosa estratagema: un simulacro de entierro permitió a una pequeña concentración atravesar la ciudad en las narices de la policía; los féretros que simbolizaban la muerte del sector naval) llevados a hombros estaban rellenos de neumáticos que sirvieron para prender fuego a las puertas del ayuntamiento al terminar la procesión. La entrada de la Audiencia fue quemada, y poco después, las instalaciones de uno de los astilleros recién cerrados fueron pasto de las llamas.
Si los obreros del sector naval pudieron mantener durante tanto tiempo una presión sobre el conjunto de las fuerza coaligadas contra ellos, fue gracias a su práctica asamblearia.
Pero, antes de proseguir, es importante recordar que esa autonomía que la asamblea de Gijón supo mantener frente al control sindical guarda relación con algunas peculiaridades históricas del movimiento social asturiano.
En primer lugar, la propia tradición de lucha del proletariado en Asturias, que marcó durante la insurrección de octurbre del 34 una larga epopeya revolucionaria y planteaba ya las condiciones de una revolución moderna. Esta tradición de lucha resurgirá sin cesar a lo largo de los años cincuenta y sesenta, cuando partiendo de las minas, se desencadenaron las huelgas más duras que España conoció en aquel entonces.
Fue en Asturias donde estalló, en febrero del 57, la primera huelga importante desde la guerra civil, y donde aparecieron las primeras formas de organización autónoma con delegados de pozos, que constituirían el embrión de lo que más tarde serían las asambleas. En marzo del 58, veinte mil mineros se declararon de nuevo en huelga reclamando aumentos de salario. Franco respondió con el cierre patronal y el estado de excepción en todas las cuencas mineras: fueron detenidos doscientos delegados de pozos. En el 63, cuando las huelgas se sucedían en las minas asturianas, Franco respondió con el destierro de trescientos mineros.
Otra peculiaridad de la región es la evolución local de la UGT. La UGT, que se apoyaba sobre la tradición de lucha en la minería, era el sindicato con más implantación en Asturias. Pero desde que el PSOE está en el poder y la UGT a sus órdenes, su desaparición como principal sindicato obrero ha dejado en Asturias un magnífico vacío sindical que, si bien ha podido ponerles los dientes largos a muchos aprendices de burócratas, también ha dejada despejado el terreno, facilitando la comunicación práctica -sin intermediarios- entre los proletarios.
En el 84, en una época en la que el movimiento de las asambleas de los años 76 al 78 retrocedía en España, los obreros de Gijón tuvieron el gran mérito de colocar de nuevo esa forma de organización de la comunicación en el centro de la lucha. Hasta la primavera del 85,la dirección de esa lucha se ha fraguado en la asamblea como órgano soberano y decisorio.
Los obreros, que llevaban meses luchando y levantaban barricadas delante de sus respectivos astilleros, estaban abocados a reunirse de forma regular durante los enfrentamientos. Cuanto más se repetían esos choques, más sentían los combatientes la necesidad de reagruparse fuera de la zona de los astilleros, donde siempre terminaban retrocediendo frente a la intensa presión de los polis. Para dar mas eficacia a una lucha casi cotidiana, decidieron celebrar dos veces por semana una asamblea que los reuniera a todos. Ocuparon una sala de cine abandonada en pleno centro de la ciudad, dentro de la "Casa del Pueblo", edificio que pertenecía normalmente a los sindicatos.
Al reunirse de una vez por todas fuera de los astilleros, la asamblea rompe la dependencia de los obreros respecto a su lugar de producción. Y está abierta a todos. En ella participan obreros de otros sectores industriales, algunos mineros de las cuencas vecinas, los jóvenes de los centros de formación profesional y de los institutos técnicos, los parados y finalmente cualquier proletario.
De entrada, la asamblea rompe el corporativismo sindical. Entre los participantes, que discuten directamente entre sí, no se tratará sino del porvenir de la lucha en curso, de sus consecuencias para la vida de cada cual, del papel nefasto de tal o cual sindicato respecto de esta u otra acción. En este lugar, se discute poco acerca de las negociaciones o del estado de éstas con el gobierno. Esa tarea se deja deliberadamente al margen de la asamblea, a cargo de los representantes sindicales.
La asamblea de Gijón ha sabido dotarse de los medios para el debate libre: cada cual puede intervenir en ella sin dotarse de una etiqueta cualquiera. Allí se habla en nombre propio, y cada uno de los presentes puede ser interpelado y tiene que responder en público, lo que la diferencia radicalmente de tantos otros conflictos en los que los burócratas prohíben expresarse a los no delegados. Todas las votaciones son a mano alzada y no con papeletas secretas, de modo que a lo largo de los debates la correlación de fuerzas esté a la vista de todos; por lo demás, estos no se eternizan. Se trata casi siempre de criticar las acciones llevadas a cabo en días anteriores y de buscar un acuerdo sobre lo que conviene hacer de cara a las próximas intervenciones callejeras. Es preciso recordar este principio esencial: que no hay separación entre la asamblea y la calle, a la que se trasladan la casi totalidad de los presentes al final de los debates (entre tescientas y cuatrocientas personas cada vez).
Es la asamblea, pues, quien prosigue su propia acción en la calle. Durante todo el tiempo que duraron los enfrentamientos con la policía, las diferentes acciones contra los bancos, los autobuses, etc., la asamblea jamás perdió la iniciativa. Esa coherencia permite una estrategia que tiene como principio ser siempre ofensiva: escoger, al margen de toda consigna exterior, el momento, el lugar y los métodos más indicados para perjudicar.
Como en los momentos cumbre del movimiento de las asambleas de fines de los años setenta, en Gijón no existió separación entre la discusión, la decisión y la ejecución práctica; sólo la época ha cambiado.
Tras cada salida a la calle, dos veces por semana (como las asambleas), la gente se juntaba de nuevo, incluso en pequeños grupos, para discutir el cariz tomado por los acontecimientos, decidir una nueva línea de actuación a debatir en la próxima asamblea. De ese modo, la asamblea solo rinde cuentas ante sí misma. Por otra parte, cuando el público está reunido, los burócratas que aparecen por allí se guardan de criticar los métodos empleados.
La asamblea de Gijón ha concentrado sobre sí el interés del público. Ha propagado el gusto por la ofensiva entre aquellos que, aun cuando los despidos no les afectan directamente, comparten las ganas de lucha de los obreros más decididos de los astilleros., Ese ánimo de insubordinación que salía reforzado de la asamblea, dio lugar a algunas hermosas prolongaciones fuera del sector naval. Por ejemplo, a fines de enero del 85, el Centro de Formación Profesional de Oviedo fue destruido por alumnos del Centro que frecuentaban la asamblea. Varios coches, un montón de piezas de motor y varias terminales electrónicas fueron reducidos a cenizas. A mediados de marzo, en Ensidesa, una importante empresa siderúrgica de Gijón, dos encapuchados incendiaron y destruyeron la torre de control de una cinta transportadora de acero. Ese sabotaje fue reivindicado como un acto de solidaridad con los trabajadores de los astilleros en lucha y tuvo, además, el gran mérito de proporcionar un respiro a los trabajadores de la empresa. ¡De puta madre! Ese sabotaje no hubiese podido tener lugar sin amistosas complicidades dentro de la empresa, que no se había movido durante ese periodo turbulento. Que sepamos, ese tipo de iniciativas individuales jamás fueron condenadas por la asamblea como un desbordamiento de su acción: ¡todo lo contrario!

Frente a lo que pasó en Euskalduna, donde los obreros se sirvieron de su astillero como de un parapeto, los combatientes de Gijón apostaron por la movilidad desde los primeros enfrentamientos. Delante de las entradas de cada astillero, situadas en la misma avenida, se levantaban, en un ambiente tranquilo y de buen humor muy español, varias barricadas con trozos de grúas, traviesas de ferrocarril, y más a menudo, con centenares de neumáticos rociados con gasolina e incendiados. Esa arteria que comunica con el centro tiene una gran importancia estratégica para Gijón. Cuando el asalto policial se hacía demasiado apremiante, se organizaba el repliegue hacia la barricada que se había levantado mientras tanto delante del siguiente astillero, donde los combatientes podían desaparecer sin problemas.
Hace unos meses, cuando las escaramuzas se trasladaban hacia los inmuebles cercanos a "La Calzada", una zona de viviendas de protección oficial, la policía recibió de parte de los habitantes de todas las edades una acogida bien merecida. Todo tipo de objetos domésticos fueron lanzados desde las ventanas sobre los cogotes de la pasma; un ama de casa nos aseguró haber visto caer una gran bombona de gas sobre los morros de la poli.
A lo largo de todo un año, los obreros y quienes se juntaban con ellos supieron mantener la iniciativa en los enfrentamientos. Muchas veces, las barricadas levantadas en el sector de los astilleros se vieron apoyadas por acciones en otros lugares de la ciudad. Así, en el mes de febrero del 85, una de las últimas veces en las que la policía lanzó un asalto muy violento contra combatientes refugiados en el interior de un astillero (las dos garitas de la entrada fueron totalmente destrozadas por la intensidad de los pelotazos de goma), otros grupos intervinieron para dar apoyo logístico, quemando en ese mismo momento varios vagones de dos trenes detenidos en la estación mientras otros levantaban e incendiaban barricadas en el centro de la ciudad. Simultáneamente, grupos de jóvenes atacaban una furgoneta de la policía a pedradas.
Más recientemente, en la primavera del 85, cuando una vez más tenían lugar serios enfrentamientos en los alrededores de un astillero, unos obreros que se encontraban en el centro se incautaron de unos autobuses para acudir en ayuda de los combatientes.
También apareció un arma temible, un lanzacohetes artesanal que devolvía las pelotas de goma contra la policía, al parecer con una violencia y una precisión multiplicadas.
La movilidad de los combatientes llevaba regularmente los enfrentamientos hasta el centro de la ciudad, donde las diversas intervenciones se hacían por pequeños grupos, la mayoría constituidos por los que salían de la asamblea. La rapidez de las acciones, que generalmente sufrían los bancos y los escaparates de las joyerías... hacía extremadamente delicada la intervención de la policía. La presencia de numerosos transeúntes entorpecía de forma considerable las cargas policiales y los disparos de pelotas o de gases. Esa movilidad servía de protección a los asaltantes. Cosa que entendió una beata agarrada a su reclinatorio dentro de una iglesia, y que se llevó un pelotazo de goma en la cabeza.
Ni que decir tiene que esa libertad de movimiento iba a la par con una vivacidad de ánimo que estuvo siempre presente en los momentos que exigían un máximo de unidad táctica y de determinación. Tal era la fuerza de la presión en la calle, que aunque hubo muchas detenciones, nunca duraron más allá de una detención preventiva. Así, una hermosa tarde de febrero del 85, cuando los "asaltantes", apoyados por unos jóvenes, atacaron las entidades bancarias incendiando las entradas con unos neumáticos y cócteles molotov, uno de ellos, de sobra conocido en las luchas, fue detenido. Unas horas más tarde, un reagrupamiento de unas cuatrocientas personas fue a rodear la cárcel, fuertemente custodiada, para exigir la liberación del prisionero. Una amenaza que no tardaría en tomar forma fulgurante se hizo perentoria: "si en las horas siguientes no se ha liberado al detenido, arderán dos autobuses, mañana cuatro, pasado mañana séis, y así sucesivamente..." La primera parte de la amenanza fue ejecutada en el acto. Dos autobuses ardieron en diferentes barrios de la ciudad. Hay que precisar que, en aquélla época, ya habían sido unos quince los autobuses totalmente devorados por el fuego. Al mediodía del día siguiente, nuestro hombre quedaba libre.
Los obreros de Gijón se han preocupado siempre de dar a conocer su lucha, por lo menos en Asturias. Siempre que iban a ocupar los estudios de la tele regional en Oviedo, a los que reprochaban silencias su lucha, lo hacían en un ambiente de buen humor. En otra ocasión, sabotearon un partido de fútbol de máxima rivalidad emitido por la tele en toda España: la enloquecida carrera de un cochinillo en plena forma dio mucha guerra a los jugadores, evidentemente más acostumbrados a controlar un balón redondo. Al cerdo le sucedió un equipo de pollos. El colofón fue una lluvia de clavos que dificultó la continuación del encuentro, mientras aparecían en las pantallas pancartas alusivas a la lucha de Gijón.
Otro día, la cabina de una nave en construcción, previamente cortada con un soplete, fue depositada en el centro de Gijón para obstruir el tráfico.

Pese a que la existencia de la asamblea propicia un estado de ánimo anti-burocrático, los obreros de Gijón que se hallan presentes no rechazan abiertamente las diferentes representaciones sindicales. Si bien no se les prohibe la entrada en la asamblea, los representantes sindicales sólo intervienen en ella a título personal o para exponer el único tema en el cual son expertos: el estado de las negoiaciones con el gobierno. Sobre lo demás no se atreven a intervenir. En ningún momento desempeñan un papel de encuadramiento en la asamblea. No dan consignas, emiten opiniones.
En esas asambleas generalmente están presentes representantes de CCOO, de la CNT y de la CSI (Corriente Sindical de Izquierdas). Por su parte, la UGT se cuida mucho de aparecer.
El papel de la UGT consiste hoy en particular en la aplicación de los "planes de reconversión" en las empresas. Con saber que en sus filas abundan basuras reconvertidas de los sindicatos verticales franquistas, procurándoles de ese modo cuadros competentes y experimentados, está todo dicho. ¡Que revienten! Por lo demás, allí les dan muy mala vida. A principios del 85, en Vigo dos delegados ugetistas fueron perseguidos hasta sus locales por un centenar de obreros que querían partirles la cara. Sus oficinas fueron devastadas por completo, y dejaron las ventanas bien abiertas para que "todo el mundo pudiera disfrutar del espectáculo". En febrero del 85, en El Ferrol, parte de la viviendo de un conocido ugetista fue destruida por un incendio voluntario. En Santander,en la misma época, a varios representantes de la UGT les partieron la jeta cuando aparecieron en una manifestación. Por poner un último ejemplo de los sentimientos que suscitan estos gusanos, citemos la decisión del gobernador civil de La Coruña de procurar "un servicio de protección especial por parte de la policía contra hechos terroristas que atacan a la convivencia ciudadana" a los dirigentes del PSOE y de la UGT.
En cuanto a la folclórica CNT, cuyo número de afiliados en Gijón no debe pasar las tres decenas, se limita a pasar lo más desapercibida posible. Su rigidez ideológica la ha estrangulado hasta el punto de despojarla del uso de la palabra, cosa que nadie lamenta, y menos desde que logró la proeza de desacreditarse para siempre ante los asamblearios tras los enfrentamientos que tuvieron lugar en mayo del 85. Un día, unos obreros, perseguidos por la policía, se vieron obligados a refugiarse en la Casa del Pueblo donde se reúne habitualemente la asamblea. Cuando la batalla estaba al rojo vivo y la policía padecía un bombardeo intensivo de proyectiles desde los tejados, miembros de la CNT se encerraron dentro de sus locales, que se encuentran en ese mismo edificio, y se negaron a abrir sus puertas a aquellos a los que la policía estaba acosando. ¡Después de algo así resulta difícil aparecer en público!
Los burócratas de CCOO, en la asamblea de Gijón, tienen permanentemente un pie dentro y otro fuera. Si se pasan la mayor parte de sus intervenciones fustigando la acción de la UGT, es porque es el único terreno de acuerdo que les queda con la asamblea. Los estalinistas se debaten entre la necesaria imagen de representatividad de los trabajadores y la necesidad de no romper definitivamente con aquellos que constituyen la base dinámica de la asamblea. Situación muy incómoda (¡nunca lo bastantes, desde luego!). Además, el relato de sus cabronadas en varios conflictos o acontecimientos recientes corre de boca en boca. Por ejemplo, se habla a menudo de su intervención en Madrid, donde el 15 de diciembre del 84, día de huelga general del sector naval, impidieron a los manifestantes asaltar el congreso nacional del PSOE, que ese mismo día se celebraba unas pocas calles más allá.
Si los estalinistas adoptaron durante tanto tiempo una posición oficial de oposición a la inscripción en los FPE en Gijón, fue sólo para permanecer dentro de un movimiento que los rechazaba cada vez más. El responsable localde la metalurgia de CCOO, al desaprobar los métodos de los obreros, fue obligado a dimitir en febrero del 85. Declaró: "Acciones como quemar autobuses, vagones de la RENFE, son prácticas prohibidas en CCOO desde siempre porque acentúa el aislamiento del sindicato... El progreso de hoy y el socialismo de mañana se hacen construyendo y produciendo, no destruyendo." Que reviente también.
La CSI desempeñó durante todo ese periodo un papel partircular. La CSI es uno de esos neo-sindicatos, cada vez más numerosos en España, constituidos a principios de los años 80, de resultas del reflujo del movimiento de las asambleas. A menudo la iniciativa en la creación de ese tipo de corrientes parte de antiguos izquierdistas, e incluso antiguos asamblearios reconvertidos al activismo sindical.
La mayoría de los militantes de la CSI proceden de CCOO, con las que rompieron, reprochándoles sun funcionamiento "demasiado burocrático" y su abierta participación en la gestión de los negocios del Estado. La CSI está organizada como sindicato autónomo desde el 81. Se ha dotado de sus propios estatutos, en los cuales se define a sí misma como antijerárquica y ajena a todo centralismo burocrático. Tiene delegados elegidos en los comités de empresa, lo que la lleva a participar en la concurrencia habitual entre sindicatos dentro de los procesos negociadores. La CSI reúne en Asturias a unos dos mil miembros, principalmente en los astilleros, pero también en la minería, la siderurgia... Defiende una posición de "sindicato de base", de "sindicato de lucha", que se ha puesto de manifiesto a lo largo del conflicto de Gijón desempeñando un papel de apoyo logístico a la asamblea. Muchos de sus más aguerridos combatientes se reunían en los locales de la CSI. Dentro de sus locales, todos los debates que concernían a la evolución de la lucha estaban abiertos a cualquier participante de la asamblea. Allí se decidían en particular las acciones duras, ilegales, que, por evidentes razones de seguridad, no se podían debatir en asamblea. En aquel momento, su papel no fue el de un sindicato clásico; apoyaba una lucha que se llevaba cada día a iniciativa de la asamblea. El principio de la asamblea extrae su vitalidad de su extensión a otros sectores, a otras asambleas. El peso relativo de la CSI se ha debido en gran parte al aislamiento al cual se vio sometida la asamblea de Gijón.
Al final de la primavera del 85, los tres astilleros que debían desaparecer fueron finalmente cerrados uno tras otro. Las prestaciones de los que se encontraban en paro se agotaban, o eran un porcentaje tan bajo que ya no bastaban (¡algunos incluso no percibían nada desde hacía varios meses!). Los obreros de los astilleros de Gijón, tras haber luchado durante más de un año contra su inscripción en los Fondos de Promoción de Empleo, se encontraron obligados a dar el paso y a ceder sobre ese punto.
Sin embargo, la presión que supieron ejercer sobre todo lo que gestiona y gobierna en esa parte de Asturias ha dado algunos resultados concretos. Al terminar un período de agitación que se había extendido a la mayoría de las regiones portuarias e industriales del norte de España, para el Estado era necesario terminar con el clima de insubordinación creado por los obreros de los astilleros de Gijón, y procurar que, una vez agotadas sus prestaciones por desempleo, los perturbadores fuesen bien tratados, no fuera que volviesen a entrarles ganas de movilizarse de nuevo.
Los recientes inscritos en los FPE se benefician de condiciones relativamente correctas, si se comparan, por ejemplo, con la suerte que han padecido en Francia, desde finaleas de los años setenta, las víctimas de las diferentes reconversiones industriales. Hoy, un obrero inscrito en los FPE de Gijón percibe, durante tres años y sin ruptura de contrato con su empresa, un salario de alrededor de unas veinticinco mil pesetas más del que percibía cuando trabajaba. Los FPE deben procurarle un empleo de una categoría correspondiente a su capacidad profesional durante ese período de tres años, a una distancia máxima de veinticinco kilómetros de Gijón.
Aquellos a quienes hemos visto recientemente nos confiaban que si bien esa perspectiva de quedarse tres años sin trabajar estaba lejos de desagradarles, pronto tendrían que reanudar las manifestaciones, pues son conscientes de que semejante acuerdo pueda volverse contra ellos en cuanto se relaje la presión en la calle. Añadieron que siempre existía la posibilidad de volver a hacer lo que habían hecho en octubre del 84, cuando trescientos de ellos fueron a asaltar el ayuntamiento, rompiendo puertas y ventanas, en el momento en que se celebraba una reunión entre los representantes del gobierno y de los sindicatos para decidir su suerte.
Mientras en otras regiones de España se desarrollaban luchas con orígenes similares, en ningún lugar como en Gijón ha resurgido con tanta nitidez el principio asambleario. Los proletarios de Gijón volvieron contra todos sus enemigos aquello que constituye su fuerza, la idea de la publicidad que se hace realidad. Supieron reanudar con lo mejor que se ha hecho en España volviendo a poner sobre el tapete algunas verdades universales: no esperar nada de los sindicatos, de la negociación, ni del recurso a la legalidad.
Nuestra fuerza radica en lo que deviene.

Extraído de: Actas de la guerra social en el Estado Español (1868-1988). Os Canganceiros. España en el corazón. Pepitas de Calabaza 2005.
Encontrado en: Ejército Negro

miércoles, 25 de febrero de 2009

La comuna de La Felguera

Es sabido que la historia siempre la hacen los vencedores, limando lo que no interesa y exagerando en beneficio propio aquellos actos de los que se puede sacar algún rendimiento publicitario. Esto no es nuevo, pero hay que decir que entre los perdedores también hay clases. De manera que en un episodio tan controvertido como el de la Revolución de Octubre siempre se da por hecho que los protagonistas más esforzados fueron los obreros marxistas, olvidando al otro gran bloque ideológico de la época: los anarquistas, que, arrastrados por el rodillo de los tiempos, parece que nunca existieron, y sin embargo -pongamos las cosas en su sitio- su esfuerzo fue al menos igual que el de sus compañeros.

Pero son tantos los mitos que nos han hecho creer que a veces resulta difícil aceptar lo que leemos en las hemerotecas, y si no vean el ejemplo: un panfleto distribuido en las Cuencas el día 4 de octubre de 1934, es decir, 24 horas antes del inicio de la revolución: «¡Trabajadores! No os dejéis engañar por ese falso camino que os brindan para la unidad. Vuestros jefes os traicionan. La Alianza Obrera es el nervio vivo de la contrarrevolución. ¡Abajo la Alianza Obrera de la traición!»

El texto no nos sorprende hasta que leemos su firma: el Partido Comunista, que se opuso a la Alianza desde su constitución y que cuando comprendió que el movimiento era imparable se convirtió en su mayor defensor. En fin, hoy no voy a escribir sobre los aspectos militares de aquellos días ni sus consecuencias, que ya han sido analizados hasta la saciedad, sino sobre un punto que casi no tocan los historiadores que se refieren al 34 y que por su interés merece que alguien le dedique un trabajo más serio: la organización de la Comuna de La Felguera, una de las escasas ocasiones que se conocen en que los anarquistas pudieron poner en marcha su modelo de sociedad sin autoridad.

Apenas dos semanas de lucha y de revolución, pero en las que se evidenció el contraste que entonces existía entre las dos Cuencas. En el Caudal, zona de dominio absoluto de la UGT, se impuso la idea de la disciplina férrea y de lo que debería ser la dictadura del proletariado, con la abolición de la propiedad privada y la sujeción a las normas que se dictaban desde el Comité, e incluso en Sama también se dispuso la misma obediencia y la disciplina a las autoridades «militares». Sin embargo, en La Felguera -la única zona de Asturias, junto a Gijón, en la que eran mayoría los anarcosindicalistas de la CNT- se proclamó la anarquía. Dos ideas muy distintas, pero luchando en el mismo bando: el comunismo autoritario y el comunismo libertario.

Avelino González Mallada, que fue secretario nacional del sindicato en 1925 y más tarde alcalde de Gijón, escribió a este respecto: «Los trabajadores de Sama que no pertenecían a la religión marxista preferían pasar a La Felguera, donde al menos se respiraba. Allí estaban en presencia los dos distintos conceptos del socialismo: el autoritario y el libertario; a cada orilla del Nalón las dos poblaciones hermanas gemelas iniciaban una vida nueva: por la dictadura en Sama; por la libertad en La Felguera».

¿En qué consistía esto último? ¿Cómo era posible organizar una sociedad sin jefes ni autoridades y en la que cada individuo era dueño de sí mismo? Para empezar, todos debían ser iguales, y como la mayor causa de desigualdad es el dinero, pues había que hacerlo desaparecer. Alguien puede pensar que aquella disposición fue una postura cómoda para quienes nada tenían y que se hizo de cara a la galería, pero el caso es que se llevó al extremo. Es inmoral meter en el mismo saco lo sucedido en los diferentes pueblos de Asturias; es cierto que en todos la economía se basó en la distribución de vales, pero hay que saber que mientras las tropas de Ramón González Peña se incautaban del dinero depositado en el Banco de España, cuando la columna anarquista llegó a Infiesto rechazó abrir las cajas fuertes de los bancos locales en el convencimiento de que la moneda ya era cosa del pasado burgués. Increíble desde nuestro punto de vista y también desde quienes entonces ya sabían que la utopía no podía llegar lejos, ni aunque se ganase la revolución.

Conocemos la estructura de la organización social de aquellos días por el recuerdo de sus protagonistas y el testimonio de Manuel Villar, entonces director de Solidaridad Obrera, el órgano de la CNT de Cataluña: se formó un comité de abastos encargado de recoger y almacenar los productos de primera necesidad, y otro de distribución que los repartía a las familias según el número de bocas a alimentar.

Las requisas llegaron hasta los concejos vecinos y se centralizaron en almacenes para su reparto entre la población; para ello se utilizaban vales en los que figuraba el valor del canje en pesetas, aunque se aclaraba que «se hace así con el objeto de racionar mejor el consumo, quedando, por lo tanto, suprimida la circulación de la moneda».

Se nos ha contado, incluso por autores de izquierda, como los firmantes de la «Historia general de Asturias», dirigida por Paco Taibo II, que los comités de La Felguera «actuaron como autoridad indiscutible, no sujetos a ninguna otra forma de voluntad colectiva, a ninguna asamblea o reunión». No es cierto: los testigos -cada vez menos por la razón del tiempo inexorable- recuerdan perfectamente el funcionamiento de las asambleas populares y citan lo ocurrido en Nava o Valdesoto, donde se convocó al pueblo para contar y extender la experiencia felguerina, que fue aceptada de inmediato.

La sanidad y la atención a los heridos en combate se dejaron también en manos del colectivo sanitario, que organizó el servicio a su conveniencia, de forma que siempre hubiese retenes disponibles, y todos los vehículos -incluidos los particulares- pasaron a disposición del comité, que, dadas las circunstancias, autorizaba los viajes disponiendo de su propia brigada de conductores.

Un asunto prioritario fue el mantenimiento de la actividad en las minas y en los talleres de Duro Felguera, donde nunca dejaron de funcionar los hornos ni la distribución eléctrica, ampliándose además el trabajo para blindar camiones y fabricar un combustible basado en una mezcla de benzol y gasolina. En las escuelas de la empresa quedó establecido el cuartel general de los revolucionarios, y en la Escuela Industrial, la cárcel.

Como en otras partes, la iglesia parroquial y los archivos municipales fueron incendiados, pero aquí el trato a los mandos empresariales también fue distinto: desde el primer momento el director y los ingenieros de la fábrica fueron tratados con respeto y se les informó de su condición de compañeros e iguales y de la necesidad de sus servicios en la nueva sociedad que se estaba creando; sólo se demandaba su trabajo para ser considerados como uno más. Cuando todo acabó y el Ejército estatal llegó a la cuenca del Nalón, los propios directivos manifestaron la tranquilidad que siempre habían sentido y su respeto por «la hidalguía del pueblo de La Felguera».

Una experiencia breve e increíble desde el punto de vista del siglo XXI, que sirvió para otro intento de mayor calado: durante la guerra civil la CNT decidió abolir la propiedad en la zona rural que controlaba en Aragón y algunos pueblos del Levante. Llegaron a funcionar, a pesar del desarrollo del conflicto bélico, más de 450 granjas colectivas y en un año se logró poner a producir el 40 por ciento de las tierras incultas de la zona, atendiendo la economía sin utilizar otra cosa que el intercambio entre cooperativas y la distribución de la producción.

Finalmente, este modelo de sociedad libre, único en todo el devenir de la humanidad, fue aplastado por las columnas comunistas de Enrique Líster y de El Campesino. Y que cada uno asuma su historia.
Este julio nos dejaba, a los 91 años, Avelino F. Cabricano, uno de los últimos luchadores de La Felguera, que se mantuvo fiel a la Idea hasta el final. Sólo lo vi en una ocasión, hace un par de años, asistiendo en La Felguera a un acto en el que tuve el honor de intervenir, en el que se homenajeaba a Aquilino Moral -otro de aquellos cíclopes que dedicaron su vida a la Utopía-; más tarde supe de su vivencia, y ahora siento, como en otras ocasiones, la sensación de la oportunidad perdida. A él quiero dedicarle hoy este artículo. Alguien dijo una vez, y si no lo digo yo ahora, que los mejores archivos de las Cuencas están en sus cementerios.

Xuán Cándano

Publicado en: La Nueva España 28 de Agosto de 2006

jueves, 12 de febrero de 2009

Conoce la okupación

¿POR QUÉ?

Por que el disponer de espacios en los que convivir diaria y libremente es una necesidad vital. Porque hay casas que permanecen vacías durante años y años tan solo para dar, en un futuro, más dinero a quien ya tiene de sobra. Porque le damos vida a esas casas y naves, creamos puntos de encuentro agradables, porque no tenemos ningún otro interés que ofrecer un servicio. Un servicio a nosotros y un servicio a la comunidad. Porque al repartir la riqueza hacemos un mundo más justo e igualitario, porque no hay derecho a que quien haya acumulado dinero a nuestra costa por medios, no ya inmorales, sino incluso ilícitos tiene el deber de devolvernos, a todxs, lo que nos ha quitado. Porque no somos delicuentes, somos restauradores de la vida social. Por todo esto, y mucho mas, la ocupación es una alternativa rápida, justa y eficaz.

¿COMO?

Es tan sencillo como ojear las casas que llevan años vacías. Una vez que hemos escogido unas pocas, las mas habitables y factibles por muchas razones, nos debemos dirigir al registro de la propiedad, para informarnos de quien es el propietario del espacio abandonado y las obras y proyectos que tiene para el local. Si encontramos una respuesta positiva todo sera ponernos manos a la obra. La única pega es que para los políticos y para las Policías, rehabilitar espacios abandonados es un delito. Usaran su justicia para tratar de echarte de el que es, ahora, tu hogar. Tu reacción ahora es totalmente personal.

EL CENTRO SOCIAL Y LA VIVIENDA

Hay dos fines posibles cuando se okupa una casa: el centro social y la vivienda. El centro social da vida al barrio. Se organizan talleres para enseñar al resto lo que cada uno sabe hacer, desde artesanía hasta informática, pasando por todo aquello que entre todos sabemos y es útil para los demás. Os invitamos a proyecciones de películas, a espichas y comidas populares, a veladas, verbenas, actuaciones y conciertos. Coordinaremos también la forma de solucionar de verdad los problemas de nuestro barrio. Y todo esto, por supuesto, desde el más absoluto e inviolable respeto a los vecinos y al barrio. Este es el primer principio que nunca, bajo ningún concepto, nos saltaríamos.

Planteate todo esto, piensa sobre estas razones que te damos y actúa en consecuencia. Si te parecen razonables, solidarízate y apoyanos de cualquier forma, todas son válidas, no nos prejuzgues.

CUANDO VIVIR ES UN LUJO

OKUPAR ES UN DERECHO

Asamblea Okupa de Xixón

[Tríptico difundido por la A.O.X. en 2005]

martes, 3 de febrero de 2009

Avelino González Mallada

Avelino González Mallada nació en Gijón el 7 de agosto de 1894 y quedó huérfano cuando aún era muy niño (6 años y medio). Quedó al cuidado de una abuela y fue a la escuela muy poco tiempo ya que comenzó a trabajar cuando sólo contaba 11 años en la fábrica Laviada, y a los 14 años en el Dique, donde tuvo sus primeros contactos con el movimiento anarquista. Su formación fue autodidacta.

En 1911 ingresó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y poco después fue despedido del Dique. En tales circunstancias emigró a París (1915), donde estuvo hasta comienzos de 1919. Incluido en las listas negras de la patronal gijonesa, no encontró trabajo en esa ciudad por lo que se trasladó a La Felguera, donde había por entonces un importante núcleo anarquista, especialmente en Duro Felguera. Allí se encargó de una escuela tutelada por la CNT en Frieres.

En 1922 volvió a su Gijón natal y obtuvo el título de perito mercantil. Habitual colaborador en prensa, dirigió el periódico Vida Obrera. A partir de 1926 se incorporó como maestro en la Escuela Neutra que había fundado y dirigía el maestro anarquista Eleuterio Quintanilla. Proclamada la República se le encomendó la dirección del periódico libertario Solidaridad y, luego, de CNT de Madrid. En 1933 dimitió como director de esta última publicación, aunque continuó como redactor.

En el debate surgido en el seno del movimiento libertario sobre la conveniencia o no de participar en la Alianza Obrera, en 1934, fue uno de los defensores de la participación. Volvió a Asturias en 1935 y se encargó de la secretaría del Comité Regional de la CNT.

Al producirse el levantamiento militar de julio de 1936 formó parte del improvisado Comité Provincial del Frente Popular que se reunió con el gobernador civil en Oviedo y posteriormente de la Comisión de Defensa que se formó en Gijón para poner freno a la rebelión militar. Posteriormente fue miembro del Comisariado de Guerra en representación de la CNT.

El 15 de octubre de 1936 fue elegido alcalde de Gijón por una gestora integrada por todos los sectores de la vida política y sindical. No fue la suya una gestión de trámite, sino que acometió una importante remodelación de la ciudad, para la que llevó adelante el derribo de varios edificios, entre ellos el mercado de Jovellanos y el Hospital de Caridad, para permitir una posterior reforma urbana.

Al entrar los nacionales en Asturias consiguió trasladarse a Barcelona, donde permaneció desde octubre de 1937 a febrero de 1938. En esa fecha fue nombrado delegado especial del Consejo General de Solidaridad Internacional Antifascista y se trasladó a Estados Unidos a recabar ayuda. En ese país murió en un accidente automovilístico el 27 de marzo de 1938.

Publicado en: La Guerra Civil en Asturias, VVAA. La Nueva España / Cajastur, 2006.
Digitalización: El cielu por asaltu