viernes, 10 de julio de 2009

[11-Julio] Manifestación aniversariu CSOA La ReFLEXón

El 11 de Xunetu de 2008 un grupu de mozos y moces recuperaben pa su usu social l’antiguu edificiu de la Fábrica de FLEX nel barriu de La Calzada en Xixón. Dende aquella fecha, y hasta’l fatídicu 5 de Xunu nel qu’una xueza decidió que l’edificiu tenía que volver a les manes del su dueñu “llegal” pal su “usu y disfrute”, esto ye, volver a cerralu pa poder especular bien con él, desarrolláronse nel antiguu edificiu de la FLEX, rebautizáu como Centru Social Okupáu y Autoxestionáu La ReFLEXón, cantidá de talleres, charres, comedores veganos, folixes, conciertos, una pista de skate, una tienda de gratuidá…

Pero les idees nun se pueden desaloxar, y el CSOA La ReFLEXón nel exiliu sigue vivu. Ye por ello que vos convidamos a cellebrar con nós l’aniversariu de dichu proyectu, animándovos a participar con nós na manifestación que va tener llugar el prósimu sábadu, día 11, a partir de les 19 hores na Plaza l’Humedal de Xixón.

¡Nun faltéis a la cita!

miércoles, 8 de julio de 2009

Entrevista a Ramón Álvarez Palomo

– ¿Cuándo y dónde se toma la decisión de evacuar Asturias?

– Esa decisión de evacuar se toma el mismo día veinte de Octubre del 37, en el transcurso de una reunión del Consejo Soberano de Asturias y León con el Estado Mayor del Ejército del Norte. La reunión debió de comenzar sobre las once y media o las doce del mediodía, aproximadamente, en la sede del Consejo, que estaba en ese edificio que todavía se conserva y que entonces llamábamos la “Casa Blanca”. Ahí tenía su despacho oficial y su residencia Belarmino Tomás, el presidente del Consejo Soberano, y, además, estaban allí las consejerías de Industria, Marina Mercante, Pesca y Sanidad.

En esta última reunión, presidida por Belarmino Tomás, estábamos presentes todos los consejeros y el coronel Prada con su Estado Mayor. Faltaba Amador Fernández, que estaba en Francia realizando gestiones comerciales.

El coronel Prada, en su intervención, pintó la situación como estaba, en negro, y dijo que se había llegado al límite de la resistencia. La propuesta de Prada y del Estado Mayor era que si se decidía la evacuación, tenía que ser aquella misma noche, porque al día siguiente ya sería tarde; y si no había evacuación, «entonces nada -dijo-, aquí todo el mundo a poner sacos terreros por las esquinas y cada uno que se busque un sitio y un fusil o una bomba, y a participar todos en la defensa.»

A petición mía, y antes de adoptar una decisión definitiva, se suspendió la reunión del Consejo durante una hora para ir a consultar con las organizaciones que representábamos y volver con el criterio o con la confirmación de lo que en principio se había acordado. Yo, en ese momento, por olvido, despiste o lo que fuera, ignoraba que la Comisión de Guerra había adoptado ya tres días antes, el 17 de Octubre, ese principio de la evacuación si la situación se agravaba, de acuerdo con las últimas instrucciones recibidas del Gobierno de Valencia. Porque aunque unas semanas antes, el Gobierno de la República, el Ministerio de Defensa, Negrín, había dicho que a Asturias se le podía pedir un milagro, y el milagro era que resistiera; después, modificó ese criterio diciendo que, llegado el momento, convenía evacuar y salvar la mayor parte posible del valiente y heroico Ejército del Norte, que tantas pruebas había dado de su capacidad militar y de lucha, y que esos soldados salieran porque serían necesarios en otros frentes donde habría de proseguir la guerra. Y la prueba de que esto fue así, es que muchos oficiales y jefes del Ejército de Asturias, al llegar a Barcelona y a Valencia, tuvieron un ascenso simultáneo de un grado. Esto es muy importante, porque luego, el día 20, los dirigentes comunistas armaron la de dios con lo de la evacuación, queriendo, como siempre, capitalizar el heroísmo de que ellos no querían evacuar; ¡y luego, marcharon los primeros!

– ¿Qué ocurre en la reunión con el Comité regional de la CNT?

– La reunión fue breve. Aceptan el principio de la evacuación y de enviar enlaces propios a los frentes; porque también se había acordado que cada organización se ocupara de avisar a sus afines con sus propios enlaces para que, al anochecer, se volcasen sobre los puertos los más comprometidos. Eran enlaces personales, porque por teléfono, aunque funcionasen las comunicaciones, existía el peligro de las escuchas. Se utilizaron todos los medios disponibles, compañeros de confianza, gente incluso que estaba de permiso, para que los combatientes supieran que lo que les decían era verdad. Se trataba, sobre todo, de avisar a la milicia voluntaria, a los más comprometidos; pero luego, estando ya en Barcelona, supe por compañeros que hubo sitios en el frente en que no se enteraron de nada. El caso es que no teníamos ya ninguna posibilidad de comprobar si los enlaces cumplían las órdenes o no.

– ¿Cómo se desarrolla la segunda parte de la reunión del Consejo?

– Después de acordar, digamos que oficialmente, la evacuación, entonces el Consejo movilizó con especial atención a la Consejería de Marina Mercante, cuyo titular era Calleja, y a la de Pesca, que dirigía yo y que éramos los que administrábamos y controlábamos los pesqueros, que serían los que se utilizasen para la evacuación esa noche. En pesca hubo algún fallo porque se había ordenado quitar todas las tapas de las calderas para inmovilizar los barcos y, a última hora, hubo algún problema con eso, pero la mayoría estuvieron listos y se utilizaron.

Lo de quitar las tapas de las calderas fue una medida tomada unos días antes para evitar que se repitiesen casos como el del “Somo”, en el que desde Avilés huyeron a Francia medio centenar de personas muy conocidas. Estos hechos, al saberse, causaban una enorme desmoralización en la gente. Por esas fechas también se había descubierto algún que otro grupo de milicianos merodeando por los puertos con intención de marcharse en algún pesquero; a los que se sorprendió, fueron enviados inmediatamente a primera línea del frente. Fue famoso el caso de Honesto Suárez, que era un personaje muy estimado en Gijón, yo era amigo suyo; lo cogieron dentro de un barco de refugiados que estaba a punto de salir de Ribadesella y dio la disculpa de que iba a acompañar a su padre hasta Santander. Lo juzgó el Tribunal Popular y lo condenó a muerte, pero no llegaron a ejecutarle. Luego, los de Franco, también lo condenaron a muerte, y tampoco le fusilaron. Dicen que decía: «soy el único condenado a muerte dos veces que se salvó.» Después se fue a vivir a Ribadeo o Vegadeo, a ejercer allí de médico, porque era médico, oculista, y allí murió.

– ¿Qué hacen después de la reunión del Consejo?

– En lo que se refiere a mí, a Segundo Blanco, a Belarmino Tomás, a Calleja y algún otro, nos quedamos allí; Belarmino Tomás, en la Presidencia, dando la sensación de normalidad y asumiendo la responsabilidad del cargo hasta el último momento; y nosotros, dando el callo en las consejerías hasta la hora de salir; telefoneando, enviando mensajes, mandando motoristas, a Candás, aquí y allá, donde sabíamos que había surgido alguna dificultad, con el objeto de contar con la mayor cantidad posible de buques disponibles para evacuar esa noche. Esto demuestra que no es cierto lo que se escribió por ahí de que en la reunión del Consejo se había acordado esconderse hasta las cinco, para luego marchar al Musel y embarcar en el torpedero. No hubo tal acuerdo.

– ¿Cómo funcionaba la Consejería de Pesca?

– La Consejería de Pesca tenía en cada puerto una comisión, formada paritariamente por miembros de la UGT y la CNT, que se encargaba de todos los asuntos profesionales, desde la reparación de los buques a la venta del pescado. Con esos compañeros fue con los que contacté esa tarde, porque, además de ser la autoridad legal, entre comillas, eran hombres que venían de la profesión y tenían una influencia, eran más o menos escuchados por la gente a quien tenían que dirigirse. En Gijón, el delegado de la Consejería era Eustaquio Pérez, que conocía muy bien el percal, como suele decirse, y él fue el que asumió buena parte de la actividad organizativa en El Musel.

La movilización no es que fuese especialmente difícil; la dificultad estaba en superar los obstáculos que iban surgiendo, como cuando no aparecía una tapa de una caldera, o el barco no tenía combustible o no encontraban al patrón; pero en lo demás, la colaboración fue efectiva, siendo para lo que era, que iba a servir también para los que lo hacían, para escapar.

– ¿Cuánta gente estaba trabajando en la Consejería esa tarde?

– Diez o doce, todos en los que yo tenía más confianza.

– ¿Quién da la orden de partir hacia El Musel?

– Se había quedado en que, los que estábamos en el edificio del Consejo, nos avisaríamos para marchar juntos. Luego, no fue así, porque Ramonín Posada, consejero de Sanidad y que estaba allí, que era cuñado del alcalde Mallada, debieron de venir a buscarle los hermanos; y Calleja también marchó por su lado, seguramente con algún equipo de la Mercante. Así que los que al final quedábamos allí éramos Belarmino Tomás, Segundo Blanco y yo. Sobre las siete de la tarde, marchamos juntos los tres para El Musel en el coche oficial y con el chófer de Belarmino Tomás.

– ¿Cómo estaba la ciudad, había disturbios?

– La ciudad estaba tranquila y en orden. Tenía que haber ya mucha gente que supiese lo de la evacuación, pero hacían como que no lo sabían. Lo único, que ya se oía el estampido de los cañones por la parte de Villaviciosa. Nosotros, para ir al Musel en el coche, hicimos el recorrido normal: por Marqués de San Esteban y luego, hasta Cuatro Caminos, ahí giramos a la derecha y hasta El Musel, sin el más mínimo problema.

– ¿Qué escolta llevaban?

– Nada, íbamos los tres y el chófer. Yo, igual que los demás consejeros, nunca tuvimos escolta. Durante los quince meses de guerra, yo iba y venía de un lado para otro solo, sin escolta de ninguna clase. En Gijón, aunque había “quinta columna”, nunca llegaron, como en otras partes, al atentado personal.

– ¿Qué controles había a la entrada de El Musel?

– En El Musel había la vigilancia normal de cualquier puerto y cualquier día. Eso que dijeron por ahí de que se había puesto una vigilancia especial para seleccionar a la entrada, de eso, nada de nada. Y la mejor prueba la damos nosotros mismos: Belarmino Tomás, todo un presidente del Consejo Soberano, con dos consejeros, pues entramos sin más preámbulos ni consideraciones. Además, cuando llegamos nosotros, El Musel ya parecía “el Rastro”, abarrotado de gente y de coches. Empezaba a haber ya algo de barullo, gente que se enfadaba y echaba mano de aquí y de allí, y gestos, pero nada más.

Otra cosa que quiero puntualizar es referente a Belarmino Tomás. Han dicho y han escrito, que si Belarmino salió en avión, que si ya estaba dos días antes en Francia... Eso no es cierto, porque Belarmino salió de Gijón el día 20 conmigo. Belarmino no tendría muchas luces, pero sí que era un tío valiente y “echao p’alante”. Lo que ocurrió en realidad, fue que el día antes, el 19, los rusos vinieron a ofrecer a Belarmino una plaza en el avión en que iban a salir para Francia. Belarmino la rechazó y les dijo que él correría la misma suerte que el resto de los miembros del Consejo, pero que les agradecería si en ese avión podían sacar a no sé quién de su familia.

– ¿Qué hacen en El Musel?

– Hay un momento en que el coche no puede seguir avanzando por el barullo de gente. Entonces, nos bajamos los tres y Segundo Blanco dijo: «voy a mirar a ver qué encuentro por ahí», y se fue a hacer una descubierta por...

– Pero, ¿qué es, que no tenían ningún barco esperándoles?

– Nada, nada. Estuvimos allí, Belarmino Tomás y yo, esperando un rato, en el muelle, entre la gente. Se nos fueron juntando los otros consejeros que andaban por allí, hasta que volvió Segundo:

– Vení p’acá, que hay un barco ahí en el que conozco al fogonero y es de confianza -dijo Segundo cuando nos vió.

Y para allá nos fuimos todos con él. El barco resultó ser el “Abascal”, pareja del “Bayona”, de la flota del armador Ojeda. Me acuerdo que, al poco de hacerme yo cargo de la Consejería de Pesca, hice una gestión con Bilbao para recuperar barcos asturianos que estaban allí, y entre los que se recuperaron estaba el “Bayona”.

En el “Abascal”, por toda tripulación, estaba un compañero de la CNT, Arturo Loché, que era el fogonero y al que conocíamos Segundo y yo. Así que nos embarcamos los tres en el “Abascal” junto con los otros consejeros que estaban allí.

– ¿No sería, más bien, que no había ningún barco preparado porque contaban con escapar en el destructor “Císcar” hasta que lo hundió la aviación el día anterior?

– No, no, no. No es cierto tampoco que nosotros estuviésemos angustiados porque habían hundido el “Císcar”; porque, al parecer, según algunos, el “Císcar” no salió de El Musel porque se lo impidió el Consejo Soberano, con la esperanza de que ese buque nos sería útil para poder escapar. La verdad es que, efectivamente, el Consejo impidió a Valentín Fuentes, que era el jefe de las Fuerzas Navales del Cantábrico, que obedeciera la orden dada por Indalecio Prieto. Fuimos al Musel Segundo Blanco y yo para impedirlo, y trajimos a don Valentín medio como prisionero para que estuviera con nosotros. Porque todo tiene explicación cuando hay buena fe. Indalecio Prieto quería salvar el buque y todo lo que se pudiera si se perdía el Norte, porque veía el peligro de que hundieran al “Císcar”, entonces dio orden a don Valentín Fuentes de que mandara zarpar al “Císcar”, y él nos lo comunicó. Fue cuando nosotros fuimos allí a impedírselo, porque la opinión del Consejo era, no que podíamos salvarnos en el “Císcar”, sino que en cuanto el enemigo viera que desguarnecíamos de toda protección la costa, pues se darían cuenta, y si tenían un cerco, lo reforzarían, porque verían que estaban en vísperas de la huida. Es decir, que todo se explica: lo de don Valentín, que quería marchar por orden; lo de Prieto, que quería salvar el “Císcar”, y lo nuestro.

– ¿Qué ocurre cuando se embarcan en el “Abascal”?

– Cuando subimos a bordo del “Abascal”, el compañero Loché ya tenía lista la máquina y la caldera. Había poca gente a bordo, pero alguna había. Nos juntamos allí algunos miembros del Consejo, como Rafael Fernández, Antonio Ortega, y creo que Calleja; hay quien dice que estaba también Ambou, pero a mí no me lo parece. Los que seguro que estaban eran Maldonado, diputado nacional, Maximiliano Llamedo, que había sido consejero de Asistencia Social; Onofre García Tirador; Camilo Otero y Manuel Pérez Cobián, dos compañeros de la CNT que habían ejercido de policías, y otra gente de cuyo nombre no me acuerdo o que no conocía. Se fue llenando de gente, jefes del ejército, oficiales de milicias, milicianos y no milicianos... Porque allí no se pedía carta de ciudadanía ni función social ni nada: llegaban y ¡pum!, saltaban al barco y allí se quedaban.

El único fallo, no achacable a nosotros, fue que pasó lo que suele suceder en estas situaciones caóticas, que cuando estaba a medio llenar de gente, los que estaban a bordo, por prisa de escapar, empezaron: ¡vámonos!, ¡vámonos!, ¡vámonos! Así que en este barco y en otros se pudo haber llevado más gente. También ocurrió lo contrario, casos como el del “Maria-Elena”, que estaba en el Muelle, en el que se había subido tanta gente que desde dentro tuvieron que amenazar con una ametralladora para que no subieran más, porque estaban viendo que se iba a hundir el barco; y algún caso de hundimiento por exceso de pasaje creo que hubo.

– ¿El chófer que les llevó a El Musel embarcó con ustedes?

– No, no, no. Los chóferes iban y volvían a buscar otra gente, o eso decían. Al chófer mío le dije que fuera a buscar a mi hermano y a mi padre, que luego los fusilaron los de Franco, y a recoger a otros. Él, sin embargo, no quiso embarcarse, no porque fuera facha, no, sino que no quiso. Cuando vine del exilio, le encontré por ahí, Fombona se llamaba. Yo le quería mucho porque era valiente, muy decidido. Conmigo, había otros que no querían venir de chófer, porque yo estaba en la Consejería, sí, pero iba al frente, a donde sabía que había operaciones, por si había una espantada, por si había que animar a alguien, en fin, por aconsejar, por hacer acto de presencia; y Fombona siempre estaba dispuesto, nunca ponía reparos a ir a donde fuese.

Me viene a la memoria ahora una anécdota, y es que cuando estábamos ya desatracando, uno, que creo que era chófer de Amador Fernández, quiso saltar al barco y cayó al agua. Lo que ya no recuerdo es si luego lo subieron a bordo o lo recogieron de otro barco o qué pasó.

– ¿Qué rumbo y qué navegación hicieron?

– Cuando salimos del Musel era de noche, las ocho o poco más, una noche serena con la mar en calma. Se decidió que en vez de navegar hacia el Este, hacia Francia, bien arrimados a la costa, como se hacía entonces para evitar la vigilancia de los buques fascistas, pues nosotros fue al revés, tomamos el rumbo de Galicia, y cuando llegamos a una altura en que nosotros calculamos que habíamos sobrepasado el arco del bloqueo, pues entonces cortamos en ángulo recto hacia el Norte. Después, Maldonado y otros, haciendo cálculos con cuerdas y con mapas, contando con la experiencia de algún marino, nos mantuvieron navegando hasta una altura que, según sus cálculos, cortando otra vez en ángulo recto, teníamos que ir a parar a Brest, que es una gran rada con toda la costa llena de pueblos, y, efectivamente, llegamos a Brest.

Teníamos que hacer guardias; recuerdo que me decían: «tú mira en el horizonte a ver si ves humo o luz, que es lo primero que se ve», pero yo no veía nada, sólo el mar con sus ondulaciones. Una noche en que estaba de guardia, todo oscuro, no se veía nada, y de repente, un chorro de luz de una potencia enorme que nos deslumbraba; y todo el mundo: «¡meca, el “Cervera”!», «¡el “Cervera”!, “¡el “Cervera”!» Entonces, fue cuando Onofre, que llevaba un fusil ametrallador, se tira al suelo y se pone apuntando al buque de guerra. Voy yo y le digo:

– ¡Oye, Onofre!, ¿qué vas a poder tú solo con el “Cervera”? ¡Anda, no jodas!

Pero no, no era el “Cervera”, sino un destructor inglés que después se alejó. Claro, todo el mundo había salido de El Musel con el temor de que nos capturara el “Cervera” y veían al “Cervera” por todas partes.

– ¿Qué comían, dónde dormían?

– De comer, nada de nada. Yo y todos los demás estuvimos en ayunas. Había allí unos garbanzos, pero, qué, catorce garbanzos en total, así que nada. En eso fue en una de las cosas en que se notó que nadie sabía nada de nada, en que no habían metido a bordo, por lo menos, algo de comida. Y de dormir, pues no se dormía, se echaban pigazos, en la cubierta o donde se podía. Llamedo, por ejemplo, hizo todo el viaje tirado en la cubierta como una cuerda; se mareó, se puso malo; todo el viaje como un saco; no se enteró de nada hasta que llegamos a Francia.

– ¿Cuándo llegaron a Francia?

– Tardamos dos días. Salimos del Musel de noche y llegamos dos días después al anochecer. Entramos en la rada de Brest, que es enorme, y estuvimos navegando horas y horas hasta que fuimos a parar a Douarnenez, no sé si porque vieron allí un barco español o por lo que fuera. El caso es que estaba allí “Quilo el Ferreru”, Aquilino García Díaz, un buen compañero de la CNT de Gijón que había llegado de Asturias en otro barco poco antes; y cuando nos acercamos a donde estaban ellos, Quilo, a voces, empezó a preguntar por unos y por otros, y desde el “Abascal” le contestaba yo:

– Oye, ¿está Onofre?

– Sí, ta’qui- le respondía yo

– ¿Y Segundo?

– Ta’qui

– ¿Y fulano?

– Sí, ta’qui. ¿Y tú quién yes? -le pregunté.

– Quilo. ¿Ta mengano?

– Sí, ta’qui.

Y así preguntando por unos y por otros, y luego va y dice:

– ¿Y Ramonín?

– Soy el últimu, pero toy aquí -le dije yo.

Y no veas qué carcajadas los dos. Y allí nos encontramos otra vez.

Cuando desembarcamos en Douarnenez nos metieron a todos en una escuela y nos dieron comida y café. Luego, vinieron las autoridades francesas, alguien les debió informar, y sacaron a Belarmino Tomás y a Maldonado, que eran diputados, y los llevaron a un hotel. Supongo que luego ellos, en la conversación, les dirían que allí estábamos también los del Gobierno de Asturias y León, porque al amanecer nos sacaron a nosotros, a todos los que éramos consejeros y nos llevaron al hotel en el que estaban Belarmino y Maldonado. Desayunamos y en unos coches que nos proporcionaron, no sé si a través de la embajada o cómo, fuimos hasta la frontera de Port Bou, y de allí, en el tren, hasta Barcelona. Yo, en el camino, en los puntos en que me habían dicho que había consulado y que pasábamos a una hora adecuada, en Quimper, en Burdeos, pues parábamos y preguntaba por los que habían llegado de Asturias en los barcos.

Al llegar a Barcelona, después de que cada uno contactase con la organización a la que pertenecía, nos pusimos en relación con el Centro Asturiano, que hacía un poco de consulado de Asturias, y en el que estaba un gijonés, Rafael Cavo, que estaba casado con una chavala que tenía un hotel ahí, junto a la estación de Langreo, en esas casucas que tiraron hace poco. Las primeras medidas fueron para ocuparnos de la gente que había llegado de Asturias, informarnos de dónde estaban los refugios con asturianos que había por Cataluña, tratar con las instituciones que se ocupaban de ellos, en fin... Luego, a las mujeres que habían dejado el marido aquí, o en el trabajo o en el frente, se les pagaron tres o cuatro mensualidades.

Con la mercancía que teníamos allí pagada y que no había podido ser enviada a Asturias, se creó una cooperativa en el Paseo de Gracia y se repartía entre los asturianos como un suplemento al racionamiento. Recuerdo que lo último que quedó en existencia eran alpargatas, las repartimos también y luego, la gente las cambiaba por comida. En fin, se hizo lo que se pudo.

Extraído de: "¡El «Cervera» a la vista!", de Marcelino Laruelo Roa.
Encontrado en: AsturiasRepublicana.com

viernes, 3 de julio de 2009

"Octubre Asturiano UHP", de Miguel Amorós

"Nadie os ordenó ir a la revolución: la consigna era ir a la huelga"
Saborit, a los obreros de la cárcel de Oviedo.

"Los socialistas asturianos no son como los demás socialistas"
Durruti, en la cárcel Modelo de Valencia.


La insurrección obrera de Asturias de 1934 fue el prólogo de la guerra civil de 1936. Anteriormente se habían producido otras, pero la de Asturias es la primera que presupone la unidad de los proletarios y resuelve la cuestión en el combate. El problema de la unidad era fundamental para la clase obrera española y su solución parecía imposible, debido a la diferente actitud que sus organizaciones -la CNT y la UGT- mantenían con respecto a la República. Si los anarcosindicalistas se desengañaron pronto del régimen burocrático burgués, los socialistas en cambio pretendieron aprovecharse del mismo para eliminarles sindicalmente. En efecto, los socialistas promovieron una batería de leyes que consagraban la mediación estatal en los conflictos laborales, trababan el recurso a la huelga general y dejaban al margen de la ley a los cenetistas. En el parlamento votaron por las deportaciones a los huelguistas y sus gobernadores civiles metieron presos a multitud de obreros libertarios, clausurando las sedes de sus sindicatos "Únicos". La irritación de estos con la República fue tal que en tres ocasiones promovieron movimientos insurreccionales en su contra, cuyos malos resultados acarrearon la escisión del sector moderado o "treintista". La profunda división en la clase obrera entre reformistas y revolucionarios parecía que nunca iba a resolverse cuando el 19 de noviembre de 1933 los socialistas perdieron las elecciones y fueron barridos de los ministerios, hecho que determinó un cambio de postura. El triunfo de los republicanos demagogos con el apoyo de la derecha fascista indicaba claramente que la dirección de la burguesía pasaba a los sectores caciquiles y clericales. Para la CNT había quedado claro la imposibilidad de hacer la Revolución en solitario y para la UGT, que no cabía esperar una reforma significativa en el marco del parlamentarismo burgués. La izquierda socialista que se apoyaba en la sindical y en las Juventudes Socialistas proclamó que el PSOE debía prepararse para tomar el poder y forzó la ruptura de la coalición con los republicanos. Entonces comenzó a hablarse de la Alianza Obrera, pero solamente las minorías comunistas disidentes y los sindicatos escindidos de la CNT se entusiasmaron con la idea. Es comprensible, el papel de bisagra era lo único que les podía dar juego. La CNT emplazó a la UGT a manifestar públicamente sus intenciones revolucionarias pero aquella no contestó. El resultado fue que pese a la constitución de diversos Comités de Alianza Obrera, la unidad real no se produjo. La UGT jamás los promovió y dentro siempre se mantuvo pasiva. La CNT se abstuvo de entrar, con la excepción de la Regional asturiana, que ya había planteado la cuestión de la Alianza en un pleno confederal. Pero la posición pro Alianza de la Regional de Asturias no era unánime y ni siquiera mayoritaria, como se encargó el delegado de La Felguera de demostrar en el Pleno de Regionales del 23 de junio, sino que más bien reflejaba la posición del Comité Regional y de la Federación Local de Gijón. En el Pleno Regional de septiembre los cenetistas consecuentes impugnaron la Alianza por incorporar partidos políticos, idea contraria a la táctica anarcosindicalista, y por creerla una maniobra que no conducía a la Revolución Social sino al golpe de Estado. La influencia del secretario regional, José María Martínez, inclinó la balanza hacia el pactismo. Así, mientras los anarcosindicalistas del resto del Estado se pronunciaban por una alianza revolucionaria "en la calle", los asturianos firmaban con sus paisanos socialistas un pacto de alianza al que también se incorporaron las facciones comunistas. La Alianza Obrera había dejado pasar su momento cuando en junio de 1934 tuvo lugar la huelga general de campesinos. Los socialistas dejaron que el proletariado agrícola se estrellara contra el Estado sin promover ningún acto insurreccional en la ciudades, quedando incapacitado para intervenir en luchas posteriores. La indecisión del Gobierno mostrada en la represión de la huelga campesina indujo a la derecha agraria y católica a retirarle el apoyo. Entonces se desencadenó la serie de sucesos que condujeron a la Revolución de Octubre.

Si las derechas cavernícolas ocupaban carteras en el nuevo Gobierno republicano significaba que el capitalismo español se inclinaba definitivamente por la vía autoritaria. El triunfo de la reacción sería completo. La alternativa que venían planteando los anarquistas desde 1931, "Fascismo o Revolución Social", se revelaba más verdad que nunca. El proletariado no podía ponerse en pie más que sobre una base y con una única bandera: la destrucción del sistema capitalista y la supresión del Estado como organismo burgués de regulación de la convivencia social. Efectivamente el día 4 de octubre de 1934, el encargado de forma gobierno, Lerroux, anunció la presencia de tres ministros de la CEDA ocupando las carteras de Trabajo, Justicia y Agricultura. Los socialistas -no la Alianza Obrera- impartieron la orden de huelga general con el propósito de impedir la consolidación del nuevo gobierno y provocar elecciones. No sólo no esperaron a que la CNT tratase la cuestión de la Alianza como tenía previsto, sino que la dejaron al margen; es más, en Cataluña, donde el objetivo se limitaba a la implantación de una república burguesa independiente, la CNT fue perseguida por la Generalitat para impedir que se sumase al movimiento. Sin la CNT éste se desfondó en muy poco tiempo. Allá donde más fuertes eran los socialistas caballeristas, en Madrid, el movimiento fracasó a las primeras de cambio. Sin embargo, en Asturias, pese a las consignas contrarias, la huelga general derivó casi inimediatamente en insurrección revolucionaria.

El día 5, en numerosos pueblos de la cuenca minera los obreros se procuraron armas, asaltaron los cuarteles de la guardia civil y se enfrentaron a la guardia de asalto de Oviedo. En Mieres, en Trubia, Sama, Ciaño, Siero, Quirós, Cabañaquinta, Turón, Riosa, Proaza, Morcín, Figaredo, Laviana, Pola de Lena, etc., después de librar fieros combates y poner a buen recaudo a los prisioneros, se constituyeron Comités Revolucionarios con el objeto de normalizar la vida ciudadana y enviar grupos armados a combatir a Oviedo. Los de Mieres libraron un combate victorioso contra las tropas del Gobierno cerca de Olloniego. A los anarquistas de La Felguera, opuestos a la Alianza, nadie les pasó la orden, pero una confidencia personal les puso sobre aviso y salieron a la calle como todos, asaltando el cuartel de la guardia civil y partiendo a pelear en Campomanes y El Berrón. Su santo y seña era "FAI". En Gijón, centro del anarcosindicalismo asturiano, los obreros no se decidían al levantamiento por carencia absoluta de armas. Lo mismo pasaba en Avilés. El secretario regional de la CNT, José María Martínez, fue varias veces a Oviedo desesperadamente en busca de armas que no pudo conseguir. Oviedo, donde estaba el Comité Provincial, la máxima autoridad revolucionaria, absorbía todas las fuerzas y recursos, no permitiendo desviar nada hacia otra parte, cosa que debía resultar fatal pues impidió la conquista de puntos estratégicos como Llanera y el puerto de Musel, y acarreó la pérdida temprana de importante plazas como Gijón y Avilés.
El día 6 los mineros se apoderaron de la fábrica de dinamita de La Manjoya y entraron en Oviedo. También cayó la fábrica de armas de Trubia, proporcionando a los insurrectos cañones, aunque con proyectiles sin espoleta. Una columna del Gobierno mandada por el general Bosch llegó desde León por el puerto de Pajares, olvidado por los insurrectos, pero fue detenida en Campomanes. En Mieres los mineros fabricaron bombas y camiones blindados; también los metalúrgicos de La Felguera, los únicos en enviar refuerzos a Gijón. Desde Grado, Riosa, Villanueva, Traverga, etc., municipios parcialmente agrícolas, llegaban alimentos para Oviedo y otras poblaciones. Las mujeres se incorporaron a la lucha. En Sama los mineros lograron vencer la resistencia de un destacamento de guardias de asalto y su Comité envió gente a Mieres, convertida en el centro de la insurrección. Allí afluían los grupos y salían hacia los diversos frentes, fundamentalmente dos: Campomanes y Oviedo.

El día 7 ya hay varios hospitalillos instalados en la zona minera y en Oviedo para atender a los heridos. Las mujeres organizan cocinas de campaña para dar de comer a los combatientes. Los Comités tratan de impedir los actos de pillaje a la vez que organizan el orden revolucionario. La propiedad y el dinero quedan abolidos; todos los bienes; todos los bienes son declarados comunes. De los Comités emanan Comités de Guerra para reclutar luchadores y distribuir armamento, Comités de Sanidad, Comités de Transporte... Se practican algunas detenciones, se controla el comercio con vales y libretas y se efectúan requisas de vehículos, ropa y escopetas. En algunos lugares los Comités de Abastecimiento organizarán comedores populares y los Comités de Trabajo mantendrán las fábricas y minas en funcionamiento al servicio de la Revolución. En Oviedo el centro de la ciudad resiste a pesar de la dinamita y en Gijón los obreros tratan en vano de armarse y de apoderarse de la ciudad.
La derecha reaccionaria, que se venía preparando de antiguo, había recurrido a los generales africanistas, el grupo de presión militar más corrupto y más retrogrado, pero también el de menos escrúpulos a la hora de reprimir. El general Franco, instalado en el Ministerio de Guerra, ordena el despliegue de tropas en Asturias, embarcando en Marruecos a los batallones de choque a las órdenes de su amigo Yagüe, que se hallaba apartado del mando.
El día 10, Avilés y Gijón caen en poder del Gobierno. En gijón las tropas africanas pasan a los obreros a cuchillo. Ese el primer indicio de que la represión va a ser implacable. Los supervivientes se hacen fuertes en los pueblos de la carretera a Oviedo y dificultan el avance de las tropas. A la cabeza de esa resistencia desesperada está José María Martínez. La escasez de municiones impide que las ametralladoras entren en acción. Se hace frente al enemigo sólo con dinamita. Acaba de llegar por Pajares un regimiento de artillería y sus obuses paralizan las líneas obreras. En Oviedo se combate alrededor de la cárcel, la Catedral y el cuartel de Pelayo.

El día 11 la situación se agrava. A los obreros del frente de Campomanes se les acaban las balas. A duras penas consiguen algunas cajas de Trubia y Oviedo. Una nube de aeroplanos sobrevuela Asturias arrojando bombas, periódicos reaccionarios y metralla. El Comité Provincial de Oviedo llega a la conclusión de que todo está perdido y ordena abandonar la lucha, informando del acuerdo a algunos comités. La desaparición de los Comités no arrastra a la de los combatientes que deciden continuar la lucha solos. Alguno de los desaparecidos reaparece y se forman nuevos Comités. Las posiciones abandonadas se recuperan de nuevo. Muchos ni siquiera se han enterado. Otros prefieren morir con las armas en la mano a huir.
El día 12 aparece el cadáver de José María Martínez con un balazo en el pecho. Bonifacio Martín, viejo dirigente socialista que resistía en Lugones a los gubernamentales, ha sido pasado a la bayoneta. Mueren dos de los principales responsables del Comité Provincial y de la Alianza Obrera asturiana. López Ochoa avanza parapetándose con cadenas de prisioneros obligados a caminar delante de la tropa. Por la tarde, entra en Oviedo. La mayoría de los prisioneros son asesinados en el acto o mandados al cuartel de Pelayo para ser fusilados. En la represión se distinguen los legionarios y los moros, que además de matar y mutilar a los prisioneros, incendia, saquean y violan. No son tropas aguerridas, pero los obreros no les pueden hacer frente desarmados. Los fusiles no sirven sin balas. Los obreros recogen las cápsulas cada vez que disparan para recuperar pero la medida no sirve de mucho. El frente se desplaza al El Berrón donde luchan los de La Felguera; los combatientes de Oviedo instalan su cuartel general en Las Cruces. Un nuevo Comité Provincial o Regional se constituye en Sama y cambia la consigna UHP por la de "PRP" (¿Partido Revolucionario del Proletariado?). Los anarquistas se comprometen a acatar sus decisiones pero rehúsan participar en él. No están de acuerdo con sus manera autoritarias y sus manifiestos sectarios con vivas a la dictadura del proletariado y al ejército rojo, porque son enemigos de cualquier dictadura y de cualquier ejército. Los comunistas aumentan su presencia en los nuevos comités con el fin de desacreditar a los socialistas y aparecer ellos como los verdaderos dirigentes de la insurrección. Una vez hecha la maniobra, no manifiestan gran interés en seguir luchando. Principalmente por eso los nuevos Comités de Sama y Mieres abandonan sus puestos, pero el de Pola de Lena, donde no hay comunistas, no deserta y mantiene el frente en Vega del Ciego. En los lugares donde no hay estados mayores ni ínfulas de ejército proletario, se lucha con más coraje y mayor eficacia.

El día 14 se continúa combatiendo en los alrededores de Oviedo bajo un intenso bombardeo. Cuando los aviones se retiran en busca de más bombas los avances del Tercio son detenidos y los legionarios son obligados a retroceder con relativa facilidad. A pesar de las atrocidades de las tropas los Comités no permiten represalias contra los prisioneros. Los obreros constatan con tristeza que están aislados y sin munición, a merced de fuerzas bien armadas cada vez más numerosas. comprenden que proseguir la lucha es un suicidio. Para el día 15 los frentes están paralizados por falta de cartuchos. Sólo queda dinamita. El día 16 los soldados toman Trubia y la fábrica de La Manjoya, y bombardean Pola de Lena con la artillería. El día 17 el Comité Regional de Sama se reúne con delegados de todos los Comités que quedan y acuerdan detener la lucha y utilizar la mediación de un teniente de la Guardia Civil prisionero. El fortín del monte Naranco, último reducto revolucionario en Oviedo, ha sido conquistado. Su única defensora viva, la joven de 16 años Aída Lafuente, prefiere sucumbir a rendirse. Al día siguiente los revolucionarios acuerdan dejar de hostigar a las tropas, liberar a sus prisioneros y entregar las armas a cambio de que sus vidas se respeten y de que las fuerzas del Tercio y Regulares no entre en la cuenca minera. El día 19 transcurre entre discusiones. Muchos obreros se niegan a rendirse y escapan al monte. Los que se consideran más comprometidos tratan de salvarse escondiéndose o huyendo. La Revolución ha costado mil vidas a los obreros por 300 de sus enemigos.

López Ochoa cumplirá su parte a medias. El periodista liberal Luis de Sirval fue asesinado por un capitán del Tercio descontento con sus reportajes. La información veraz tendrá su mártir. En el frente de Campomaness ocho heridos serán enterrados vivos. Y veintisiete trabajadores presos fueron sacados de sus celdas y torturados hasta la muerte. Sus cadáveres destrozados fueron encontrados en las escombreras de Carbayín. El día 24 llega el comandante de la Guardia Civil Doval, enviado por el Gobierno para dirigir la represión policial. La tortura en las comisarías y en las cárceles se pondrá a la orden del día. Cerca de cuarenta mil obreros irán a presidio en Asturias y en el resto del país. Los locales de las organizaciones obreras fueron clausurados y su prensa prohibida. Hubo varias condenas de muerte y algunas ejecuciones. Los obreros se habían enfrentado con éxito durante dos semanas a un enemigo infinitamente superior en número y en armas, demostrando el valor real del ejército español en manos de generales fascistas. Participaron 50.000 trabajadores en la insurrección, pero aunque dispusieron de 24.000 fusiles, sólo hubo municion para unos cuantos centenares. Enfrente tuvieron al ejército de África y a unos cuantos regimientos, sumando en total 26.000 soldados.

Las consecuencias de la Revolución de Asturias se hicieron notar en los acontecimientos posteriores. La derecha radical-cedista comprendía que para gobernar tendría que apoyarse en el Ejército. A fin de preparar un ejército gendarme a prueba de insurrecciones obreras, los militares más reaccionarios como Fanjul, Goded, Varela, Mola, el antiguo Director General de Seguridad bajo la Monarquía, fueron rehabilitados y ascendidos por Gil Robles, extremista de derechas que en mayo de 1935 llegó al Ministerio de la Guerra. Franco fue nombrado jefe del Alto Estado Mayor. Por su parte las dos facciones socialistas acentuaron su división y se enzarzaron en una lucha de poder. Los dirigentes de la UGT adoptaron un lenguaje maximalista pero puramente retórico. Solo la FTT, el sindicato socialista de los jornaleros, se radicalizó de verdad. La izquierda socialista rechazó la responsabilidad en los hechos de Octubre, brindando la oportunidad al PCE de reivindicar la insurrección como cosa suya y acaparar protagonismo postizo. El centro socialista de Prieto renunció definitivamente a los métodos revolucionarios y trató de repetir la coalición anterior con los republicanos, pero la izquierda socialista de Largo Caballero transformó esa iniciativa en un frente político y social que englobaba a los comunistas, a los pestañistas y al POUM. La invocación de Asturias sirvió esta vez para exhortar al proletariado a votar por el Frente Popular. La CNT no hizo campaña de abstención, como en las otras veces y recibió con los brazos abiertos a los escindidos. La UGT absorbió a los sindicatos que no quisieron volver al seno de la Confederación y a pequeñas centrales comunistas como la CGTU y la FOUS. La CNT proclamó en su congreso de Zaragoza la necesidad perentoria de una alianza con la UGT. Desgraciadamente dicha alianza, inicialmente materializada tras el 19 de Julio en colectivizaciones conjuntas o en comités de control obrero, se intentaría llevar a cabo por pactos entre burocracias amparados por el Estado, con lo que la unidad de la clase obrera se convertiría en un tópico ideológico sin contenido revolucionario y la Revolución Social se perdería de nuevo.

Octubre asturiano UHP es un artículo de Miguel Amorós extraído del libro Desde abajo y desde afuera Editorial Brulot 2007.
Encontrado en: Ejército Negro

miércoles, 1 de julio de 2009

De un cachorro de "La Naval"

Este era mi barrio cuando los yonquis eran yonquis,cuando los luchadores eran luchadores y los izquierdistas aun no habían perdido el norte.
Este es mi barrio,nací en él y se fué diluyendo en una gota de líquido hormigón que fue sembrando la desesperanza y el "No Future" a todas,todas.

Este era mi Gijón,sin playas ni barcos artificiales rodeado de industrias cargadas de futuro para muchos hijos de los que lucharon contra el conformismo,contra la ignorancia y contra los intereses de los especuladores.
Este era mi barrio, ¿nostalgia dices?, ¿qué es solo Nostalgia lo que siento?.Tú,desde tu sillón aun crees que te puedes permitir juicios de valor cuando nuestros padres se jugaban la piel en las barricadas,cuando nuestras madres se morían de los nervios y escuchaban la radio para ver quien era el próximo detenido,el próximo herido.

Desde que tengo uso de razón distingo el humo de barricada del de un incendio aislado,desde que tengo uso de razón distingo el ruido de los voladores de los botes de humo.
Recuerdas cuando cargaban sus bocachas con trozos de metal,recuerdas cuando las oías silbar a un palmo de tus oídos,o de tu cabeza.
Recuerdas cuando un policía antidisturbios era capaz de dispararte a la cabeza,o al estómago ya fuese con una pelota o un bote de humo,o un trozo de metal.
Hemos tenido mucha suerte y los heridos no han sido muertos por un astillero y una industria que hoy se muere y nos deja desheredados.Cuando tendrían que haber sido los políticos los que defendiesen a muerte nuestro futuro.

¿De que nos sirven estos guiñapos que han permitido que nos deshereden?
¿Que es rencor lo que siento?

Es fácil desde la supuesta paz y bienestar que se respira en estos tiempos en los que solo se fragua el desamor,la desilusión.Vuestro bienestar ha sido nuestro malestar continuo.
Es rabia,evoca una sola de estas imágenes y sabrás lo que es rabia.
La brutal violencia con la que se emplearon y se empapelaron nuestros sueños.
Que somos una generación de enfadados..
NO,somos una generación desheredada,desesperada.
Hemos aprendido a luchar con los mejores,con los imprescindibles de su generación,hemos aprendido a sentir lo que era la solidaridad,la lealtad en carne y hueso.
Nuestra lección,vuestra lección lucha,dignidad y resistencia...

Tenemos que ser optimistas algún día los muertos despertarán de sus tumbas de hormigón,y la rabia de los desheredados volverá hacer temblar a más de un político dictatorial,o empresario.Trevín no te relajes demasiado Napaleón no lo hubiese hecho mejor pero todos los dioses tienen los días contados en la tierra de los mortales.

Por todos,para todas... Para Balbino,Cándido,Morala,Vitorino,el Bola,Solares(ya fallecido),el Chinga,Arandeles,Camacho,Gonzalín... y esa lista irreductible de impresentables y pícaros revolucionarios.
Para mi madre,Piedad y todas las madres que han soportado la carga de los que se pueden permitir el lujo de desarrollarse como personas,como mujeres u hombres libres.

Nosotros,nosotras solo hemos pedido vivir,desarrollarnos como los demás. Vuestra respuesta ha sido la violencia,el miedo,la represión y una constante ignorancia en vez de la comprensión de un estado que debería aprender a tutelar a todas las personas que lo hacen posible.
Quizás solo quizás si os hubieseís puesto en nuestro lugar las barricadas solo hubieran sido un incendio aislado.

Ahora permitánnos soñar de nuevo desde un mar de industras ya fallecidas un futuro cargado de futuro.

Un saludo eterno.

martes, 30 de junio de 2009

Comunicado de refundación del FUSOA

El Fondu de Solidaridá Obrera d'Asturies (F.U.S.O.A.) creóse nel entamu de los años setenta, por persones d’estremada ideoloxía dientru la izquierda embaxu unes condiciones mui distintes a les d’anguañu y por mor al xorrecer de les lluches y griesques obreres, con una represión durísima.

L'altu gráu de participación fizo que la iniciativa tuviere esitu abondo como se comprobó nel sofitu que recibieron güelguistes, represaliaes y preses que s'enfrentaben y lluchaben escontra'l capital.

Güei vese necesariu de nueves ponelu a furrular delantre l'esfarraplamientu y crisis del movimiento obreru y la so debilidá frente al más mínimu ataque por parte'l poder.

El FUSOA arriendes de les caxes que sigún los casos formábense en momentos concretos de conflicto llaboral, propón un furrulamientu permanente na recoxía de fondos y la so acumulación en dómines de 'aposentamientu' llaboral y social, con vistes a lluches nel futuru.

Esti sofitu nun se llindará namái qu'al ámbitu económicu, y ampliaranse al másimu les posibilidades de sofitu en común y n'andecha. Enxamás sedrá un subsidiu, sinon una contribución empobiná a toles persones o colletivos que, por la so llucha, seya represaliáu dientru o non del marcu llaboral y sufra les consecuencies enforma represives coles que nos regala’l sistema.

La solidaridá, resistencia, conciencia de llucha son valores que parecen arrequexaos a un lloñe pasáu y qu'atopen güei munches torgues pal so resurdimientu. Por embargu, son valores imprescindibles nes circunstancies sociales y llaborales d'anguañu, ya que na sociedá d'agora la conflictividad va más allá del espaciu esclusivu de les relaciones de trabayu, delantre l'apaición de lluches sociales que tamién cuestionen el sistema capitalista y sobre les que cai la más cruda represión (insumisos, ocupes, xóvenes marxinaes del mundiu llaboral..).

El FUSOA tien d'ampliar la so actuación solidaria a toa aquella persona que lluche polos mesmos enfotos que los de la clase obrera, aunque estén fuera de les empreses.

Baltiar esta dixebra que'l capital quier imponer a los y les trabayaores ye una xera que'l FUSOA tamién tien d'entamar.

Los conflictos llaborales caberos amuesen que la capacidá de resistencia de les obreres va xuncía dafechu a los recursos de sobrevivencia que xeneren éstes trabayaores y que sofiten nun solo el día a día de cada persona, sinon tamién a afalagar la llucha.

La necesidá esiste.

Collabora col FUSOA.

Espande la idega.

[Verano de 1998]

Encontrado en: El Cielu por Asaltu

sábado, 20 de junio de 2009

Higinio Carrocera Mortera

Nació en el mes de enero de 1908 en el pueblo de Barros, del concejo de Langreo (Asturias). Hijo de un matrimonio obrero, con algunas propiedades de labrantío, como casi todas las familias del pueblo. Estas propiedades, trabajadas durante las horas libres, y en cuyas labores intervenía toda la familia, les permitía un medio de vida más desahogado, siendo por tanto entre la clase obrera del pueblo, de los que mejor podían desenvolverse. Transcurrió, pues su infancia alternado las faenas agrícolas con su asistencia a la escuela primaria del pueblo. Más tarde, ingresó en otra de La Felguera, de igual categoría.

Cumplidos los trece años, falleció su padre. Al faltar éste, y siendo cinco hermanos – él era el segundo-, la familia no tuvo más remedio que pensar en allegar recursos con que atender al sostenimiento del hogar. Con la intervención de un vecino y amigo de la casa, Higinio comenzó a trabajar en los talleres de laminación de la Sociedad Metalúrgica Duro Felguera, en cuya plantilla figuró hasta la declaración de la Guerra Civil española. Para entrar a trabajar, debido a no tener la edad reglamentaria, se inscribió con la documentación de su hermano mayor, a quien reclamaba desde América una familia allá afincada.

Su carácter rebelde, pero justo, se manifestó en él desde la más tierna infancia, pues cuando entendía que injustamente un chico mayor trataba de atropellar a otro más débil, decidido e incondicionalmente se ponía al lado de éste, sin tener en cuanta para nada la edad o la corpulencia del avasallador. No obstante, siempre se mostró tolerante y humano con cualquiera, pero principalmente con el vencido. Mientras vivió y ya desde que en su cerebro comenzaron a germinar las ideas por las que luchó y murió, jamás se mofó de los que sostenían otras creencias o sustentaban otras ideas, sino que procuró, en toda ocasión, convencerlos con razones y hechos (…)

Cuando el día 12 de diciembre de 1930 los capitanes Galán y García Hernández se sublevaron en Jaca, sostuvo diversos tiroteos, junto a otros militantes de La Felguera, con la Guardia Civil de Sama de Langreo. Debido a esta participación armada contra las fuerzas llamadas del orden al servicio de una monarquía corrupta y decadente, Higinio Carrocera Mortera sufrió su primera persecución. Este hecho fue, pudiéramos decir, su bautismo de fuego y su bautismo represivo, ya que desde entonces, hasta su asesinato, participó en cuantas huelgas revolucionarias hubo en La Felguera, cuenca del Nalón y resto de Asturias, sufriendo persecuciones y encarcelamiento no pocas veces (…)

Participó en la revolución de octubre de modo activo y exponiendo cuanto había que exponer. Desde los primeros momentos se puso al frente de los grupos que tomaron al asalto los cuarteles de la guardia Civil de La Felguera y Sama, cuartel de Carabineros de Oviedo y Fábrica de Armas, y en los ataques a otros reductos de la capital asturiana, retirándose a las montañas satures cuando se impuso la capitulación, capitulación necesaria por ser esta la única provincia que se levantó con todas las de la ley contra el despotismo y la reacción que iban preparando el terreno para el levantamiento fascista del año 1936.

Detenido en Zaragoza en noviembre de 1935, fue traído a la prisión de Gijón, procesándole bajo la acusación de fomentar y ser líder de la revolución. En febrero de 1936, y sin llegar a ser juzgado, consiguió la libertad en virtud del triunfo electoral de las fracciones políticas de izquierda. Y como dijimos anteriormente, antes de que el gobierno legítimo de España se dirigiera a los trabajadores en demanda de ayuda para defender su legitimidad en contra de las pretensiones fascistas, ya él, junto con otros muchos militantes y afiliados de La Felguera, estaba dispuesto a lanzarse contra las mencionadas hordas que se levantaban por todos los rincones de España y posesiones españolas de África. Desde ese momento ya no hubo reposo en él.

Durante el tiempo que duró la Guerra Civil en Asturias, salvo en dos ocasiones en que se vio obligado a hospitalizarse, aunque por fortuna sus heridas no fueron de gravedad, trajo en continuo jaque al enemigo, atacando o defendiendo, según aconsejaran las circunstancia. En la rendición de los cuarteles de la Guardia Civil de La Felguera y cuarteles militares de Zapadores y Simancas, de Gijón; en los frentes de las montañas de Pravia, Cornellana, La Espina, Monte de Los Pinos, Mazuco, etc, donde estuvo al frente de sus grupos o sus batallones dejó constancia de su valor, de su coraje, de su capacidad guerrera y se sus dotes de conductor de masas. Jamás entre sus voluntarios hubo discrepancias ni protestas, pues por su dinamismo, por su comprensión y por su ejemplar conducta, animaba al más rezagado y aumentaba el valor de los más valientes. Si las botas de cualquiera de sus hombres estaban deterioradas y no había repuesto, rápidamente se descalzaba las suyas y se las entregaba. Si a otro le faltaba la guerrera, la cazadora o cualquier otra prenda, Carrocera era el primero en poner la suya a disposición del necesitado ¿Quién, pues, podía tener fuerza moral para rechazar cualquier consejo suyo? Su nombre muchas veces citado en los partes de guerra y en la prensa, jamás será olvidado ¡Cuántos le han visto llorar de rabia o impotencia al retirarse de una posición obligado por la abrumadora superioridad numérica y de armas del enemigo! ¡Con cuánto denuedo y desprecio a su propia vida defendió siempre el terreno conquistado! (…)

Mallecina

En Mallecina, el enemigo hostilizaba la carretera, los sembrados, todo lo que abarcaba el ángulo de tiro de sus ametralladoras. Desalojarlo de sus posiciones era difícil y peligroso, suicida en grado sumo. Más allí surgió de nuevo Carrocera con su grupo de voluntarios. Subidos en un autocar, con el cigarrillo en los labios y los cartuchos de dinamita preparados (las bombas en aquel tiempo eran artículos de lujo), arrancó el vehículo a toda velocidad carretera adelante. Las huestes enemigas, sorprendidas quizá por la temeraria acción, o acaso admiradas de cómo aquel puñado de hombres, con Carrocera al frente de ellos, se jugaba la vida tan audazmente, abandonaron sus posiciones a marchas forzadas.

Mazucu

Durante tres días, el Mazuco estuvo sometido al más intenso fuego. Barcos de guerra, aviación, artillería de corto y de largo alcance, dirigían su mortífera carga hacia la posición defendida por la brigada de Carrocera. Las bajas se multiplicaban. Escaseaban las municiones. El suministro se hacía difícil, casi imposible. La palabra abandono corría de boca en boca. Pero Carrocera estaba allí, junto a sus hombre, compartiendo con ellos el peligro, siendo uno más en la lucha activa, yendo de un lado para otro, animando al pusilánime, atendiendo al herido, diciendo a todos que la noche se aproximaba, y como durante ella los ataques enemigos no eran tan crudos ni sanguinarios, ¡quién sabe si al día siguiente…!¡Pobre Carrocera: confiaba, como confiábamos todos en aquel tiempo, en el Comité de la No Intervención, en las democracias, en la cuna del proletariado, encantos factores que sólo nos sirvieron para ser carne de cañón, para explotarnos a cambio de armas antigas, para convertirnos en cobayos de sus conveniencias…!

Tres veces, una cada día, el enemigo, cantando el “Cara al Sol” y creyendo que la metralla había dejado expedito el camino, avanzó monte arriba. Y otras tantas Carrocera puso de manifiesto su arrojo, su temeraria valentía. Cuando las fuerzas fascistas menos los esperaban, salían Carrocera y sus hombres de las trincheras y, lanzándose monte abajo a pecho descubierto, arrojando cada uno lo que podía: piedras, cajas bacías de municiones, todo menos balas, porque éstas había que reservarlas, hacían huir a las tropas enemigas. Hasta que llegó lo inevitable. Ni un momento más se podía resistir aquel martilleo incesante de la artillería, de la aviación, de la marina fascista internacional…

Carrocera se dispuso entonces a evacuar las posiciones que con tanto ardor y valentía había defendido su brigada. Pero hasta que el último de sus soldados no abandonó el puesto que con tanto arrojo había defendido, no inició su propia retirada. Después…, la condecoración más alta que podía recibir, porque se la dieron los mismos que con él habían efectuado tan epopéyica resistencia: Héroe del Mazuco.

Contaba de diez a doce años cuando cierto día, yendo en dirección al colegio de La Felguera junto con otros escolares de su edad, oyó lastimeros quejidos y unos insultos que algunas mujeres proferían contra el propietario de una pomarada cercana a la carretera general y lindante con el río. Cundían, a la sazón con muy poco agua por ser época estival.
Enterado de que los ayes eran lanzados por un niño de ocho o nueve años, debido a que el dueño de la citada pomarada lo había lanzado a unos matorrales de ortigas completamente desnudo, por haberlo sorprendido cogiendo unas manzanas, no titubeó ni un instante y, con la decisión que años más tarde le dieron la fama y nombrandía, se puso al frente de cuatro o cinco de sus acompañantes que se prestaron a secundar el plan brevemente expuesto. Vadearon el casi seco río provistos de unas estacas arrancadas en otra finca próxima y arremetiendo contra el salvaje propietario y un fiero perro de éste, obligaron a las dos fieras a retroceder y a refugiarse en una choza sita en la pomarada, donde los encerraron, no sin antes darles una más que fenomenal paliza, procediendo a renglón seguido a rescatar a la víctima de tan inconcebible salvajada de las ortigas que dejaron su cuerpecillo cubierto por una sola ampolla.

Este acto de valentía y de auténticos sentimientos humanitarios, impropio y poco corriente de seres de tan corta edad, fue comentado elogiosamente por el pueblo entero ¡Hasta la Guardia Civil, a la que el criminal propietario acudió para presentar la oportuna denuncia por las contusiones recibidas, tuvo frases de simpatía para Carrocera y sus amigos!

Cierta noche de invierno en que la lluvia y el frío eran insoportables, se presentó en su casa sin chaqueta ni zapatos. Preguntado por sus familiares dónde había dejado aquellas prendas tan necesarias, contestó que acababa de dárselas a un desarrapado que se había cruzado en su camino. Y se acostó tranquilo, mientras sus deudos movían la cabeza y llevaban los dedos a las sienes como diciendo que estaba loco (…)

Carrocera fue de los últimos en embarcar, y más que embarcar diríamos que lo obligaron a ello, pues al no haber sitio para todos, se negaba tozudamente a poner los pies en el “Llodio”demostrando con su actitud, una vez más, que si era el primero ente el peligro, sabía ser el último ante la problemática salvación que ofrecía la huida en los barcos no preparados para ella, aparte de la vigilancia que ejercían sobre la costa navíos de la marina fascista. Más reconociendo cuantos lo conocían y eran todos los que se encontraban en el “Llodio”, que Carrocera había muy pocos, lo metieron a la fuerza en el buque, deseando con todo anhelo que pudiera arribar a feliz puerto.

El barco de carga donde embarcó –ya dijimos que el “Llodio”- fue capturado el día 21 de octubre de 1937 por los navíos de guerra que en aquellos momentos infestaban el Cantábrico (…) Conducidos al Ferrol y de allí a Coruña, lo desembarcaron en Muros de Noya, bahía de Corcubión, el día 4 de noviembre de 1937 y lo internaron en el campo de concentración de “Romaní” (…) El 28 de diciembre de aquel año, y en unión de otros compañeros, fue trasladado al campo de Vieta, en el otro extremo de la playa de dicha bahía de Corcubión. Al día siguiente de su traslado fue requerido por su nombre supuesto e invitado por el capitán del campo a que diera su verdadero nombre cosa que hizo al comprender que estaba descubierto. Más antes de dar en consabido paso al frente, el compañero Trom, de Gijón, intentó convencerlo para suplantarlo y ver si mientras se descubría la superchería podía fugarse. Pero Carrocera, con su característica entereza y serenidad, se negó rotundamente con estas palabras:

- No, no puedo consentir que nadie corra riesgos por eludir yo mi responsabilidad revolucionaria.
El capitán del campo en cuestión, y en honor a la justicia, se portó con Carrocera como un auténtico caballero, oponiéndose a entregarlo a tres chequistas que, al enterarse de su estancia en el campo, se presentaron en el mismo con el propósito de hacerse cargo del prisionero sin autorización de ninguna clase (…)

Cárcel de Oviedo

Excepto los doce o quince días que permaneció castigado en “La Leona” y mientras no lo ejecutaron, lo tuvieron rigurosamente incomunicado en la celda 13 de la segunda galería.

A mediados de abril, y a puertas cerradas, fue juzgado y condenado a la última pena en unión de otros catorce compañeros (…) La farsa duró dos horas. Dos horas en que el fiscal, apodado ya “la ametralladora”, se despachó a su gusto e hizo gala de una oratoria ajena por completo a cualquier término y conocimientos jurídicos. Entre otras acusaciones, le formularon la de haber hecho labor de retaguardia con toda su secuela de actuaciones vandálicas, etc, a lo que Carrocera, con aplomo y gallardía contestó que él no había nacido para la retaguardia, sino para los frentes de batalla, ofreciendo siempre, siempre, su corazón a las balas y el holocausto a la libertad y a la justicia.

<> (…)

Reincorporado a la celda número 13, estuvo en ella hasta el día 8 de mayo de 1938, fecha en la que, en unión de otros 259 antifascistas, fue asesinado y enterrado en la gran hoyanca llena de cal. El citado 8 de mayo se acabó la vida del joven (treinta y ocho años cumplidos) luchador extraordinario y noble Higinio Carrocera Mortera (…)

Al ser sacado de la prisión con rumbo al cementerio, pretendió animar con frases de aliento a los que quedaban; pero las fuerzas encargadas de la escolta y del fusilamiento, hundiendo sus machetes una y otra vez en las carnes de Carrocera, le produjeron diversas heridas. Manando sangre, llegó hasta la misma hoyanca. Solamente le faltaba la corona de espinas para semejar a Cristo, en nombre del cual la España franco-falangista robaba, asesinaba, violaba (…)

Otra circunstancia que así mismo hemos de mencionar era la costumbre de arrancar a los fusilados las dentaduras de oro. Carrocera, que tenía unas diez o doce piezas macizas y fijas de oro, sabedor de esa clase de rapiña, las arrancó con el mango de una cuchara y con ellas otra pieza natural que por su fijeza a las otras no pudo dejarla, siendo imaginable el sufrimiento que esta acción le reportó; más todo debió soportarlo con su inigualable estoicismo antes que el enemigo dispusiera de algo suyo con que pudieran contribuir al fortalecimiento económico de una causa injusta.

"Vida y muerte", biografía sobre Higinio Carrocera Mortera editada por el Subomité Regional de la CNT en Julio de 1960.
Encontrado en: Alasbarricadas.org

domingo, 7 de junio de 2009

Trabajar ¿cansa o quema? ¿Necesito psicólogo o Comité de Empresa?

Guillermo Rendueles *

Un fantasma recorre el mundo: mata en las fábricas japonesas bajo nombres exóticos, invalida ejecutivos en América, y afecta a uno de cada cuatro trabajadores en la rica Europa. Los expertos lo llaman burnout o lo castellanizan como “queme laboral” y parece constituir una epidemia que médicos, expertos y sindicalistas tratan de atajar.

No se sabe cómo ha sido, pero al parecer multitud de trabajadores expresa su sufrimiento, no como resultado de sus condiciones reales de trabajo (precariedad, sobreexplotación, horarios alargados por el transporte), sino afirmando que su jefe y sus compañeros le persiguen y agobian.
En el inicio de la industrialización, producir proletarios no fue tarea sencilla. Las multitudes que, empujadas por el hambre, abandonaban el campo para trabajar en la fábrica, vivieron ese cambio de vida con horror. Percibían los talleres como cárceles y las viviendas obreras como ergástulas [prisiones de esclavos]. Transformar la vida –aquello que fluía en el trabajo campesino ligado a los ciclos de la naturaleza- en tiempo de trabajo y venderlo como mercancía causaba tal vivencia de desgracia obrera que el suicidio se unía como causa de muerte habitual a la de las enfermedades de la miseria urbana.

“Me cago en los capataces, accionistas y esquiroles” es el estribillo de una conocida canción minera que expresa el odio espontaneo hacia los de arriba que esa situación creaba. “Clases peligrosas” era el nombre con la que la burguesía caracterizaba al sujeto del “resentimiento proletario”. El mundo obrero era en sus fantasías una población ajena a lo civilizado.

Los ilustrados españoles de principios del siglo XX (incluida la intelectualidad del PSOE) completan esa peligrosidad con la descripción del trabajador como un sujeto ocioso que cuando cobra su salario no vuelve al tajo mientras le dure el dinero para sus vicios tabernarios. Las obreras -según esa visión- son mujeres reticentes al matrimonio o el familiarismo y siempre a un paso de la prostitución. Niños golfos que evitaban la escuela redondean esa apocalíptica percepción de un pueblo que con el menor pretexto y de forma imprevisible se amotinaba y quemaba fábricas, iglesias y cuarteles.

El higienismo médico-social fue la respuesta que las fracciones burguesas más ilustradas y reformistas diseñaron para civilizar esas poblaciones ociosas y peligrosas transformándolas en agregados de individuos que pensasen como se debe, es decir como quieren los de arriba. Poblados de casas baratas, cajas de jubilación obreras, seguros médicos, fueron las reformas que permitieron ofrecer una vida esperanzada a los que hasta entonces no tenían nada que perder.

Impartidas por socialistas de cátedra, conferencias contra la taberna, enseñanzas a las mujeres sobre la economía del hogar obrero o la crianza sana eran habituales en las Casas del Pueblo durante los años 30. Estructurar familias en aquella población tan alérgica al matrimonio fue el primer éxito del higienismo a pesar de las respuestas comunistas o libertarias que hacían gritar a Ibarruri “hijos sí, maridos no”, o a Montseny a llamar a la huelga de úteros. Escuelas con pupitres individualizados ofrecían también un futuro de ascenso social a los niños obreros más hacendosos. Esquiroles y sindicatos amarillos hacían el resto.

La sumisión y el destrozo de carácter que el trabajo industrial produce más allá de la fatiga es descrita con inusitada lucidez por Simone Weil: “Cuando salía de trabajar en la Renault estaba tan hundida que si alguien bien vestido me mandase levantarme de mi asiento hubiese obedecido y si me abofetease no habría protestado …Tras 8 horas de taller sólo podía leer el Elle que me era más toxico que la cocaína”.

Hoy aprender a trabajar exige aceptar la identidad de precario en una economía globalizada. Estar dispuesto a dejar la casa, el pueblo, los amigos para ir donde el marcado mande. Saber que el contrato no durará mas allá de unos meses por lo que todas las relaciones de compañerismo serán transitorias. La propia personalidad del trabajador debe estar disponible para reciclarse y olvidar habilidades.

El mundo del trabajo es hoy el reino de lo efímero. Las viejas solidaridades que sustentaban la lucha obrera necesitaban tiempo y tradiciones para consolidar confianza mutua que sólo el trabajo estable permite. Para luchar se necesita fijar un espacio de la batalla. El nuevo capitalismo ha aprendido a no enfrentar ninguna batalla y si presiente conflicto cierra la empresa, huye y liquida la relación laboral. Con la globalización la retirada-huida de capitales resulta la táctica más eficaz del empresario para doblegar cualquier resistencia obrera.

El trabajo se reduce entonces a un contrato individual entre el trabajador y la empresa. De ahí que la realidad subjetiva de un Nosotros (la clase obrera) no es evidente, ni logra fundar ninguna identidad distinta del Yo. Individuación y egoísmo son la única brújula para orientarse en la empresa, lo que conduce a la soledad, la suspicacia y la interpretación querulante de su malvivir. Ya no son las relaciones de trabajo lo que genera mi sufrimiento, sino tal o cual jefe concreto que no busca la productividad y por tanto mi explotación, sino mi sufrimiento.

Esas vivencias del quemado proceden de una insolidaridad previa cuando se cegó a la memoria colectiva, se desinteresó de los convenios colectivos, practicando el cinismo -yo a lo mío- cuando se maltrató a otros. Por eso la indefensión del trabajador individualizado caído en desgracia es tan patética: si nunca confió en los compañeros, mucho menos puede hacerlo ahora.

El trabajador quemado no tiene otra salida que etiquetar su sufrimiento laboral de enfermedad. El médico de familia o el psiquiatra de turno le recomendará una baja y unas pastillas adormideras que tras un corto alivio por alejarse del lugar de tormento, le dejarán aún más indefenso en su empresa al ser etiquetado de vago-simulador.

“¡Ay jubílame! ¡Ay, por tu madre, jubílame!” Esa copla de Carlos Cano parece ser el único futuro perfecto para el quemado. Pero la verdad es que no sólo para él. Jubilarse es el deseo central que preside los sueños colectivos del trabajador postmoderno.

Antaño ser un virtuoso del torno o la soldadura proporcionaba un prestigio que trascendía los muros de la fábrica y dotaba al maestro de taller de un carisma en el barrio hoy desconocido. La vieja comunidad del barrio está subsumida en el intimismo del pisito, el anonimato y el nomadeo de fin de semana. De ahí que el rentista -el que recibe dinero sin esfuerzo- emerja como el ideal del obrero precario.

Obreros que, faltos de cualquier vínculo no dinerario con sus tareas, viven el trabajo como secuestro del gozo que sueñan existe en la vida ociosa. Ulises puede ser entonces su maestro moral. Alguien que, ducho en trampas, no duda en transformarse en Nadie o traicionar y sacrificar a sus compañeros de odisea con tal de llegar a la tranquila vejez en Ítaca.

En unas recientes luchas del sector naval asturiano, trabajadores que vieron amenazada su prejubilación no dudaron en consentir el despido de la plantilla joven en la que figuraban algunos de sus hijos. Quizás los horrores de no saber qué hacer con el tiempo vacío de la jubilación, cuando el hastío de andar en bicicleta, de perfeccionar el arte de la chapuza o de alargar las partidas de cartas y las copas de mañana y tarde, les haga añorar las viejas identidades del trabajo, el barrio y el sindicato.

Ojalá la tristeza de contemplar ese futuro probable despierte en los jóvenes obreros las energías utópicas para transformar el trabajo y la vida en espacios por donde transitar sin los agobios del tiempo vendido como trabajo o el reclamo de un retiro que es sólo un esperar adormecido de la muerte.

* Guillermo Rendueles es psiquiatra; vive y trabaja en Gijón.

Publicado en: Corriente Alterna 51. Octubre 2007